Isabel Barón, entre el arte, el vínculo con su hermana Jimena y su apuesta máxima en el teatro: “Me es fácil volar con la imaginación”
El teatro musical argentino suma una protagonista con luz propia. Y tiene nombre propio, Isabel Elías Barón es la artista emergente que, tras años de formación y búsqueda personal, hoy se libera del rótulo de “la hermana de” para brillar por mérito propio. Hija menor de una familia donde el arte fue siempre refugio y motor, Isabel atravesó desde pequeña pérdidas personales profundas, la influencia de una madre llena de creatividad y el impulso de hermanos ligados a la música y la actuación. En una charla exclusiva con Teleshow, se anima a recorrer su historia, las dudas de infancia, la construcción de una identidad propia y el equilibrio entre la pasión y la vulnerabilidad.
Desde que tiene memoria, el arte formó parte de su vida cotidiana: primero en los juegos familiares junto a sus hermanos Jimena y Federico, luego en escuelas con fuerte impronta creativa y, más tarde, en un recorrido profesional nutrido de diferentes disciplinas que fueron desde la danza al perfeccionamiento vocal. Con tan solo 29 años, Isabel abraza la experimentación y el aprendizaje permanente, y confiesa que el escenario, como lugar de adrenalina, riesgo y contacto directo con el público, es donde más viva se siente, aunque también disfruta la cámara y sueña con el cine.
Ya consolidada como una de las protagonistas de Alberdi, el musical éxito de la temporada que retrata la vida de Juan Bautista Alberdi, Isabel mira el futuro con deseo de crecer: sueña con temporadas largas, proyectos propios y, sobre todo, seguir fiel a un mandato que trasciende el apellido. Y en cada paso, demuestra que el arte y la resiliencia pueden ir de la mano para construir una carrera singular y honesta.
–¿Recordás el primer momento en que sentiste que el arte era parte de tu vida?
–La verdad es que siento que el arte fue parte de mi vida desde que tengo memoria, por mi familia. Sin embargo, mi primer recuerdo de escenario fue en Brasil, en un Club Med, yo era muy chica y nos disfrazamos en un show infantil: fui una flor y después una cebra. Lo extraño es que recuerdo poco y nada del momento real, pero sí esa mezcla de emociones de estar con mis hermanos en el escenario. Yo estaba acompañada de ellos y eso era lo que más seguridad me daba.
–¿En qué momento sentiste de verdad que lo artístico era tu camino?
–Creo que fue natural. En mi hogar siempre hubo música, o algún instrumento… Mi mamá compone, mi tía es música, mis hermanos también, aunque Fede ahora no lo haga de forma profesional. La variedad de música que yo escuché en mi vida y que escucho hoy en día varía entre jazz, rock nacional, pop y también música clásica. En el colegio que fui, el Jean Piaget, que mis abuelos fundaron, había mucho arte también: actos, teatro, canto, talleres de carpintería y plástica. Siempre estuve rodeada de arte. A los cuatro años empecé Danzas Árabes y después hice clásico, aunque admito no es mi fuerte. Después hice jazz, tap, flamenco, hip hop, reggaetón… Desde que arranqué a tomar clases, no frené.
–¿Tu mamá fue una persona clave a la hora de elegir ese camino?
–Mi mamá siempre nos acompañó en lo que elegimos, nunca nos obligó. Nos llevó, nos trajo, nos acompañó desde la locura más linda. Siempre tuve la compañía de ella. No es que me crié en familia de médicos y de golpe me gustó el arte, el ambiente era artístico y me di cuenta de que me gustaba bailar, que la música me movilizaba. Apenas tuve la oportunidad, empecé canto y luego actuación. La influencia de mis hermanos fue clave, al ser la menor adquirís mucho. Incluso desde la actividad más simple uno quiere hacer lo que hacen los hermanos mayores. Por suerte, tuve apoyo, no presión.

–Mi signo solar es piscis. Entonces mi cabeza sueña más allá de lo que sea posible. Me es fácil volar con la imaginación. Me siento una persona creativa, y bastante dinámica y hábil para cosas que incluso nunca probé. Me doy fe y me interesa, soy curiosa en probar. Este año empecé cerámica, que nunca había hecho, y me encantó, siento que soy buena y tal vez es algo con las manos que nunca había hecho. Toco la batería, el piano, guitarra… En pandemia aprendí teclado, porque en casa hay varios instrumentos, y le agarré la mano enseguida. Tengo facilidad para aprender y si se me brinda la oportunidad de probar cosas nuevas, las agarro.
–¿Hubo presión para que estudiaras una carrera tradicional o fue tuya la decisión de ir hacia el arte?
–No particularmente, porque yo perdí a mi papá cuando tenía 11 años. Fede y Jime tienen un papá, yo tengo otro papá, compartimos mamá. Nunca fue que mi vieja me dijo: “¿Terminaste el secundario? Andá a estudiar algo con título”. Por suerte no, siempre tuve el apoyo y acompañamiento de ella y de mis hermanos. Terminé el secundario y dudé. Amo los animales y empecé el CBC de veterinaria pero no era lo mío, no me sentía cómoda en otro ambiente. El arte me da herramientas con las que conecto desde otro lado; cuando volví a las clases de teatro y canto me di cuenta que ese era mi lugar.

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