El Papa Francisco fue algo así como un “jarrón chino” para la Argentina: estimado como valioso pero sin saber exactamente dónde ponerlo, podía ser incómodo pero nadie lo quería romper. La frase, que se atribuyó al español Felipe González aunque no fue su autor original, se usó siempre para referirse al rol de los ex presidentes, aunque en este caso sirve para explicar cómo fue el vínculo que unió al país con el máximo líder que dio a luz en toda su historia.
La Iglesia católica tiene más de 1.400 millones de seguidores en todo el mundo, según datos del Anuario Pontificio 2025. Es grande como China, o como India, y cuatro veces más que Estados Unidos, pero con penetración en distintos rincones del planeta. Una organización poderosa con más de dos mil años, que ha sobrevivido la caída de imperios, revoluciones y el avance tecnológico.
El continente americano representa el 47,8% del total de feligreses y, de ellos, el 27,4% reside en América del Sur. Brasil sigue teniendo el mayor número de católicos, con 182 millones, y esa comunidad convive con los evangélicos, en ascenso especialmente en esa tierra.
Si se relaciona la cifra de católicos en función al tamaño de la población, allí se destaca más Argentina, con alrededor del 90%, una de las tasas más altas de catolicismo, con distintas intensidades de práctica religiosa, de acuerdo con las estadísticas de la Santa Sede.
La designación de Jorge Bergoglio, en 2013, se alineó con el peso de ese “padrón”, por ponerlo en términos de representatividad electoral. Se premió a la región donde el catolicismo ejerce una influencia hegemónica, en simultáneo, con la profundización del retroceso del credo en Europa. En África es donde la dinámica de crecimiento es más potente, pero aún es un desafío abierto.
El “Papa de la periferia”, “del fin del mundo” o “del pueblo”, como lo llamaban en Roma, también fue el “Papa peronista” o “comunista”, en la política local. Por eso no es casual que, pese a haber sido un porteño del barrio de Flores, Argentina estaba, al menos hasta antes de su muerte, entre los que más lo cuestionaban.
“El Papa no mueve más de 10 votos”, llegó a decir Jaime Duran Barba, en su apogeo como gurú del PRO, en noviembre de 2015. En el tramo final de la campaña, Mauricio Macri debió pedir disculpas y se despegó de su estratega. El ecuatoriano solía medir con interés los niveles de aceptación de Francisco y observó rápidamente que Bergoglio era parte de la grieta.
La gestualidad que emanaba del Vaticano alimentó la polarización: el rostro adusto en la foto con Macri, la crítica al modelo económico, el envío de rosarios a sospechosos de corrupción, como Milagro Sala o Amado Boudou. Puesto en perspectiva, quizá no debieron partidizarse los presentes bendecidos a kirchneristas tras las rejas teniendo en cuenta que Francisco había elegido como tradición para los jueves santos visitar cárceles y lavar los pies a los presos, como señal de acercamiento y redención.
Tampoco su pensamiento económico debió interpretarse sólo en clave nacional porque formó parte de una mirada global sobre el capitalismo, desde una posición nacionalista y antiliberal.
Néstor Kirchner murió antes de ver a Bergoglio convertido en Sumo Pontífice, y es contrafáctico imaginar si hubiera dado la misma voltereta que Cristina, para ir en un pestañeo del rechazo a la devoción. El ex presidente lo consideraba el “líder de la oposición”, cuando era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, y el propio cura expresó que sabía que el santacruceño lo despreciaba. “Él realmente no me soportaba. Las relaciones eran muy tensas”, confesó en una entrevista que aparece en En tus ojos está mi palabra, un libro que recopila homilías y textos entre 1999 y 2013.
Cristina dejó los cuestionamientos de lado, incluidos los de Horacio Verbitsky, que ponían dudas sobre el accionar del sacerdote durante la dictadura; y buscó el rédito de pegarse al fenómeno papal que apenas arrancaba. El inicio fue, según los números, el mayor pico de popularidad de Francisco. La ex presidenta llevó a Brasil a Martín Insaurralde, entonces candidato a diputado para competir contra Sergio Massa, para juntarse con el Papa, que estaba de visita. A los pocos días, la ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con los afiches de Francisco, Cristina y el intendente de Lomas de Zamora. El kirchnerismo, de todas maneras, perdió esa elección en la provincia.
Javier Milei cuenta que le pidió perdón al Papa por los improperios que le estampó durante largos años. Esa aproximación que ejecutó ni bien arribó a la presidencia no implicó una adhesión al ideario pregonado por Francisco. De hecho, los libertarios (sin cargo) recordaron en redes que no coinciden ni un milímetro con la doctrina francisquista y el Presidente, en su primera comunicación oficial, remarcó sus “diferencias”. Decretó siete días de duelo y asistió al funeral en primera fila, cumpliendo de manera sobria con el protocolo de despedida.

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