El otro Khedira: la historia de Rani, el hermano de Sami, verdugo de Messi en 2014, que estará en el Mundial 2026

En julio de 2014, Sami Khedira aparecía empapado en papel picado dorado en el Maracaná, abrazado a sus compañeros tras la consagración de Alemania ante Argentina en el Mundial de Brasil. Doce años más tarde, otro Khedira volverá a vivir una Copa del Mundo, aunque bajo una realidad completamente distinta. Ahora es el turno de Rani, quien intentará perseguir el mismo sueño, pero defendiendo una bandera diferente: jugará vistiendo los colores de Túnez.

La historia de Rani convivió inevitablemente con el peso simbólico de un apellido que ya había alcanzado la cima del fútbol mundial. Su hermano mayor, Sami, se convirtió en un histórico mediocampista de Alemania, ganó la Champions League con Real Madrid, pasó por Juventus y levantó la Copa del Mundo.

En ese contexto creció Rani, nacido hace 32 años en Stuttgart, de madre alemana y padre tunecino, compartiendo la infancia junto a Sami y Denny, el tercer hermano de la familia, quien terminó orientándose hacia la gestión deportiva. “El fútbol siempre fue una prioridad para nosotros. Es la mayor pasión que compartimos los tres”, reconoció alguna vez el volante sobre un hogar atravesado por el deporte y por la valentía de su padre, que emigró desde Túnez hacia Alemania sin siquiera hablar el idioma.

Como su hermano mayor, Rani realizó toda su formación en el fútbol alemán. Desde chico mostró habilidades que le permitieron integrar desde la selección Sub 15 hasta la Sub 21 de Alemania, disputar un Mundial juvenil y luego desarrollar toda su carrera profesional en la Bundesliga, siempre con la ilusión de que algún día sonara el teléfono de la Mayor.

Primero luchó por ese lugar en el Stuttgart, después pasó por Leipzig y Augsburgo, hasta convertirse en una de las piezas más confiables del Unión Berlín. Allí terminó consolidándose como un mediocampista que aporta orden, lectura táctica y equilibrio en el mediocampo, capaz incluso de adaptarse como defensor central cuando el equipo lo necesita.

Mientras tanto, el otro Khedira acumulaba títulos. Rani, en cambio, quedaba siempre a las puertas de la selección absoluta. Incluso llegó a integrar listas preliminares, pero jamás debutó oficialmente. Esa situación terminó dejando abierta una posibilidad reglamentaria que, con el paso de los años, comenzó a mirar cada vez más de cerca: representar al país de origen de su padre.

Curiosamente, la primera vez que las Águilas de Cartago intentaron convencerlo fue antes del Mundial de Rusia 2018. Y en aquel momento, la respuesta fue negativa. “Me enorgullece que me hayan tenido en cuenta, pero nací en Alemania y solo hablo alemán. Ese fue el factor decisivo”, explicó entonces. Y agregó: “Tampoco me parece justo ocupar el lugar de jugadores que se han esforzado al máximo durante los últimos dos años para llegar al Mundial”.

Aquel rechazo parecía cerrar definitivamente cualquier vínculo futbolístico con Túnez. Pero el tiempo, muchas veces, modifica perspectivas. El mediocampista siguió creciendo en la Bundesliga, fue una pieza clave para que Unión Berlín clasificara por primera vez en su historia a la Champions League y empezó lentamente a replantearse aquella decisión tomada años atrás. Según su propio relato, ya no era solamente una cuestión deportiva. También comenzó a encontrar una conexión más profunda con sus raíces familiares.

“Mi padre es un tunecino orgulloso. Llevo a ambos países en mi corazón”, confesó Rani. Finalmente, fue él mismo quien dio el paso y levantó el teléfono. Acto seguido, en marzo pasado, la Federación Tunecina confirmó oficialmente el cambio de nacionalidad deportiva con un mensaje breve pero cargado de simbolismo: “Bienvenido a casa”. La frase resumía algo más grande que un simple trámite administrativo.

Desde entonces, el hermano del medio de los Khedira comenzó una nueva etapa. Debutó en la primera fecha FIFA del año, en un amistoso frente a Haití, y se metió en la lista definitiva para el Mundial 2026 con solo tres partidos jugados en el equipo. El proceso clasificatorio de sus compañeros, que utilizó como motivo para no sumarse en 2018, ahora parece haber quedado en otro plano.

Lo cierto es que tiene en mente el objetivo de aportar la experiencia y el equilibrio táctico que el seleccionado tunecino llevaba años intentando incorporar, a la vez que se encarga de tachar un deseo que había visto de cerca varias veces. Lo hará en el Grupo F, que compartirá con Países Bajos, Japón y Suecia.

Así, doce años después de aquella imagen inolvidable de Sami en el Maracaná, otro Khedira llegará a un Mundial. Habrá otra camiseta, otro himno y otro recorrido, aunque posiblemente la misma ilusión familiar de siempre.

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