Misterio en una playa de California: dos femicidios atroces, seis años de diferencia y un asesino serial fantasmaPor Mariano Jasovich
La encontraron al amanecer, desfigurada por la violencia, tendida sobre la arena. Era 1978 y Barbara Nantais tenía solo quince años. Había salido con su novio a dormir a la intemperie, una aventura adolescente en la playa de Torrey Pines, en San Diego, California. Al joven que la acompañaba lo dejaron herido, desorientado. A ella la mataron. El asesino le destrozó el rostro, le mutiló el cuerpo y dejó su cadáver en una escena tan brutal que los policías la recordaron por décadas. Nadie lo sabía entonces, pero ese no sería el último crimen en ese mismo tramo de arena.
El 24 de agosto de 1984, otra adolescente, Claire Hough, de catorce años, apareció muerta en condiciones similares y en la misma arena. Había llegado desde Rhode Island para visitar a sus abuelos. Una joven alegre, de cabello castaño claro, ojos grandes y planes simples: leer, caminar por la costa, disfrutar de las vacaciones. Durante la noche acampó sola cerca de la orilla. A la mañana siguiente, su cuerpo apareció entre las rocas, semienterrado, con los mismos signos que había dejado el asesino de Barbara: estrangulamiento y mordeduras humanas. Todos indicios de una violencia sexual feroz. Las coincidencias no podían ser ignoradas.
El Departamento de Policía de San Diego lo sabía. Lo había sabido desde que observó las marcas de dientes, el patrón del corte, la falta de testigos, la similitud del escenario. Pero nunca hubo un arresto. Nunca se encontró un culpable. Y el tiempo pasó.
En el primer caso, el novio de Barbara, Jim, estaba tan golpeado que apenas podía hablar. Fue trasladado al hospital con fracturas de cráneo. Alcanzó a decir que se habían dormido juntos y que, en plena noche, alguien lo atacó por detrás. No vio el rostro. No pudo defender a su novia. Cuando recuperó el conocimiento, Barbara ya estaba muerta.
Con Claire fue aún más inquietante. Había sido vista por última vez mientras leía una novela sentada en la arena. Su carpa estaba intacta. Sus pertenencias también. No hubo señales de lucha ni testigos oculares. Pero la escena hablaba: una cinta de zapato envuelta en su cuello, arena en la tráquea y signos de que el cuerpo fue movido luego de la muerte.
Las autoridades siguieron pistas inconsistentes. Buscaron hombres que vivían cerca, vagabundos o barrenderos que solían pasar por la zona. En un momento, el novio de la madre de Claire fue interrogado durante semanas. No había pruebas. Todos los indicios se evaporaban en el aire.
Décadas más tarde, la ciencia forense cambió las reglas de juego. En 2012, un laboratorio en el Condado de San Diego comenzó a revisar evidencias biológicas antiguas con técnicas modernas de análisis de ADN. Entre los casos seleccionados estaban los archivos de Barbara Nantais y Claire Hough. Lo que apareció sorprendió a todos.
En los restos de Claire se encontró ADN masculino no identificado. La muestra fue comparada con bases de datos criminales nacionales, y apareció un match parcial. El nombre era familiar: Kevin Brown, un técnico criminalista del mismo laboratorio forense del departamento, que había trabajado en esos casos durante los años ochenta.
La conexión parecía absurda. Kevin Brown era un empleado de carrera, un hombre reservado, casado y sin antecedentes. Sin embargo, los detectives no descartaron nada. Y comenzaron a investigarlo en silencio. Buscaron sus registros médicos, correos y movimientos bancarios. Pidieron acceso a su historial psicológico. Se convirtió en sospechoso sin saberlo.
—Él amaba ese trabajo. Era meticuloso, metódico —diría Rebecca años más tarde—. Pero no estaba preparado para esa clase de acusaciones. Lo destruyó.
En enero de 2014, Kevin Brown fue hallado muerto en el bosque. Se ahorcó. Tenía 62 años. Nunca había sido arrestado, ni acusado formalmente. La investigación en su contra seguía abierta. El ADN coincidía, pero las circunstancias seguían siendo confusas. Su familia sostuvo que fue presionado por un error judicial. El caso, una vez más, parecía quedar estancado.
En octubre de 2014, una segunda muestra de ADN, extraída del cuerpo de Claire Hough, arrojó una coincidencia más definitiva. El perfil correspondía a Ronald Lee Tatro, un delincuente sexual convicto, muerto tres años antes en un accidente en Tennessee.

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