«No quiero morir»: la mujer que estuvo atrapada 26 horas en la nieve y los dos compañeros que no sobrevivieronPor Florencia Illbele
La madrugada del jueves 19 de septiembre de 2019, Georgina Oñate estaba sola, hecha un bollito en el asiento delantero de una Toyota Hilux, varada en una desolada ruta de la Patagonia y sin señal en el teléfono. Afuera, azotaba el viento blanco y la temperatura era de cinco grados bajo cero. En medio del silencio, la mujer empezó a rezar. “Dios, no me quiero morir todavía”, decía. Los dos hombres con los que había viajado —Daniel Venegas (27) y Francisco Herrera (52)— habían salido a buscar ayuda la tarde anterior. Jamás regresaron.
La escena ocurrió en un tramo nevado de la ruta 13, cerca del paraje neuquino Primeros Pinos, cuando volvían de un encuentro religioso en Aluminé. La camioneta quedó atrapada en una pendiente cubierta de nieve y, tras varios intentos fallidos por liberarla, Venegas y Herrera decidieron salir a pie hacia un puesto de Gendarmería. Oñate quedó en el vehículo, sin abrigo —le había prestado su campera a Francisco—, con apenas una frazada y una fe que, según cuenta hoy, le dio la fuerza para resistir 26 horas de un frío que la llevó al borde de la hipotermia.
“Lo único que hacía era orar. Pensaba en mis padres. En 2012 falleció uno de mis hermanos y no soportaba la idea de que volvieran a perder otro hijo”, recuerda Georgina en charla con Infobae. Casi seis años después, la mujer asegura que su plegaria fue escuchada. Cuando despertó, luego de haberse dormido un instante, vio por el espejo retrovisor tres figuras que se acercaban caminando: eran agentes del Ejército Argentino.
Nacida en Neuquén, Georgina Oñate tiene 37 años y es la segunda de siete hermanos. En 2001, mientras transitaba la adolescencia, su familia se mudó a Plottier, una localidad ubicada a 15 kilómetros de la capital provincial, donde actualmente está construyendo su propia casa. Cuando quedó varada en la nieve, en septiembre de 2019, trabajaba en el hospital local y llevaba, según describe, “una vida muy tranquila”. “Iba de mi casa al trabajo y del trabajo a la iglesia. Eso era lo único que hacía”, recuerda.
La iglesia a la que se refiere Georgina se llama “Casa de Paz” y es evangélica. Allí asiste desde 2012 junto a toda su familia. Es que, después de la muerte de uno de sus hermanos, asesinado a los 19 años tras salir a bailar, los Oñate se refugiaron en la fe. “Nunca se esclareció qué le pasó. La única Justicia en la que creemos es la justicia divina”, asegura Georgina que, como parte de la institución, participa de un grupo de contención para jóvenes con problemas de adicciones.
El viaje a Aluminé fue por un encuentro religioso. Llegó el martes 17 de septiembre desde Plottier junto a Daniel, quien había sido su pareja por dos años; y Francisco, un hombre al que describe como generoso y de gran corazón. “Fuimos a una jornada de la iglesia local para compartir con las personas de allá”, cuenta. La relación con Daniel había terminado apenas dos meses antes. En ese tiempo dejaron de hablarse, aunque seguían viéndose en los encuentros dominicales. “Durante esos días tuvimos la oportunidad de charlar. Ahora, después de seis años y con ayuda de la terapia, entendí que esa fue nuestra despedida”, dice.
Transcurrido el encuentro, el miércoles 18, Georgina, Daniel y Francisco se levantaron temprano y dejaron el pueblo a las 11.30 de la mañana. “Estaba lloviendo en Aluminé. Recuerdo que fuimos a devolver la llave de la cabaña y después pasamos por una panadería a comprar algo para comer en el viaje. Ahí, la señora que nos atendió nos comentó que iba a nevar, pero que la ruta estaba bien. Solo nos recomendó apurarnos: ‘Si nieva mucho, tal vez cierren los caminos’, nos advirtió”.
En lugar de volver por el camino original —la bajada del Rahue— decidieron tomar otro trayecto. “Como Daniel no conocía mucho esa zona, Francisco le dijo: ‘Vamos por un lugar diferente, así podés ver otros paisajes’. Íbamos bien. Había nieve a los costados, pero la ruta estaba transitable”, recuerda.
Georgina, que iba en el asiento trasero, se quedó dormida. Cuando se despertó, dice que notó que el panorama había cambiado: “De repente nos encontramos con una pendiente y mucha más nieve. Ahí dudamos: ‘¿Pasamos o no?’. Francisco dijo: ‘Sí. Encaro con un poco más de velocidad y listo’. Pero cuando quisimos subir, la camioneta empezó a moverse y se fue para el costado. Ahí nos quedamos varados: serían las 13.30”.
Tras un par de horas en la camioneta, Daniel recordó haber visto una máquina de vialidad algunos kilómetros atrás y decidió caminar hasta el lugar. “Él había trabajado con máquinas antes, y decía que muchas veces dejaban las llaves puestas”, cuenta Georgina. Pero no tuvo suerte. “Cuando volvió, dos horas después, lo hizo con las manos vacías. En el galpón no había personal y las máquinas estaban apagadas”, agrega.
En ese momento, Francisco propuso ir hasta un viejo destacamento de Gendarmería que estaba por la zona. Iba a ir solo, pero Daniel insistió en acompañarlo. Georgina se angustió. “¿Me van a dejar sola acá?”, les dijo. “Dale Georgi, sos grande. Vamos y volvemos”, le contestó Daniel.
Antes de partir, le indicaron que encendiera la camioneta cada una o dos horas para calefaccionarse y que mantuviera las balizas prendidas. “Me quedé mirándolos mientras se iban. Eran como las 17, esa fue la última vez que los vi”, dice Georgina.

Los comentarios están cerrados.