El Masters 1000 de Monte-Carlo y su historia peculiar: realeza, glamour y argentinos campeones

Roquebrune-cap-Martin, Francia. Allí, y no dentro del territorio del Principado de Mónaco, está el Monte-Carlo Country Club. Yendo para el este, hacia Italia, unos seis kilómetros apenas separan sus famosas canchas de polvo de ladrillo de la frontera entre el segundo país más pequeño del mundo y Francia. En ese rincón de Roquebrune-cap-Martin, entonces, se juega el torneo más glamoroso del circuito masculino de tenis. Porque no hay nada parecido al Masters 1000 de Monte-Carlo. Es que todo allí tiene el toque de la realeza que, con sus idas y vueltas, gobierna el país desde la llegada de la dinastía Grimaldi que tomó Mónaco en 1297 junto a sus soldados vestidos de franciscanos.

Es cierto que entre los torneos de su categoría es el menos importante porque es el único no obligatorio para los top 10 y el hecho de empezar apenas una semana después de la infernal seguidilla de Indian Wells y Miami hace que las ausencias se repitan cada vez con una mayor frecuencia.

De hecho, en este 2026 nueve de los mejores 30 tenistas del mundo desistieron de jugar en Montecarlo e incluso Samuel López, el entrenador de Carlos Alcaraz, confesó que si el murciano hubiese llegado más lejos en el Hard Rock también se hubiese bajado pese a ser el campeón del año pasado y tener que defender 1.000 puntos en su carrera por mantener el número 1 del mundo.

Sin embargo, el hecho de que un príncipe o alguien de su familia entregue la copa el domingo es una experiencia que cualquier tenista quiere experimentar al menos una vez en su vida. Son situaciones únicas que sólo se dan allí. Y que en la historia vivieron tres argentinos: Guillermo Vilas en 1976 y 1982, Alberto Mancini en 1989 y Guillermo Coria en 2004.

El padre del tenis nacional se consagró dos veces en las canchas monegascas. La primera fue en 1976 y la segunda en 1982 cuando aquel 11 de abril recibió el trofeo de manos de la princesa Grace Kelly, quien días después se convertiría oficialmente en su suegra durante cinco meses. Es que el marplatense salió con su hija Carolina hasta una semana después del fallecimiento de Kelly, el 14 de septiembre de aquel año, en un trágico accidente.

Vilas fue el compatriota que tuvo el mejor rendimiento en Monte-Carlo. En 1980 llegó a la final y el mismo resultado consiguió al año siguiente aunque aquella edición de 1981 tuvo una particularidad: nunca se definió entre Vilas y el estadounidense Jimmy Connors, que por primera vez llegó al último partido del torneo.

El zurdo más diestro había arrancado su participación en Montecarlo ante más de 5 mil personas con un inapelable 6-0 y 6-0 en apenas 59 minutos sobre Ilie Nastase en un partido que también encierra un cuento.

El rumano, que por entonces estaba afuera del top 60, debía enfrentar al quinto jugador del ranking mundial que, además, tenía en su banco a Ion Tiriac, la persona que más conocía a quien había sido el primer número 1 del mundo entre agosto de 1973 y mayo de 1974. Muchos aseguran que la noche anterior a ese partido que estaba programado para el primer turno por la mañana, Nastase armó un escándalo en el casino de Monte-Carlo y pasó la noche en una comisaría yendo directamente al club sin siquiera pasar por el hotel.

El punto fue que tras la situación en el casino, Nastase salió a manejar su Mercedes por las calles de Monte-Carlo cuando otro automovilista quiso superarlo terminaron chocando. El guardaespaldas del tenista noqueó al otro conductor y, como resultado, todos terminaron detenidos hasta que el propio Alberto (el hijo del príncipe Rainiero) tuvo que sacarlo de la comisaría a las 8 y media de la mañana. Sin dormir, todo terminó con el resultado de la bicicleta de Vilas, que luego del partido señaló: “Nastase no puede ganarme”.

En la final de cuatro días más tarde, el 19 de abril, con Vilas al saque y 5-5, el primer punto del 11° game lo ganó Connors con un drive cruzado que dejó en el piso a su adversario. Tras 55 minutos de acción se desató un temporal de viento y lluvia. Enseguida los organizadores se vieron obligados a postergar las acciones para el día siguiente.

Pero siguió lloviendo. Entonces surgieron dos alternativas para intentar reanudar el partido. La primera opción fue pasar todo para el martes 21 pero Connors la descartó enseguida porque debía volar ese día a su país; la segunda fue jugar lo que faltaba el 7 de junio tras la finalización de Roland Garros, pero también terminó desechada porque Vilas perdió en los octavos de final y Connors en cuartos, frente a José Luis Clerc.

El final, entonces, nunca llegó y por eso la ATP reconoce a dos finalistas y a ningún campeón en aquel torneo que se jugó por primera vez en 1906.

Jimmy Connors y Guillermo Vilas. Foto: Archivo

¿Fue aquel año el de la llegada del tenis a Monte-Carlo? La Costa Azul había incorporado el deporte a su paisaje casi desde el nacimiento de la versión moderna. Es que varios de los legendarios campeones de Wimbledon pasaban sus vacaciones en la zona y entre 1881 y 1885 existen referencias de partidos disputados allí.

De todos modos pasaron varios años para que el torneo llegara al Montecarlo CC. Y para eso hay que remontarse a 1925 cuando la legendaria francesa Suzanne Lenglen ganó el torneo femenino. En las tribunas estaba George Butler, un ferviente admirador suyo y el hombre que cambiaría la vida del club y del torneo.

El estadounidense Butler, que logró tener una gran fortuna en el negocio del tabaco ya que su compañía había lanzado en 1899 los famosos cigarrillos Pall Mall, tras la victoria de Lenglen, le dijo: “Su estatus de estrella merece una joya”.

Así inició una larga serie de entrevistas con el propio príncipe Luis II y con los directores de SBM (la empresa que posee y gestiona el casino, la ópera y el hotel de París) para convencerlos que se necesitaba un nuevo club para albergar el torneo que estuviera a la altura de la nobleza. No era sencillo encontrar un terreno ideal en la difícil orografía monegasca.

Pero se lo encontró en Roquebrune-cap-Martin, junto a la ruta que une Montecarlo con Menton y se eligió un área de 2.000 metros cuadrados. El arquitecto francés Charles Letrosne, que había liderado distintas construcciones emblemáticas en París, fue el responsable de un proyecto casi titánico en esfuerzo porque hubo que ganarle el terreno a la montaña.

Valentin Vacherot, el crédito local, celebra su triunfo ante Hubert Hurkacz. Foto: REUTERS/Manon Cruz

Cerca de 2 mil trabajadores movieron y removieron más de 25 mil metros cúbicos de tierra y crearon un espacio para 20 canchas de tenis, cuyas tres principales se transforman en una -la Rainiero III- durante el torneo. El nuevo club se inauguró en febrero de 1928 con la presencia de Luis II de Mónaco, el rey Jorge V de Suecia -un fanático del tenis que lo jugó nada menos que hasta los 88 años y es el único monarca que ingresó al salón de la Fama-, el príncipe Nicolás de Grecia y los grandes duques Andrés y Helena de Rusia y el duque de Connaught y a fines de ese año pasa a llamarse oficialmente con el nombre con el que se lo conoce actualmente.

Montecarlo es pasado y presente. Y también es futuro, claro. Aunque se trate de uno de esos torneos que los principales jugadores ahora miran casi de reojo por su ubicación en el calendario. Pero se destaca por su tradición en un lugar único y porque mantiene la identidad del tenis en sus canchas repletas de historias escritas por quienes hicieron la historia del deporte.

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