La Selección, de la euforia a la reflexión: el punto clave que mejoró y las señales de alerta para Scaloni tras la épica con Egipto
Es posible que la que sigue sea una crónica antipática para el momento de euforia. Aunque es probable que también sea necesaria. Muy. Por estas horas, la alegría parece ser solo de Argentina tras el épico triunfo contra Egipto. La remontada en poco más de 10 minutos quedará grabada en la memoria de todos los argentinos. Nadie pudo ser indiferente al vibrante choque en Atlanta. Por eso se festejó en Estados Unidos y en cada rincón del país como si hubiese sido un campeonato. No fue una victoria más: en el vestuario de la Scaloneta se percibió como un partido clave, de esos que pueden marcar un punto de inflexión. Pero cuando la marea baja aparecen los residuos que permanecían ocultos bajo el agua. E ignorarlos sería un error.
La primera señal de alerta es clara: no es una gran noticia que se haya necesitado de una hazaña para eliminar en octavos de final a Egipto, un rival claramente inferior. Cierto que también hay muchos aspectos positivos a los que aferrarse: ante los africanos la Scaloneta mostró su mejor versión en lo que va de la Copa del Mundo, especialmente en ataque. «Sufrimos muchísimo», se sinceró Lionel Messi. Y esa frase, dicha después de una noche de festejo, resume una sensación que no conviene pasar por alto. En el horizonte inmediato aparece Suiza y, más allá, Inglaterra, Francia y España, selecciones que exigirán mucho más la épica y la compañía de la «diosa fortuna».
Lo justo es comenzar por las cuestiones esperanzadoras. La Scaloneta tuvo un 64 por ciento de posesión, convirtió 3 goles, remató 19 veces (7 al arco) y completó 602 pases. Hasta ahí, lo colectivo. En lo individual, destacar a Lionel Messi termina siendo una redundancia. La Pulga no jugó su mejor partido ante los egipcios (falló un penal), pero volvió a ser determinante en un momento límite. Se recostó sobre la derecha cuando ingresó Lautaro Martínez y desde allí asistió a Cristian Romero para el descuento. Esa acción lo encendió. Marcó el segundo con un zurdazo furioso y corrió más que en cualquier otro partido del torneo. Terminó llorando, a mitad de camino entre el alivio y la alegría.
Pero la aparición más importante fue la de Leandro Paredes, el único volante central natural de la Scaloneta. Su ingreso liberó a Alexis Mac Allister y a Enzo Fernández, autor del agónico gol de cabeza dentro del área. En el primer tiempo, el arquero Mostafa Shobeir Oufa le había sacado un frentazo al Colo. El mediocampista surgido en Boca regaló un quite para la historia y completó 119 de los 602 pases del equipo (19,7%). «Parece que si no se sufre no vale. Trato de ayudar en lo que pueda. Sinceramente, no me di cuenta de la magnitud de la jugada del quite», dijo Paredes. Y agregó: «Manejamos el partido y creamos muchas situaciones en el primer tiempo».
Otra cuestión alentadora fue el nivel de Julián Alvarez y Lautaro Martínez. Ni la Araña ni el Toro están teniendo un torneo brillante, pero dieron un paso adelante contra Egipto. El cordobés fue titular y se lo notó bien desde lo físico: aguantó los 90 minutos. El bahiense, en cambio, ingresó para jugar de la manera que mejor le sienta: plantado entre los zagueros y no corriendo por todo el frente de ataque. Jugó de Lautaro y no de Julián. Su entrada fue determinante: asistió a Enzo en el 3-2 y, en los segundos finales, fue necesario para aguantar la pelota y generar infracciones.
Pero si hubo una señal de alerta en Atlanta estuvo del lado defensivo. Más precisamente, en el retroceso de la Scaloneta. La falencia es más colectiva que individual. El equipo sufrió demasiado con cada transición de Egipto. En el espacio entre la línea de volantes y la de defensores deberá trabajar Lionel Scaloni. Por momentos, la Selección queda demasiado larga. Ante los africanos intentó ejercer una presión más alta que la habitual en el torneo, pero no logró coordinarla como bloque. Y esos desajustes se pagan cada vez más caro a medida que aumenta la jerarquía de los rivales.
Además, faltó agresividad para defender determinadas jugadas. En el primer gol de Yasser Ibrahim no se logró incomodar al lanzador y la línea de cabeceadores no salió a defender cerca del borde del área. En el segundo festejo egipcio, Nahuel Molina retrocedió varios metros sin animarse a dar el paso hacia adelante. Algo similar ocurrió en el tanto que fue anulado por el VAR.
De los rendimientos individuales ya se ha hablado. Ni Molina ni Gonzalo Montiel atraviesan un gran presente. Lisandro Martínez, de buen Mundial, quedó expuesto en 3 de los últimos 4 goles que recibió la Scaloneta. «Me voy re caliente por los dos goles. Le pido disculpas al pueblo argentino. Mis compañeros me dijeron que me levantara y que no me tirara abajo. Cuando jugás contra los mejores del mundo hay que estar un poco más atento«, reconoció Licha.
Y a Emiliano Martínez tampoco se le percibe todavía el semblante ganador de campeonatos pasados. Para transmitir una mayor sensación de seguridad, el Dibu necesita recuperar esa expresión de «mirá que te como, hermano». Es posible que la fractura que sufrió en el dedo anular de la mano derecha todavía le genere molestias. No se lo observa tan firme en las pelotas aéreas, uno de sus grandes fuertes. «Ya voy a aparecer, tranquilos», confió el marplatense en la intimidad.
La Scaloneta volvió a demostrar que tiene fútbol, personalidad y recursos para sobrevivir a cualquier tormenta. Si hace falta la épica, la saca de la galera. Esa capacidad de resistencia es una de sus mayores virtudes. Pero los Mundiales también castigan a los equipos que se confunden. Argentina festejó una remontada inolvidable y dio un paso más en la defensa del título. Ahora deberá transformar esa noche histórica contra Egipto en un aprendizaje: porque ante rivales de mayor jerarquía, las señales de alerta que aparecieron en Atlanta ya no tendrán el mismo margen de perdón.

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