La Selección después de Messi: el desafío de aprender a jugar sin el 10 y el “síndrome del vestuario de al lado”
Hay un concepto de la psicología que el fútbol adopta cada tanto en forma explícita: la presencia de una ausencia. Y se puede explicar, en la Selección Argentina, simplemente nombrando a Maradona y a Messi. Los ausentes que no se van.
Y acá podría terminar la nota.
Pero también podemos ampliar la idea. Porque más allá del valor simbólico de estas despedidas hay consecuencias futbolísticas.
Porque lo que el equipo argentino, sus jugadores, sus hinchas, van a extrañar al 10 de los últimos 20 años es inimaginable. Ya pasó, lo sabemos.
Después del Mundial 90, la Selección tuvo una primavera sin extrañar a Diego gracias a una Copa América (Chile 1991) en la que la renovación de la mano del Coco Basile tuvo la alquimia de la explosiva dupla Caniggia-Batistuta. Duró poco, más allá de repetir el título en Ecuador 1993 (muy lejos del brillo inicial). Cuando el borde de la crisis tuvo forma de posible eliminación para el Mundial 94, fue necesario Maradona para que absorbiera la presión y liberara a sus compañeros en un repechaje traumático ante Australia. No era el mejor Diego, pero era Maradona. Y fue suficiente.
En ese nivel de liderazgo, Messi siempre fue distinto. Tuvieron que pasar cuatro Mundiales para que Leo se recibiera. En 2006 era muy joven; en los otros tres (2010, 2014 y 2018) había otros referentes y tal vez Leo se sentía cómodo detrás de ellos. En el choque entre plantel y entrenador (Jorge Sampaoli) de Rusia 2018, la cara visible de los jugadores fue Javier Mascherano, pese a que la figura indiscutida era Messi.
Fue decisiva la renovación encarada por Lionel Scaloni. Fue necesario que las sombras de los más grandes desaparecieran, que Leo no las sintiera en su espalda; pero más importante fue que sus propios compañeros lo empujaran a asumir ese liderazgo. El respeto técnico ya lo tenía, también el humano, pero faltaba un plus. Y en Qatar explotó como nunca. En una versión mosquetera: todos para Messi y Messi para todos. Messi necesitaba (por más injusta que sea esa palabra) ser campeón del mundo y sus compañeros necesitaban ofrendarle ese título esquivo. La comunión que se vio en esa Copa del Mundo traspasó cualquier frontera.
Sin embargo, nunca se pudo despojar del gran ausente (Diego) y de las comparaciones.
Lo que sucedió después también es conocido. Poco faltó para que, a los 39 años, en su sexto Mundial y con un rendimiento inimaginable, Messi rompiera todos los récords y bordara de dorado aún más su apellido.
Pero todo tiene un final, ese que Leo estiró hasta lo imposible. Y la Selección Argentina se encuentra ante el desafío de la era pos-Messi. No le faltan jugadores de jerarquía, pero tendrá que repartir las obligaciones de otra manera. Como sucedió antes con Maradona, faltará no solo el mejor y el más desequilibrante; también el aglutinador, el tótem, el que hace que los demás se acomoden, que los jugadores complementarios alcancen su mejor versión. Pasó con Burruchaga, el Negro Enrique, por ejemplo, en el 86; con Enzo Fernández, Mac Allister y otros, en 2022.
Con Messi, como antes con Maradona, cualquier jugador antes de entrar a la cancha sentía que no había imposibles, mientras que del otro lado había un grupo que arrancaba en desventaja psicológica: lo podríamos definir como el síndrome del vestuario de al lado. Pensar que, pared de por medio, Leo o Diego se estaban atando los botines. Intimidante, para empezar.
No estará el Messi genio, sabio, líder, capaz de milagros inesperados incluso hasta faltando segundos para el final del partido. En esta primera etapa sería imprudente esperar que alguien tome esa responsabilidad: habrá que repartirla. Y sería injusto cargar con las comparaciones a los Nico Paz, Mastantuono, Soulé (zurdos, para más datos), incluso a los Enzo Fernández o Alexis Mac Allister, o agregarle funciones a Lautaro Martínez o Julián Alvarez.
Entonces, paciencia. Disfrutemos lo vivido. Tengamos claro que haber tenido a un Messi después de Maradona fue algo parecido a un milagro. Irrepetible, tal vez. O tal vez no.

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