Gonzalo Heredia y un nuevo desafío actoral: “Muchas situaciones que viven los personajes las conozco y las he transitado”
A lo largo de los años, la figura de Gonzalo Heredia fue una presencia constante tanto en la pantalla chica como en los teatros de la Avenida Corrientes, apostando siempre por personajes diametralmente distintos en cada desafío. Su carrera lo llevó a construir una versatilidad actoral que lo convirtió en uno de los referentes de su generación, capaz de transitar desde la televisión masiva a proyectos teatrales de búsqueda más íntima y personal.
En su nueva apuesta teatral, Heredia protagoniza, junto a Eleonora Wexler, El estado de la unión, una obra en la que no solo asume el rol principal, sino que también aceptó el desafío de adaptar el texto original de Nick Hornby. Esta doble tarea le permitió poner en juego su mirada sobre los vínculos largos, la crisis de los cuarenta y el amor en tiempos donde todo parece fugaz.
Esta obra llegó a la vida del actor de manera tan casual que parecía destinado a llevarla adelante arriba de las tablas. Invitado a una cena, no pudo contener la curiosidad de analizar la biblioteca del dueño de casa y fue allí cuando vio la obra de Nick Hornby, un escritor que ya lo había cautivado en más de una ocasión. Lo mismo le sucedió con El Estado de la Unión: Un matrimonio en diez partes: el flechazo fue instantáneo, al punto de que aseguró que “lo leí en dos o tres días y me gustó la historia”. Fue así que este proyecto comenzó a tomar forma poco a poco, encontrando en cada paso nuevas razones para concretarse en el escenario.
—Hiciste la adaptación ¿Cómo fue ese proceso de sentarse a escribirla y luego protagonizar?
—Ya he tenido una experiencia. Yo había escrito una obra de teatro, la primera obra que escribí, que se llamó Cómo provocar un incendio, que fue mucho más tedioso en el sentido de que la historia no existía, la escribí en un año y medio, y eso fue un poco más tedioso y desgastante, porque al no haber adaptación sino que era un texto original. Eso sí fue un trabajo arduo. Este texto de Nick Hornby ya entraba como en otro lado, un poco más relajado en ese sentido, era algo más ameno, más cercano también, porque es una historia que a mí me interpela por completo, son dos personajes que hace mucho tiempo están en pareja y que tienen hijos en común y que llega un momento en sus vidas en donde se replantean un poco cómo continuar con todos los interrogantes que uno puede tener después de los cuarenta años o que somos esa generación que estamos criando hijos e hijas y cómo seguir reconstruyendo un amor que es casi de toda la vida y, también el hecho de que esté Andrea Garrote en la dirección y en la adaptación, había algo que me era muy tentador y también fue como muy gratificante. Fue muy fluida la relación, primero como adaptadores, conociéndonos a través de los textos y de las ideas, después pasamos eso al trabajo en el escenario que fue muy ameno, lo sigue siendo. De hecho, hace un rato le mandé un mensaje ya con la nostalgia de que vamos a dejar de vernos cotidianamente en los ensayos.
—¿En algún momento te pasó esto de transpolar tu vida personal a la obra?
—Creo que hay textos en donde obviamente a uno lo interpelan, lo convocan, lo puede entender. Hay textos de la obra que están llenos. Siempre pasa cuando uno agarra un texto o tiene que interpretar un personaje, hay algo de la situación en donde a veces te queda como bastante lejano y hay una construcción donde uno tiene que llegar para que la palabra del texto esté llena. Y en este caso hay muchas situaciones de las que viven estos personajes, las cuales conozco y por momentos he transitado, entonces está más lleno, porque uno sabe de lo que está hablando, lo ha vivido y ha tenido cierta cercanía con esas situaciones. Entonces como cuando hablo de esto de contar historias que a uno le interpelan en la actualidad, hablo un poco de eso, de tener la posibilidad de transformar ciertas situaciones en un hecho artístico, también creo que el arte se trata un poco de eso. Cuando leés una novela, cuando ves una película, cuando ves una obra de teatro, la interpelación y esto de sentirse aludido por ciertos textos o ciertos personajes, creo que es lo que todos buscamos. Y uno como intérprete es lo que busca también que el público, que la gente de alguna forma se modifique o se sienta reflejado en ciertas situaciones.
—¿Cómo fue volver a trabajar con Eleonora Wexler?
—Es con una de las actrices que más trabajé, porque hicimos todo: cine, teatro, televisión y la verdad que tenemos una dinámica, pero no solo una dinámica arriba del escenario, sino ya en la relación, el vínculo que tenemos es muy honesto y eso nos acerca mucho. Tenemos una química arriba del escenario donde ya nos conocemos y sabemos cuáles son los puntos fuertes, los puntos débiles y apoyarnos en esos lugares, pero sobre todo también desde un lugar muy generoso. Creo que lo que más compartimos entre los dos es la generosidad de estar solos arriba del escenario y potenciarnos el uno al otro. Todo el grupo de trabajo es maravilloso.
—Matías es un personaje que creo que puede representar perfectamente lo que vendría a ser un hombre que está entre los cuarenta y los cincuenta años. En una especie de crisis de identidad o de crisis un poco más existencial, en donde se está replanteando todo, desde su trabajo, que es crítico musical y es un trabajo de alguna forma un poco más romántico, que quizás está como mutando o cambiando, y donde eso se lleva a replantearse también esto de: ‘bueno, ¿para qué hago lo que hago? ¿Cuál es el sentido de hacer todo esto?’ Y a eso se le suma la crisis en el vínculo de la pareja y la historia cuenta esa porción de su vida, ese momento exacto en donde está replanteándose absolutamente todo. Y creo que es también lo que nos pasa de alguna forma a los que tenemos entre cuarenta y cincuenta años, que ya dejamos obviamente la adolescencia y dejamos los treinta, estamos casi como en la mitad de la vida y uno tiende a mirar para atrás y a preguntarse: ‘bueno, ¿qué hice con mi vida? ¿cuáles eran los anhelos y las fantasías que tenía para el futuro? ¿se están cumpliendo? ¿qué me queda por delante? ¿a dónde puedo llegar?’. A mí me pasa, había cosas, fantasías o anhelos que tenía a los diecinueve años, que hoy los veo como un poco más infantiles y un poco más inalcanzables y uno empieza como a desprenderse de eso, casi como si fuera una especie como de luto.
—Con todo esto que estás contando, ¿qué le puede llegar a pasar al público al verlo en escena?
—Hay muchos encuentros que tienen estos personajes, muchos temas que se hablan en estos encuentros en donde creo que el público se va a sentir totalmente identificado por los planteos que hacen, por los planteos que tienen en sus propias vidas, por las inseguridades, por estas reflexiones en vivo, de una forma honesta y bastante despiadada por momentos. Estamos hablando de una obra de vínculos, pero sobre todo de vínculos a largo plazo, de valorar lo que uno construyó, de cómo cuidarlo y cómo reconstruirlo y creo que es un tema bastante universal en ese sentido.

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