En este 1 de mayo 2025, Día del Trabajador, como nunca esta cronista encontró similitudes entre pobreza y democracia.
Ya hemos compartido cifras de cierre de pymes (11.000) y desocupación (220.000), ambos en crecimiento y trayendo como consecuencia la caída del consumo y una brutal disminución de la calidad del empleo registrado.
Otros 1 de mayo, el trabajador, generalmente integrante de la clase media argentina, vivía sencillamente con calidad de vida, es decir, salarios dignos, vivienda propia o alquilada, agua potable, acceso a la educación y salud. Resumiendo: una vida sin grandes carencias.
Hoy, el mundo del trabajo registrado representa solo un tercio del total, el resto son trabajadores informales, cuentapropistas o changarines. A cualquier dirigente sindical que represente a la producción –salvo la ligada a las exportaciones-, a lo educativo, universitario, científico, al comercio, se lo escucha decir que sus representados tienen salarios por debajo de la línea de pobreza. Por lo que podemos inferir –y no por cuestionar las mediciones-, los pobres empobrecidos son mucho más que los registrados.
Esto no nació con el presidente Milei, pero sus políticas lo acentúan.
Argentina perdió la práctica de la inclusión hace años, muchos. Así se fue degradando la clase media abarcativa que Argentina tenía, donde el esparcimiento y la fluidez por un libro eran cosas cotidianas. Las industrias funcionaban con trabajadores en blanco, y los comercios también. Había consumidores. Un dato importante: el peso argentino valía y no había masivas fugas de capitales, se invertía. Se construía. Se estudiaba. Se vivía.
Esta cronista cree que vivimos con verdades a medias. Ser pobre o dejar de serlo por un peso, lo es. Tener un trabajo precario, también lo es. Si 10 millones de pobres hubieran dejado la pobreza, las villas estarían vacías.
Ante este panorama, se puede asegurar que solo bajando la inflación (importante) no se baja la pobreza, no se la reconvierte. Sin plan productivo, imposible. Debe la política toda anoticiarse de que una legión de personas “bordean” la delgada línea que separa al pobre del que no lo es. Lo mismo sucede con la ocupación y la desocupación. Fluctúan, cual Hamlet, entre el “ser o no ser” a tan pobre pertenencia.
Justo es decir que a una franja importante de personas-ciudadanos argentinos la motosierra del presidente Milei les llegó hace mucho tiempo, desgarrándole las posibilidades de una vida digna. Los gobiernos –por derecha o por izquierda, generalizando-, desguazaron al Estado, haciéndolo elefantiásico o raquítico, desvirtuando su razón de ser. Este empobrecimiento empobrece a la sociedad y a la democracia, que está asediada en su fortaleza. Pobreza social y pobreza democrática se emparentan en su dolor.
Un ejemplo es lo que pasa en Timbúes (Santa Fe), donde un grupo portuario -Terminales y Servicios SA, de los hermanos Ondarcuhu- vio la oportunidad para concretar una terminal multipropósito de 186 has., cuyo producto final es una Terminal Portuaria Multipropósito Verde.
Timbúes está enclavado en el final del máximo calado de la red troncal de la Hidrovía. Los empresarios tomaron la oportunidad que les ofrece el RIGI, sumado a la ordenanza competitiva de Timbúes, más los incentivos provinciales. Prevén un primer desembolso de U$S 298 millones iniciales, aunque se proyecta otro que lo duplique. Cree el grupo inversor que en menos de un año estará operando.
Se prevé la contratación de 200/300 trabajadores de la construcción y luego una cifra similar de portuarios. Este grupo integra Servicios Portuarios SA, responsables de las terminales 6 y 7 de Rosario. Se conoció además que invertirán en estas terminales U$S 72 millones en un proyecto de actualización, modernización y dragado de la boca de la dársena.

Los comentarios están cerrados.