Las preferencias de uso del aguinaldo reflejan un cambio estructural en los hábitos financieros de los hogares

En la Argentina, donde el dinero rara vez alcanza y la creatividad para estirarlo forma parte del ADN nacional, el aguinaldo se transformó históricamente en algo más que un ingreso extra: era una bocanada de aire, una ilusión de descanso, una escapada o ese gusto postergado. En 2025, la escena cambió radicalmente. La mayoría prioriza llegar a fin de mes, relegando el disfrute para más adelante.

Según un relevamiento de Focus Market sobre 7.500 casos en todo el país, el 31% de los encuestados asignará el aguinaldo de junio a cubrir gastos generales: expensas, servicios, cuotas escolares, medicina prepaga y otras obligaciones cotidianas.

Aunque se percibe una mayor estabilidad macroeconómica -con menor inflación y un dólar controlado-, la mayoría aún no puede cubrir sus necesidades solo con el salario mensual. Este dato evidencia una transformación silenciosa en los hábitos de consumo.

El cambio resulta notorio respecto al destino tradicional del aguinaldo. En diciembre pasado, las vacaciones encabezaban las preferencias de uso. Este junio, se ubicaron en el cuarto puesto, acentuando una caída que ya se observaba anteriormente. El fenómeno no responde únicamente a la estacionalidad (el receso invernal es más corto y menos flexible que el de verano) ni a las condiciones para viajar, sino a un ajuste estructural de prioridades.

Aunque la economía parece más ordenada y previsible que en años recientes, los ingresos todavía no alcanzan para cubrir todos los gastos.

La pregunta se impone: ¿por qué, si hay cierta estabilidad y expectativas de mejora, el aguinaldo se destina a pagar cuentas? La respuesta remite al estancamiento de los salarios: la baja inflación y el rezago en los ingresos convierten al aguinaldo en una herramienta para ponerse al día con pagos atrasados.

Lo que antes era la llave para ahorrar, invertir o permitirse un gusto, ahora funciona como salvavidas del consumo básico.

Hoy se percibe una diferencia con los años de extrema volatilidad: ya no existe la urgencia por desprenderse del peso ante la inminencia de una devaluación o un salto inflacionario. Tampoco el dólar es el refugio automático de otras épocas: la compra de moneda extranjera bajó posiciones, incluso entre las opciones para aprovechar el aguinaldo.

En cambio, quienes tienen margen para ahorrar, evalúan alternativas más sofisticadas. Las Lecaps” -instrumentos en pesos de corto plazo de la Tesorería de la Nación- ganaron protagonismo, gracias a rendimientos atractivos y bajo riesgo en el contexto preelectoral.

Las billeteras digitales ya no se imponen como única opción para sacar provecho al dinero. Muchos usuarios migraron hacia fondos de inversión y acciones, buscando mayor rentabilidad. Las apps siguen como alternativa para quienes priorizan seguridad o bajo riesgo, pero perdieron el lugar de preferencia.

El pago de deudas conserva espacio, aunque en descenso: un 9% del aguinaldo se usará para saldar compromisos pendientes. Tampoco predomina la costumbre de llenar el changuito en el súper, una táctica frecuente cuando los precios se disparaban cada semana. La inflación controlada quitó sentido a ese modo de preservar el valor del dinero.

El actual escenario revela un cambio de época. El argentino, acostumbrado a sobrevivir al caos, comenzó a planificar en un entorno menos convulsionado. El aguinaldo dejó de ser exclusivamente una oportunidad de consumo o ahorro; ahora representa un recurso para reorganizar las finanzas familiares y tomar decisiones con más información y menos urgencia.

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