Relajar la política monetaria no garantiza una mejora real en los salarios


M.T.: Siempre tuve un ojo puesto, pero ahora empecé, además de dar seguimiento, a involucrarme de manera más activa. En todos los países en los que viví -España, México, Estados Unidos, Francia- había visto un conjunto de reglas más o menos aceptadas entre los economistas, y acá inclusive esos pequeños conjuntos de reglas se discutían.

Me parece que hace unos años, con el cambio de administración, eso dio espacio para volver a establecer algunas reglas muy básicas como algo que no se discute. Hubo muchos años en los que se discutían cosas casi indiscutibles, no porque uno sea poco democrático, sino porque son casi leyes de naturaleza física, como que existe una restricción presupuestaria.

P.: Si le tuviese que describir la situación económica de la Argentina hoy a alguien que vive en el exterior y no la sigue, ¿qué le diría?

M.T.: Creo que es una buena analogía la de Colapinto, que se ha esforzado, y sin duda el piloto es importante, pero lo más importante, incluso más que el piloto, es el auto. Argentina está en esta transformación significativa de ir construyendo el auto. Pero en el medio se atraviesa un año en que se va a discutir de manera muy intensa y apasionada, como somos los argentinos, quién lo va a conducir.

Entonces están estos dos ciclos, el político y el de transformación económica, que interactúan entre sí. El rumbo no hay ninguna duda de que es correcto, pero la peculiaridad de la historia argentina es que no solo importa el rumbo, sino también el camino. La experiencia de Macri es muy clara en ese sentido: aunque el rumbo sea el correcto, si el camino no es el adecuado podés terminar en otro lugar.

P.: ¿Y qué advertencias encuentra en este camino?

M.T.: Muchas veces el análisis económico pone el foco en cosas que son importantes, pero de segundo orden, y se pierde el foco en la percepción acerca de si el régimen está consolidado o no. Argentina ya atravesó una primera etapa de fuerte estabilización nominal y ordenamiento fiscal, con las ventajas que eso tiene: bajó fuertemente la inflación y además tuvo ciertas características de un programa relativamente expansivo. Pero ahora entró en una etapa completamente distinta.

El mecanismo más potente para coordinar expectativas, que es lo importante en este momento, es sin ningún lugar a dudas anclar las expectativas de que las reglas no van a volver a cambiar. Eso implica que la comunicación pasa a tener un rol fundamental: todo aquello que consolide las expectativas de que el régimen no va a cambiar, y más en un año electoral, tiene un efecto multiplicador y ampliamente positivo.

“El Gobierno debe ser cada vez más previsible acerca de qué deberíamos esperar en un segundo mandato”

P.: ¿Cuáles son esas cosas importantes, pero de segundo orden?

M.T.: Se cita continuamente la necesidad de coordinar expectativas a través de precios y salarios, e incluso se lo pone en un plano ideológico, como si fuera una herramienta heterodoxa. Mi punto es que el mejor mecanismo de coordinación de expectativas son unas instituciones previsibles y sólidas, porque eso hace que la gente actúe pensando en que las reglas se van a cumplir. Eso se llama coordinación.

De manera concreta, implicaría por parte de la clase política opositora ser mucho más clara acerca de qué régimen macroeconómico querría tener; es más complejo por los incentivos electorales, pero sería la prueba definitiva. Y por parte del gobierno significa ser cada vez más previsible acerca de qué deberíamos esperar en un eventual segundo gobierno de Milei, en términos del esquema monetario y cambiario.

P.: De cara a un eventual segundo mandato, ¿qué se debería esperar entonces?

M.T.: En el primero hubo un ordenamiento monetario que implicó mucha coordinación entre el Ministerio de Economía y el Banco Central: había que limpiar el balance del Banco Central y reducir el exceso monetario. Ahora necesariamente va a tener que haber un proceso de institucionalización, hay que consolidar la percepción de que existe un conjunto mínimo de reglas que no se pueden discutir; por ejemplo, que el Banco Central no puede financiar al Tesoro.

El Banco Central ha venido dando algunos pasos: publica reportes de manera más recurrente, volvió el IPOM, volvieron las conferencias de prensa. Todo aquello que haga que el análisis, la comunicación y la toma de decisiones sean lo más sistemáticos, institucionalizados y transparentes posible es el camino que debe recorrer Argentina. Empezó a recorrerlo, pero todavía está un poco en el medio.

“Estamos muy lejos de enfrentar una tensión neokeynesiana entre actividad e inflación”

P.: Dado los últimos números de la industria y construcción que arrojó el INDEC, ¿qué piensa sobre la idea de relajar la política monetaria para que la actividad repunte? El vicepresidente del BCRA, Vladimir Werning, descartó relajar el apretón monetario.

M.T.: No está claro que una política monetaria más relajada implique una mejora de los salarios reales. Es un poco el punto de Vladimir Werning, dicho de otra manera: una política monetaria más apretada debería estar ligada a una menor inflación y, aunque esto no es mecánico, a un tipo de cambio más apreciado, y cuando en Argentina el tipo de cambio está más apreciado los salarios reales son más altos. Es verdad que una política monetaria más relajada está ligada a una mayor actividad económica, y eso tiende a presionar al alza los salarios reales por ese canal. Dicho eso, estamos todavía muy lejos de enfrentar lo que se llama una tensión neokeynesiana entre actividad económica e inflación. La inflación en Argentina todavía tiene un fuerte componente que no tiene que ver necesariamente con una presión de demanda agregada: tiene mucho que ver con la percepción sobre las reglas de juego y sobre cuán persistentes van a ser. Y en eso tenés una elección en el medio.

Los procesos desinflacionarios son largos, siempre, y la experiencia internacional lo muestra. Hay algunos más cortos, como el de Israel, pero no son procesos que duran dos o tres años. En esta segunda etapa el punto fundamental es el anclaje de las expectativas. Ahí hay como una especie de peso muerto que gradualmente va a ir disminuyendo. Entonces no tengo tan claro que las grandes ganancias de actividad deban venir de una política monetaria menos apretada: deberían venir más bien de una comunicación transparente, de previsibilidad y de una percepción cada vez más anclada de que las reglas van a ser lo más claras posibles. Parece un mensaje pesimista, pero la realidad es la que tenemos: hay una elección y eso no lo podemos cambiar.

P.: Quienes piden una política monetaria más flexible se apoyan en la caída de sectores clave para el empleo y en la pérdida de poder adquisitivo respecto de noviembre de 2023. ¿Ese deterioro que muestran los indicadores del INDEC es parte necesaria de la transición o el cambio de lógica económica podría haberse hecho sin este tipo de consecuencias?

M.T.: Es imposible no tener estas consecuencias. La discusión es más bien cuál es la magnitud y la duración. Sin duda hay cosas que se pueden hacer distintas, pero me parecen de segundo orden. Lo más fundamental ahora es enraizar la idea de que cada vez menos la economía va a estar expuesta al ruido político. Ahí un caso muy claro es el tema de la mora, que me parece un problema central para la transición: cuanto mejor funcione el mercado crediticio, mucho más suave va a ser la transición y menores van a ser los costos. Poner la discusión en ese plano me parece muy peligroso, porque tendemos a perder el foco. Es como comparar un tsunami con una olita en Mar del Plata.

“Si fuera el Gobierno, no tomaría el consumo como fuente de preocupación”

P.: Entiendo. Pero en términos prácticos: si en 2027 se mantiene el consumo inestable, la industria en modo serrucho y la construcción cara, quizá el Gobierno no pueda continuar con un programa que a largo plazo brinde estabilidad. ¿No ve un riesgo ahí?

M.T.: Creo que son dos fenómenos distintos: uno es el consumo y otro son las condiciones más generales del mercado laboral. Es cierto que Argentina tiene ventajas en producir en ciertos sectores, como la energía, que son menos intensivos en empleo. Tenés un punto: el lugar hacia donde está yendo la economía es a producir lo que mejor produce, y lo que se contrae es un poquito más intensivo en empleo, sobre todo urbano. El consumo es otra cosa. Estoy trabajando ahora en comparar el programa de estabilización argentino con otros, y el consumo privado está volando. Si uno toma los datos de cuentas nacionales, que son los que hay que tomar, la comparación es absurda, en parte porque el programa argentino está siendo un poquito más expansivo en cuanto a actividad agregada. Entonces yo no tomaría el consumo como una fuente de preocupación si fuera el gobierno.

Sí entiendo el punto del empleo, con el matiz de que el que está creciendo es el empleo informal. También estoy de acuerdo en que ya está habiendo una transición y un cambio estructural, y que en ese camino hay costos. Pero dejame responderte con una pregunta: ¿eso significa necesariamente que el gobierno, siendo supuestamente más pragmático, puede mejorar las cosas? No está claro. Siento que un pragmatismo mal entendido puede empeorar en lugar de mejorar las cosas.

P.: ¿Cómo sería un pragmatismo mal entendido?

M.T.: Es un alcohólico anónimo que se puede tomar una copita para pasar la noche: una copita trae otra copita. Y sobre todo, lo importante acá no es solo si vamos a tomar otra copita, sino qué es lo que cree la gente que vamos a hacer, qué creen los mercados, qué cree el mundo que vamos a hacer.

“No me parece que la apertura económica sea excesivamente rápida”

P.: Si baja la nominalidad y la economía se abre un poco más al mundo, seguirá su curso la empresa eficiente, mientras que las que no logren adaptarse deberán reconvertirse o cerrar. Así y todo, ¿el Gobierno no debería tomar algún tipo de medida para acompañar ese camino, o con restablecer las reglas del juego alcanza?

M.T.: Creo que el Gobierno no debe elegir ganadores y perdedores, porque es muy difícil definir eso. Lo que sí se puede hacer es pensar de manera detenida cuáles son las velocidades o cuál es la secuencia de las políticas. No me parece de ninguna manera que la apertura económica que se está haciendo sea excesivamente rápida, pero se puede argumentar eso, y si lo argumentara yo podría decir: «Okay, si querés abrirme la economía muy rápido, entonces bajame los impuestos con la misma velocidad». Pero de nuevo, el riesgo todo el tiempo es confundir la brocha gorda con el pincel fino y andar discutiendo los pinceles finos.

P.: En agosto la inflación fue de 1,7%. Milei había planteado que podía llegar a 0%. A esta altura del programa, ¿es posible y necesario alcanzar ese nivel?

M.T.: No se trata de un número específico. Eventualmente la inflación va a disminuir; lo que es menos claro es a qué velocidad, con qué trayectoria y cuáles van a ser los costos. En eso va a ser de nuevo fundamental la percepción de que no vamos a volver a un régimen como el anterior.

P.: Mencionaba la mora anteriormente. Uno de los factores que explica el salto de los atrasos en los pagos hasta el nivel actual fue la suba de la tasa de interés en la previa electoral de 2025. ¿Ese fenómeno se puede replicar el año que viene, en el marco de los comicios?

M.T.: Definitivamente no vamos a ver lo mismo. Puede tener que ver o no la tasa de interés, pero evidentemente la mora subió porque los bancos tuvieron un determinado criterio en los otorgamientos de crédito, y claramente no van a actuar de la misma manera que hace dos años. La preocupación por la mora no es el sistema financiero: los bancos están muy capitalizados, constituyeron un montón de reservas y armaron muchas previsiones por pérdidas esperadas.

El sistema bancario argentino es muy sólido y resiliente, no es un problema de crisis bancaria. Lo más preocupante es que los bancos se pongan más defensivos, que eso corte el crédito, obstaculice todavía más la transición y termine haciendo más grandes los costos. Lo distinto en Argentina es que este aumento fue muy súbito y muy específico: tuvo lugar en un cambio de régimen, cuando los bancos literalmente están cambiando de negocio y aprendiendo a dar crédito. Recién empezaba el baile y fue la primera pieza.

P.: ¿Se trata de evaluar el comportamiento de los endeudados, que tomaron crédito y después no lo pudieron pagar, o más bien de notar una situación de fuerza mayor que llevó a la falta de pago?

M.T.: Mala intención no hay. Puede ser cierto que muchas de estas personas no hayan interiorizado completamente este costo de más largo plazo, porque no existió mercado de crédito: Argentina tenía niveles de penetración crediticia de países africanos o menos, algo irrisorio. Más que mal comportamiento, lo pondría como falta de haber anticipado los costos, porque estaban operando en un mundo desconocido. En el corto plazo yo pondría el foco en que no se corte el otorgamiento de crédito. Eso importa más que la mora.

“El único camino es la paciencia”

P.: Comentaba al principio de la conversación que tuvo experiencias laborales en distintos países. ¿Qué lecciones o aprendizajes el Gobierno debería importar de afuera y transmitir de cara a un año electoral?

M.T.: Paciencia. Estos son procesos que otros países latinoamericanos atravesaron hace 30 o 40 años. Argentina tuvo primero esos intentos fallidos, y cada vez que lo volvés a intentar se vuelve más difícil, porque construir confianza es muy complejo, sobre todo cuando la destruiste anteriormente. El único camino es la paciencia.

Estamos tan metidos en lo que se denomina el círculo rojo y en la vorágine de noticias que nuestra manera de ver las cosas no es necesariamente la de las personas que no consumen tanto de esto. Yo intento ser más empático y ponerme en los zapatos de esas personas. Del otro lado tenés una baja de inflación tan rotunda y significativa, y un entorno relativamente favorable para la actividad económica, lo que hace que este problema del empleo quizás sea un poco menos grave. Si bien pueden estar enfrentando necesidades, el cambio fue tan rotundo que, poniendo en la balanza, notan un cambio para bien.



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