Kurt Cobain: un James Dean para MTV

Los nombres impactan: Amy Winehouse, Syd Barrett, Kurt Cobain, Nina Simone, Luca Prodan, Tanguito, Ian Curtis, Chet Baker, Nico y Brian Jones. Estos artistas no solo vivieron de forma intensa, sino que también murieron jóvenes, marcando el corazón de una época según Fernando García, autor de Santos y pecadores, un libro digital en el que traza los retratos de leyendas que marcaron la música contemporánea.

“Este libro no es una galería de héroes ni un museo de cadáveres ilustres”, se lee en el prólogo. “Son retratos”, explicó el autor recientemente a Infobae.

A continuación, varios fragmentos de uno de los capítulos más conmovedores, el que Santos y pecadores -un libro que se puede descargar gratuitamente- dedica a Kurt Cobain. Conviene leerlo con auriculares.

Los turistas argentinos viajan en el asiento trasero de un New York Cab por la fría noche de Manhattan. La identificación del taximetrista sugiere un origen árabe, acaso iranio. En la radio suena música francesa de los años 60, aquella escena conocida como ye ye. En un momento el tráfico se atasca. En la radio se interrumpe la música para un breve boletín de noticias. Los turistas argentinos escuchan pero no están seguros de escuchar que Kurt Cobain, el guitarrista y cantante de la banda de punk rock más grande del mundo, acaba de ser encontrado muerto de un escopetazo en su casa de fin de semana en las afueras de la ciudad de Seattle, devuelta al mapa por el efecto dominó de Nirvana (que provocó algo vagamente conocido como “movida de Seattle”).

La voz de las noticias sale de foco y vuelve la música ye ye. Los turistas argentinos se miran incrédulos y esperan ansiosos volver al departamento de alquiler a pocas cuadras del Central Park. Cuando llegan encienden el televisor y en la pantalla de MTV otro Kurt, Kurt Loder, el hombre de las noticias en el canal musical, confirma lo que creían haber entendido en el asiento trasero: Kurt Cobain ha muerto de un disparo de escopeta en lo que aparenta ser un suicidio. Uno de los turistas cuelga del balcón su t-shirt negra de Nirvana que reproduce la imagen de la contratapa del disco Bleach. Al día siguiente, el administrador del edificio le pedirá que la guarde. Le dice que esto no es Nápoles, que esto es Manhattan, donde nadie jamás cuelga ropa de los balcones. Es el día 9 de abril de 1994.

II

Nunca más escuchamos de un cantante de rock que fuera “la voz de su generación”. Se había dicho en su tiempo de Bob Dylan, señalado como la conciencia lúcida de la contracultura; de John Lennon, como la autoridad de una nueva ética; de Johnny Rotten, como el alarido rabioso y desesperante de la distopía punk. Kurt Cobain no tenía intenciones de liderar un movimiento contestatario ni ningún otro plan que no fuera el de entregar una música de pureza mineral, y fue su apatía a todos los lugares comunes del rockismo y a la forma de vida standard norteamericana lo que lo terminó de entronizar como una voz líder. Capitalizó su belleza trágica anticipando discusiones de una agenda posterior, como el feminismo, la tolerancia a la diversidad sexual o la extendida psicopatía del bulling, que no eran tematizadas de ningún modo por el rock duro, al menos en el mainstream.

En términos políticos, se diría que llevó a la izquierda del rock al poder por muy poco tiempo (el que medió entre el sorprendente éxito de Nevermind y el escopetazo), descolgando de la galería de pósters el hedonismo fálico de unos Guns N’ Roses demasiado ocupados en interpretar el libro de las desventuras dionisíacas del rock and roll y a un Michael Jackson ya convertido en parodia de su propio mito. Nevermind (No importa) se hacía eco del disco más influyente del punk rock: Nevermind the bollocks (cuya mejor traducción es “Me chupa un huevo”), de los Sex Pistols. Pero al sustraerle el “bollocks” (cojones) invertía la agresividad masculina del punk rock o el heavy metal: descojonado, el pogo o el headbanging se resignificaban como implosión.

Por un tiempo muy corto, la voz de Kurt Cobain fue una alternativa al discurso corporativo de la industria y de la propia estética de la música pop. Escucharlo conmueve tanto porque el rebel yell (alarido rebelde) es consciente de sus límites: se rebela contra la certeza de que ninguna rebelión va a ser posible. Kurt Cobain canta los blues de Truman cuando descubre que lo han hecho vivir en un show de TV de fantasía. No hay más que verlo en el final de Heart Shaped Box, el Everest de la videografía de Nirvana, cuando aprieta los dientes frente a la cámara a punto de reventar.

III

Hay una versión de “And I love her” de The Beatles, hecha por Kurt Cobain solo, con la guitarra acústica, en la banda de sonido de la película documental Montage of Heck. Es una grabación casera y es una maravilla que explica el arte de Kurt Cobain de un golpe. De los aires latinos y abolerados del original no queda nada. Cobain sustrae información y toca sólo líneas rectas, como si la suya fuera una versión Bauhaus de Lennon-MacCartney o una reinterpretación pos Mondrian del romanticismo beatle. El rasguido prescinde de la sensualidad aquella y trae un aire duro, soledades de llanura escarchada. Elige un tono bajo, casi lúgubre, para cantar esa carta de amor, serenata, que en sus manos se vuelve un objeto de desamor, de despedida.

Sin embargo, hay algo que persiste y es la sensibilidad pop. Escuchar a Kurt Cobain cantar The Beatles hace entender hasta qué punto el encanto de Nirvana venía envuelto en ruido de feedback y golpe de rock duro para traficar el goce pop. Las analogías geométricas no deben hacernos perder de vista que Cobain era menos un racionalista del arte sonoro que un expresionista tardío. Su imagen en los videos que acapararon la atención de MTV es una y otra vez la de El grito de Edvard Munch (¿Munch Music?).

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