Si el Gobierno trabaja para quitarnos el pie de encima aparece una responsabilidad: ¿qué hacemos con esa libertad? Estando en el Gobierno pensaba que había mucho por trabajar entre privados. Me siento más cómodo en ese rol y creo que nadie va a hacer por la gente lo que la gente no haga por sí misma. Además, este rumbo no alcanza con que lo impulse la Nación: se necesitan cambios en provincias, municipios y hasta en las profesiones. En el libro describo a los “parásitos de la Argentina”; algunos son, por ejemplo, los colegios profesionales.
P.: Sin embargo, le pareció que el aporte que podía hacer al sector privado, requería ocupar un lugar en el Estado. ¿Qué lo convenció para sumarse al Gobierno?
M.A.: Me gustó mucho sumarme cuando me invitaron. Me convocaron al equipo del ministro Caputo; quien me llamó fue Juan Pazo, que coordinaba Producción.
Acepté porque me parecía importante acompañar un cambio profundo. Creo que a la gente le gusta el orden fiscal, aunque duela. Estoy convencido de que bajar la inflación y las regulaciones es bueno y creo profundamente en las pymes y los emprendedores.
P.: ¿Cuál era su tarea frente a un sector productivo que atraviesa una transición difícil?
M.A.: Parte de mi rol fue contener y explicar que había un rumbo. Viajé mucho por el interior, visité empresas y trataba de explicar por qué se hacían las cosas y qué venía.
Había una convicción total sobre la importancia del orden fiscal. Muchos decían: “Que suelten plata”. Pero para el Gobierno esa era la base sobre la cual se construía todo. Aunque fuera doloroso, valía la pena atravesar el cambio.
Cuando pedían una devaluación, repetía lo que decía el Ministro: son soluciones de corto plazo que no atacan el fondo del problema. No queríamos solucionar a un empresario a costa de otro.
P.: Es decir, era claro que la transición, como está planteada, iba a ser muy difícil. ¿Hasta dónde puede se le puede pedir paciencia a una empresa que tiene que pagar salarios todos los meses?
M.A.: En Argentina no había tantas empresas. España tiene tres veces más, Australia diez veces más. Las pocas que había muchas veces sobrevivían en un entorno hostil por la inflación y las protecciones.
Soy crítico de las protecciones, porque para mí significan beneficiar a una empresa empobreciendo al conjunto de los argentinos. Cuando querés salir de ese esquema, pasás de la protección a la competitividad. La tesis de mi libro es que ahí aparece una alineación entre consumidor y empresario que antes no existía. Pero el cambio duele y hay que acompañar diciendo: “Hay luz al final del túnel. Va a costar, pero este es el rumbo”.
P.: Pero entre la protección y la competitividad existe una transición. ¿Qué puede hacer el Estado para evitar que la menor cantidad de empresas se queden en el camino?
M.A.: Nos reuníamos todas las semanas con el equipo de Producción y se hicieron muchas cosas: moratorias, planes y bajas de impuestos. Cuando me fui, tenía un informe con cerca de 100 medidas para las pymes tomadas en distintos organismos.
Pero siempre cuidando lo central: no volver a alivios cortoplacistas que dañan en el largo plazo. La pregunta era cómo hacer para que la gente lo pasara lo mejor posible sin aflojar el rumbo.
P.: Después de 20 meses, ¿cuáles son los objetivos cumplidos, cuáles los pendientes y dónde aparece la autocrítica?
M.A.: Estoy contento de haber estado. Para mí fue un honor formar parte del equipo de Caputo. Fui a defender un rumbo de baja inflación, orden fiscal y desregulación, y eso se hizo.
Acompañé por convicción. Escuché los temas que me traían, los debatimos y algunos se podían solucionar y otros no. Hicimos cambios en las Sociedades de Garantías Recíprocas, trabajamos con el Registro Pyme y eliminamos programas que no me gustaban. Estoy satisfecho.
P.: ¿Y qué haría distinto?
M.A.: Viajaría más. Para alguien que la está pasando mal porque le cambiaron las reglas de juego, es importante que vayas, lo acompañes y escuches. Si volviera atrás le dedicaría mucho más tiempo.
P.: Las entidades empresarias en ocasiones han dicho: “Nos reciben, contamos lo que nos pasa, pero después se diluye la acción”. ¿Cuál era su margen real de acción cuando por encima de cualquier reclamo estaba la decisión de sostener el equilibrio fiscal?
M.A.: Yo respeto mucho al ministro “Toto” Caputo. Era férreo en la defensa del equilibrio fiscal y muchas veces lo que pedían las empresas requería romperlo. Esa era una frustración, pero yo no hubiera hecho algo diferente. El gran valor de este equipo es que defiende lo que piensa y es coherente.
Pero me sentía escuchado internamente. Todas las semanas podía llevar dos o tres temas. Sacamos el certificado de exclusión para empresas a las que se les cobraba doble IVA, avanzamos con la importación temporaria y eliminamos retenciones a la exportación industrial para unos 4.000 productos.
P.: ¿Las demandas empresarias fueron cambiando a medida que el programa económico se consolidaba?
M.A.: Sí. Al principio había una expectativa de que esto no fuera verdad: que en algún momento empezaran a emitir, descuidaran el orden fiscal o hicieran una devaluación. Primero había miedo de que rompiéramos todo. Después se convencieron de que el Gobierno seguía y que bajaba la inflación.
Con el tiempo, las demandas se volvieron más específicas y entendieron que el verdadero desafío era la competitividad. El reclamo pasó a ser: “No me des plata, pero nivelame la cancha”.
P.: Pero mientras una parte del empresariado puede haberse convencido del rumbo, los informes de la UIA siguen mostrando sectores con caídas profundas. ¿No hay una contradicción entre el apoyo al programa y la realidad productiva?
M.A.: Va a haber ganadores y perdedores. Desde 2007, en la Argentina todos los años se cerraron, en promedio, unas 70.000 empresas y se abrieron aproximadamente otras tantas. El problema es que no creció la cantidad de empresas.
Ahora se potencian la minería, la energía y el agro, y se normalizó el comercio exterior. Para mí, eso es bueno para la gente. El consumidor, que suele ser el más vulnerable, no patalea: paga o no compra. Hubo industrias sostenidas por protecciones que les permitían vender caro. Cuando cambia el modelo, algunas tienen que transformarse.
P.: ¿No hay, también, una responsabilidad del contexto? Si durante años una empresa operó en una economía inflacionaria y protegida, ¿es justo atribuirle toda la responsabilidad por no haberse vuelto competitiva?
M.A.: En cualquier caso, es malo que exista una protección que termina pagando el consumidor. No generamos una potencia exportadora con protecciones que llevan décadas.
Yo puedo entender alguna protección si viene acompañada de una baja de impuestos. El Gobierno hace los deberes, genera espacio fiscal y baja impuestos porque quiere que haya industria, empleo y que la gente consuma barato. Ese es el camino que me gusta.
P.: Entonces, ¿el problema no es una supuesta “idiosincrasia” del empresario argentino, sino las reglas de juego a las que se adaptó?
M.A.: Creo que todos quieren progresar, trabajar y se acomodan a las reglas de juego de cada país.
Mi teoría es que hubo gobiernos que empezaron a gastar, se quedaron sin plata y siguieron gastando. Vino la inflación y todo se volvió inestable. Para sostener ese esquema fueron dando prebendas.
Los gobiernos que más decían ser amigos de la gente fueron, para mí, los que más alimentaron a los parásitos que menciono en el libro. El empresario argentino se acostumbró a sobrevivir en ese entorno.
P.: Se lo nota convencido del rumbo económico del Gobierno. ¿Por qué decidió retirarse de su cargo?
M.A.: Por dos cosas. Primero, porque el Gobierno no necesita muchos funcionarios Pyme: necesita más pymes. Yo fui, ordené, eliminé programas que no tenían que estar, acompañé la motosierra y achiqué la estructura. Lo veo como un cohete que va soltando tanques de combustible. Yo fui uno de esos tanques.
Además, me entusiasma lo que se puede hacer desde el sector privado. Hay una batalla cultural muy fuerte. Si queremos un país justo y para emprender, tenemos que ser protagonistas en cada municipio y provincia. Creo que el trabajo más fuerte hoy tiene que venir del sector privado.
P.: Pero el rumbo recién empezaba a consolidarse. ¿Por qué irse en ese momento en lugar de seguir impulsando medidas desde adentro?
M.A.: Las medidas del Gobierno son achicar impuestos, regulaciones y Estado. Yo siento que, para hacer algo por las pymes y los emprendedores, hay que estar afuera y dar esta batalla cultural que llamo de “sanación de la Argentina”.
La Nación puede ordenar la macro, pero no alcanza. Están Ingresos Brutos, las tasas municipales, la Justicia, los gremios y los colegios profesionales. En el libro pongo el ejemplo de un arquitecto que debe matricularse y pagar aportes obligatorios. Muchos dicen: “Lo paga el cliente”, hasta que el cliente no lo paga más y todo se va a la informalidad.
La informalidad es una enorme injusticia. Si la gente no pelea para dejar de ser abusada en su municipio o profesión, ¿quién lo va a hacer?
P.: ¿Cómo imagina la estructura productiva de la argentina que viene? Hay sectores, como autopartes o textiles, con caídas muy profundas. ¿Hay actividades que, en un nuevo modelo económico, sencillamente no tienen lugar?
M.A.: No podría ni debería decir qué sector tiene que desaparecer. Creo que todos tienen espacio para funcionar si se adaptan a las reglas. Había muchas actividades sostenidas por la protección y algunas van a tener que transformarse.
Conozco un empresario textil del conurbano, con unos 15 empleados, que se concentró en los productos con los que podía competir, importó el resto y empezó a exportar. Se reconvirtió y no despidió gente. También vi empresas metalmecánicas de Santa Fe que ahora abastecen al desarrollo minero. Hay nuevas cadenas de valor.
P.: Es cierto que reconvertirse requiere capital, crédito y demanda. ¿Qué sucede con una empresa que quiere cambiar y no puede porque no vende, está endeudada o enfrenta una tasa demasiado alta?
M.A.: Puede haber empresas muy endeudadas, pero la Argentina no tiene un nivel alto de deuda empresarial en términos sistémicos. El crédito privado es muy bajo frente a países como Australia o Estados Unidos.
También pregunto: ¿cuánta gente le reclama al gobernador de la provincia de Buenos Aires que baje impuestos? No lo veo. Hay regulaciones que hacen que una habilitación industrial tarde años. La Nación no alcanza: hay que bajar impuestos y regulaciones en provincias y municipios.
P.: Frente a China, ¿alcanza con bajar el costo argentino o también hacen falta políticas de protección?
M.A.: China es una realidad. Sus productos son buenos para los consumidores y, si queremos exportar, nos conviene poder comerciar.
La única solución genuina es atacar el problema de fondo: bajar el costo argentino y ser competitivos. Tenemos el desafío de China, de la inteligencia artificial y de los cambios comerciales y geopolíticos. Las demás salidas son parches que ya se probaron.
P.: También sucede que hay países que aplican políticas sectoriales. ¿El Gobierno está pensando qué sectores quiere desarrollar o su estrategia termina en ordenar la macro y dejar que el mercado decida?
M.A.: Veo que está generando condiciones para la inversión. No lo veo eligiendo quién es bueno y diciendo: “A vos te protejo y el resto paga”. Y me gusta que sea así.
Como secretario Pyme decía que no estaba de acuerdo con muchas medidas específicas para pymes. Pensar “sos pyme, sos bueno; sos grande, sos malo” es lo que llamo el fomento al enanismo. ¿Qué quiere una pyme? Triunfar. ¿Y cuando triunfa pasa a ser mala? No. Hay que hacer el mejor país posible para el más chico y lograr que nazcan muchas más empresas de las que mueren.
P.: Minería y energía son actividades necesarias pero no se caracterizan por ser sectores oferentes de empleo. ¿Cómo conectar a las pymes con esas nuevas cadenas?
M.A.: El régimen de grandes inversiones fue pensado originalmente de manera amplia. No estaba dirigido solamente a los sectores extractivos. Después el Congreso lo restringió, pero la idea era generar condiciones para que viniera cualquier inversión.
El Gobierno no está enfocado en elegir sectores, porque lo que hoy es una oportunidad puede cambiar mañana. Lo que hay que hacer es generar las condiciones.
P.: En términos de generar condiciones, hay quienes en materia impositiva proponen aliviar a las empresas chicas, cobrar más a las grandes y reforzar los controles. ¿Qué opina de ese enfoque?
M.A.: Esa idea se pensó muchas veces en la Argentina y no funcionó. Vivimos en una pecera turbia donde todos terminamos ensuciándonos. Si alguien te ofrece un descuento por pagar en efectivo, muchas veces lo aceptás.
En el libro digo que el que no paga le roba al que paga. Pero impuestos y tasas altos, prebendas y regulaciones llevan a la informalidad. Con un nivel superior al 40%, subir impuestos y perseguir al más grande termina empujando a algunos a irse del país o a la informalidad. Son fórmulas que escuché muchas veces en mis 40 años de carrera y no funcionaron.
P.: ¿Qué espera que genere su libro?
M.A.: Mucho. Cuando hablo, sobre todo con jóvenes, me dicen: “Es lo que siento. ¿Cómo hago para dar esa batalla?”.
El problema es recuperar nuestra dignidad. Es una idea que tuve siempre y sobre la que ya escribí otros libros, pero esta es la primera vez que lo hago con una editorial grande.


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