La escena previa al telón expone el pulso íntimo de uno de los referentes actuales del teatro argentino. En el camarín del teatro Astral, Martín Bossi ajusta los últimos detalles antes de subir al escenario como protagonista de “La cena de los tontos”, la comedia que protagoniza junto a Gustavo Bermúdez y Laurita Fernández y ha reforzado su nombre como sinónimo de humor en el mundo artístico.
En esta etapa de su carrera, Bossi se detiene a reflexionar sobre su oficio, sus ideas frente al auge de la cultura digital y la forma en que marca límites entre la vida pública y privada.
Espera puntual la cita con Teleshow luego de llegar desde la grabación del programa de Mirtha Legrand, de saco y pantalón negro y remera blanca. Se presenta con su nuevo look de bigote finito, casi una “anchoíta”, y bromea con que ahora es comisario. La nueva apariencia, sabe, cuenta con la aprobación de algunos, pero también tiene detractores. Ya explicará, durante la charla, los motivos para dejárselo.
El camarín no está atiborrado de recuerdos o fotografías: apenas dos, familiares, un cuadro con el escudo de Los Andes, algunas botellas de agua mineral, lo necesario para maquillarse, una alfombra gris, mullida, un sofá de tres cuerpos y dos sillas blancas. Allí, antes de cada función, se mueve un poco para relajarse: “Caliento el cuerpo, bailo, hago ejercicios de voz, me tomo un café y hago abdominales en la alfombra. Necesito preparar el instrumento; no me gusta entrar desde la calle directamente al escenario”.
Luego de las fotos, Bossi se sienta en el sofá y comienza la charla.
—¿Cómo sigue el presente de “La cena de los tontos” y cuál es tu perspectiva de este éxito?
—Vamos a seguir cuatro meses acá. Empezamos pensando en estar solamente ocho semanas, pero por la venta que se está dando, nos propusieron quedarnos unos cuatro meses. Y después, casi seguro, arrancaremos una gira por todo el país. La obra ya suma más de doscientos diez mil espectadores y es la más vista de las que están en carteler, combinando Buenos Aires y Mar del Plata. Sigue sorprendiéndome lo que pasa. Es una gran obra y lo ves en la reacción del público cada función.
—¿A qué atribuís ese fenómeno? ¿Por qué tanta gente conecta con esta propuesta ahora?
—Creo que hoy hacer reír es un acto profundo de rebeldía. Subirse al escenario y proponer humor, conseguir que la gente viva una aventura diferente y apague el celular durante casi dos horas, es un lujo. Ahora están de moda todos los shorts, TikTok, los videos cortos, los clips de veinte o treinta segundos, todo muy automático. El teatro, en contraste, es una aventura casi analógica: sentarte a mirar, dejarte llevar y no depender de una pantalla. Es algo que ha quedado de las épocas en que éramos muy felices. El teatro resiste para aquellos que miran a través de los ojos y no de un algoritmo.
—Uso redes. Pero para mí es como el chocolate: si lo comés está bien, pero si te empachás te hace mal. Tiene ventajas, pero detrás de todo esto está el ser humano, y el ser humano es un bicho al que le tengo desconfianza. La nueva religión es el algoritmo. Y el algoritmo no quiere que tengas cultura ni que recibas buena información, lo que hace es bajarte la cultura para venderte cualquier cosa. Lo mismo pasa en la industria del entretenimiento en todo el mundo: inundar el consumo con productos baratos de bajo costo cultural y alto precio. No digo todos.
—¿Creés que el algoritmo moldea los gustos del público?
—Es claro que todo está direccionado. Te muestran siempre los mismos diez o quince personajes y eso te llena la cabeza. Aunque no todo es negativo, también hay gente talentosa. La tecnología tiene partes positivas y trato de aprovechar esas ventajas.

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