Torturas y muertes con el garrote vil, el cruel método de ejecución utilizado por la Inquisición que España no eliminó hasta 1983Por Daniel Cecchini

-¿Eres tú el verdugo? – preguntó el reo.

-Sí, soy yo.

-Dame la mano. ¿Tienes hijos?

-Sí.

-Pues lo siento, porque lo pasarán mal. Toma esta naranja que me dio mi padre. Cómela, pero trabaja bien. No me hagas sufrir.

En su edición del 10 de mayo de 1822, el diario La Voz de Madrid transcribió esta conversación ocurrida dos días antes, a mediodía, en la Cárcel Modelo de Barcelona, entre el condenado a muerte Victorio Sabater y el verdugo jefe de la Audiencia de Burgos, Gregorio Mayoral. El ruego de Sabater, que sería ejecutado segundos después por haber asesinado a su patrón, tenía sentido, porque Mayoral debía matarlo con el garrote vil, y el mayor o menor sufrimiento del reo dependía del buen funcionamiento del aparato y, sobre todo, de la maestría del verdugo.

El aparato mortal que se utilizaba en España por esos años – porque había cambiado y seguiría cambiando con los años – funcionaba con un mecanismo sencillo que apretaba el cuello del condenado con un anillo metálico contra un poste o una gruesa tabla – . La parte mecánica se iba ajustando con una manivela que, a modo de torniquete, aumentaba la presión sobre el cuello hasta matar al “agarrotado” por asfixia o por la rotura de sus vértebras cervicales. Se lo consideraba una forma “más humana” de matar que otras, porque no había derramamiento de sangre, pero a veces la ejecución se podía convertir en una larga tortura si el verdugo no ajustaba el anillo en el lugar correcto o no hacía la fuerza suficiente.

Por entonces, cada país tenía su propio método para las ejecuciones y parecían competir por cuál era el más piadoso. En Francia, desde poco después de la Revolución se utilizaba la guillotina, cuya cuchilla cortaba de manera rápida y limpia la cabeza del condenado, mientras que en Gran Bretaña se mataba con la horca de soga larga, que rompía el cuello del reo cuando este caía por su propio peso al abrirse una trampa en el suelo del cadalso. Los españoles seguían utilizando el garrote en su territorio y también en sus posesiones de ultramar, a pesar de sus evidentes deficiencias.

La máquina podía fallar, como ocurrió en Buenos Aires en 1772, sede del gobierno del Virreinato del Río de la Plata. Ese año, el alcalde del primer voto de la ciudad Felipe Santiago del Posso – que cumplía las funciones de lo que hoy es un juez de instrucción – dejó constancia por escrito del mal funcionamiento del garrote que se utilizaba en la ciudad, un aparato de casi veinte años de antigüedad y de sus consecuencias. “Según lo que se ha experimentado del instrumento de dar garrote a los reos, según lo que estos tardan en morir, siempre es preciso que la tropa que sale en su custodia acabe de separarle la vida del cuerpo por medio de sus fusiles que a este efecto le disparan, por lo que parece muy esencial el que se trate de remediar este tan pernicioso defecto”. Después de esa queja, el gobierno colonial encargó la construcción de un nuevo garrote vil, con un costo de 113 pesos locales.

El franquismo y la abolición

Las primeras noticias que se tienen del garrote como método de ejecución datan de la República Romana y consistía en una soga que pasaba por un poste. De un lado del madero se ponía el cuello del convicto y del otro, el pedazo de madera que funcionaba como torniquete cuando el verdugo lo hacía girar. Según unos bajo relieves de la época, así fue ejecutado después de la segunda rebelión de Catilina, en el año 63 A.C., el político Publius Cornelius Lentulus, acusado de haber conspirado contra la República.

Se lo llamó simplemente “garrote” hasta la Edad Media, cuando se le agregó el adjetivo “vil”, derivado de villano. Se trató de una cuestión de clase: en las leyes del medioevo se reservó para la nobleza la pena de muerte por decapitación con espada y se mantuvo la ejecución con el garrote para la plebe. Por esos años se comenzó a utilizar en España y el Portugal. Fue una de las herramientas empleadas para torturar y matar por la Inquisición española y los conquistadores lo utilizaron para ejecutar en Cajamarca, Perú, a Atahualpa en 1533, luego de que el inca pidiera que no lo mataran en la hoguera porque creía que el fuego podría acabar también con su alma.

En 1734, el rey Felipe V eliminó la decapitación con espada como método para ejecutar a los nobles y generalizó el uso del garrote y de la horca para todos los condenados a muerte. Cuando Francia invadió España, José Bonaparte estableció por decreto en 1809 al garrote como forma de ajusticiamiento única, por considerarla la menos cruenta, y también lo adoptaron las Cortes de Cádiz en 1812. En 1823, cuando Fernando VII recuperó el trono propuso el regreso de la horca para los criminales de la clase alta y mantener el “garrote” para la plebe. Sin embargo, por presión popular, en 1832 se reimplantó el “garrote” como única pena capital y se eliminó para siempre la horca.

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