Leonardo, el genio del Renacimiento: su dieta vegetariana, los secretos de La Gioconda y sus inventos más impactantesPor Fernanda Jara

Cuando Leonardo Da Vinci nació, el 15 de abril de 1452, Europa comenzaba a dejar atrás los siglos oscuros del medioevo. En Florencia, en la región Toscana, la vida transcurría entre campos de olivos, talleres de oficios y surgía una efervescencia intelectual que comenzaba a transformar el modo de ver el mundo. Italia no era un país unificado, sino un mosaico de ciudades-estado independientes y en permanente tensión, cosa que alentaba la competencia cultural entre ellas, y las familias poderosas —como los Médici— patrocinaban a artistas, científicos y pensadores, a modo de mecenazgo que tenía como fin otorgarles prestigio, dentro de sus dominios como frente a sus rivales.

En ese contexto, nació Leonardo, hijo ilegítimo de un notario y una campesina. No hay escritos que cuenten si ser “ilegítimo” le significó algo en particular, pero su infancia transcurrió al margen de lo que debía saber. Por el contrario, su espíritu de búsqueda incansable lo llevó a ser parte de esa revolución cultural, donde destacó de manera singular. Tanto fue lo que su mente creó que, cinco siglos después, su nombre sigue siendo sinónimo de creatividad y curiosidad.

Fue pintor, anatomista, ingeniero y arquitecto. Además de haber pintado obras como La última cena o La Gioconda, también se destacó por diseñar máquinas voladoras, prototipos de vehículos blindados y sistemas hidráulicos que anticiparon desarrollos técnicos de siglos posteriores. Tres de sus inventos más significativos fueron una máquina voladora inspirada en el vuelo de los pájaros, un tanque de guerra con tracción manual y un sistema de canales con compuertas móviles.

Desde lo filosófico, Leonardo expresó una sensibilidad poco habitual para su época: practicaba una alimentación vegetariana y rechazaba la violencia contra los animales: “Llegará el día en que los hombres miren al asesinato de los animales como ahora miran el asesinato de los hombres”, anotó en uno de sus escritos el hombre que murió a los 67 años, el 2 de mayo de 1519 en el castillo de Clos-Lucé, en la ciudad de Amboise, Francia.

Leonardo nació en Vinci, una aldea entre colinas de olivares y viñedos. Lejos de los privilegios de la clase noble, creció rodeado de naturaleza, la que más tarde estudiaría con devoción. No se instruyó en escuelas formales y esa libertad, justamente, fue la que le permitió desarrollar un pensamiento original y alejado de los dogmas.

De pequeño solía pasar el rato observando insectos, el movimiento del agua, las nubes y el vuelo de los pájaros. Todo lo que veía lo maravillaba. Según las notas que él mismo dejó, deseaba comprender cómo funcionaba la naturaleza y descubrir sus leyes, que consideraba ocultas. Esa fascinación la tradujo en una curiosidad innata que abarcó desde la observación de las estrellas hasta los músculos del cuerpo humano. Quería saberlo todo.

Fue el acercamiento al arte el primer paso de su largo camino: comenzó a tomar clases en el taller de Andrea del Verrocchio, en Florencia, pero muy pronto superó al de su maestro. Leonardo se convirtió en una mente tan inquieta que no distinguía fronteras entre las distintas disciplinas. Para él, el arte era ciencia, y la ciencia, una forma de arte: dibujar un cuerpo humano y diseñar una máquina eran ejercicios similares para él. Estudiaba el vuelo de los pájaros por interés naturalista y para aplicar esos principios a sus prototipos de máquinas voladoras, por ejemplo.

Como artista, capturó el alma y el tiempo. Sus obras no eran simples retratos o representaciones, sino que buscaba mostrar la emoción, la expresión y la profundidad del alma humana. Lo dicen sus obras célebres como La Gioconda, La Última Cena —pintada en un convento de Milán—.

Pero fue su faceta de inventor la que lo muestra como un genio innovador que pensó siglos por delante. Leonardo fue un ingeniero adelantado a su tiempo. En sus cuadernos —escritos en un código especular, de derecha a izquierda— plasmó cientos de diseños e ideas que no podían ser construidos en su época, por eso hoy asombra tanto su visión futurista.

Las máquinas voladoras fueron el resultado de que Leonardo estudió minuciosamente el vuelo de aves y murciélagos, especialmente la estructura de sus alas. A partir de estas observaciones, diseñó varios artefactos voladores, como el ornitóptero, una máquina que imitaba el batir de alas, pensada para ser propulsada por fuerza humana. Aunque no llegó a construirla, sus principios anticiparon conceptos clave de la aerodinámica.

También diseñó una máquina de vuelo vertical conocida como “tornillo aéreo”, considerada un antecedente del helicóptero. Estaba compuesta por una espiral de lino rígido que, al girar rápidamente, generaría sustentación. Si bien no hubiera funcionado con los materiales de su época, el diseño anticipa la lógica del vuelo helicoidal.

En sus cuadernos sorprende el diseño de un paracaídas con forma piramidal, hecho de lino y sostenido por listones de madera. La inscripción que lo acompaña afirma que permitiría a una persona lanzarse desde cualquier altura sin peligro. En pruebas modernas, el modelo ha demostrado funcionar correctamente.

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