Real Madrid, otra vez como el Ave Fénix: perdía 3-1 hasta los 82 minutos, pero remontó a la Roma de Dybala, Soulé y Molina en la Champions

Solo el nombre del Real Madrid le da veracidad a lo inexplicable. El mandamiento del fútbol dice que está prohibido perdonarlo. Y volvió a demostrarlo al dar vuelta un 3-1 para ganarle 4-3 a Roma en Italia por la Champions League. Durante 82 minutos, la Loba superó a un Merengue apático, no lo dejó jugar y lo tuvo de rodillas. Pero la Casa Blanca es la única explicación donde la jerarquía pura alcanza para sacar diferencia sin juego: en una ráfaga de ocho minutos anotó tres goles para el milagro. La facilidad con la que le salen los goles fue opuesto a las complicaciones tácticas que presenta en la cancha, pero poco puede importarle.

Esta inagotable mística logró sobreponerse a una paz interna que ya se había roto dos horas antes de pisar el Olímpico. El Comité de Disciplina de España anunció la suspensión por cuatro fechas a Vinicius, marginándolo del clásico ante Barcelona, lo que desató la furia de José Mourinho al llegar al Olímpico de Roma: “¿Por qué ha salido la sanción en este momento? Seguramente porque piensas que puede afectar”. Y vaya si el ruido le afectó.

El brasileño profundizó su floja temporada exhibiendo la peor cara del equipo, coronada a los cinco minutos del complemento cuando intentó un taco insólito en mitad de cancha, perdió la pelota y desató la letal contra de Rodrigo Mora que finalizó en el 2-1 de Donyell Malen.

Antes de ese gol, Mbappé ya lo había empatado de prepo con un misil tras el 1-0 de De Roon. Pero cuando llegó el 3-1 en contra, producto de otro tanto de Malen con asistencia de Soulé, el Madrid empezó a deambular en la cancha. Parecía entregado, hasta que The Special One pateó el tablero.

Mourinho sacó al apagado Vinicius y metió a Endrick, que oxigenó el ataque. Del otro lado, la salida de figuras como Soulé hizo retroceder a la Roma. Y por inercia, la épica se fue gestando. A los 82′, Espí descontó tras un rebote del arquero; Endrick empató de cabeza a los 84′ y, en la adición, Rüdiger completó la épica 4-3 con otro gol de córner.

Hasta ese vendaval blanco, el encuentro había tenido un solo dueño gracias a «la Roma de los argentinos» (que contó con Leonardo Balerdi entre los suplentes). Gian Piero Gasperini compensó la diferencia de jerarquía con asociaciones constantes, respaldado en la solidez de Nahuel Molina improvisado como lateral izquierdo y el enorme sacrificio de Paulo Dybala, quien recuperó la pelota tirándose al piso para la construcción del 1-0.

Sin embargo, la figura fue Soulé. El juvenil volvió loco a Marc Cucurella a puro desborde por adentro y por afuera. Su salida faltando 20 minutos fue el último golpe que sentenció el destino italiano.

Todo el esfuerzo y el buen fútbol realizado hasta ese entonces chocaron contra un muro intangible. La imagen del cierre graficó a la perfección la conclusión de la noche: la hinchada de la Roma aplaudiendo de pie a sus jugadores en medio del shock. Un baño de realidad en el que se asume con resignación que dominar el juego, ser superior durante 80 minutos y convertirle tres goles al Real Madrid ya ni siquiera es suficiente para ganarle en tu propia casa.

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