El Mundial 2026 arrancó entre la euforia y las críticas: el estadio Azteca volvió a sentirse el centro del fútbol
La fiesta de fútbol no entiende de contextos. Ensordece el renovado estadio Azteca durante la fiesta inaugural del Mundial 2026, mientras despliegan sus talentos Belinda, Danny Ocean, J. Balvin, Lila Downs, Los Ángeles Azules, Maná y Shakira. Todos se unen cuando Alejandro Fernández entona las estrofas del himno nacional. El punto cúlmine se produce al momento de iniciar el duelo ante Sudáfrica: se abrazan abuelos, padres e hijos. Incluso algunos lloran.
Acá no hay preocupación por la advertencia de ataques masivos de Donald Trump ni indicios de las protestas de docentes y de transportistas a la presidenta local Claudia Sheinbaum, que siguió el encuentro desde la alcaldía Gustavo Madero tras regalar su boleto. Allá arriba, desde el palco de honor, sonríe el mandamás de la FIFA, Gianni Infantino, porque su criatura ha crecido y le muestra el cuerpo al planeta: el Mundial de 48 equipos, 1.248 futbolistas y 3 países. El inicio fue con el 2-0 de los locales ante los débiles africanos. «El fútbol nos une a todos. Bienvenidos a México y al Mundial», se anuncia con fuerza desde los parlantes y todo es júbilo. Unas horas de olvido tal vez tampoco vienen mal, en definitiva. La burbuja de la pelota todo lo puede.
Aunque suena antipático decirlo, a México le quedó demasiado grande la organización del inaugural. Todo fue caótico en la previa, desde la acreditación para periodistas, hasta la llegada y los ingresos al Azteca, pasando por los constantes cortes de las redes de WiFi, que hicieron que el centro de prensa se convirtiera en un murmullo por la imposibilidad de mandar materiales. La voluntad estuvo: cada diez metros había un voluntario. Lo malo es que no sabían demasiado qué responder a las preguntas de los hinchas.
Funcionó la estrategia de Sheinbaum de suspender las clases y otorgar trabajo remoto en las empresas. También el cerrojo que se realizó a varios kilómetros del Azteca para que nadie pudiera acercarse sin entradas con el ánimo de protestar. Se cuidó al detalle la cara por mostrarle al mundo.
Los boletos son otro de los temas en este Mundial revolucionario: los precios se fueron a las nubes. Se ofrecían tickets con valores de hasta 50.000 dólares. Desde ahí hay que entender la razón por la que el pueblo mexicano le dio la espalda al torneo. Bastante más: la mayoría no estuvo de acuerdo con la organización. «Esto no es un Mundial; esto es apenas una cascarita. La gente no anda con la camiseta del Tri por la calle porque la Selección no la representa y porque es un torneo al que irán solo los que tienen dinero. El pueblo no va a estar en la cancha. Eso te lo aseguro», le dijo a Clarín Juan Manuel, chofer de una aplicación de movilidad.
Es imponente el Azteca. Y aturde. Tiene aura, además: las presencias de Maradona, de Pelé y tantos otros se sienten en el aire. Son ocho capas de un estadio infinito. Visto desde abajo, la sensación es que no termina jamás. La última de las tribunas, lo que podría ser la popular, se extiende casi en vertical. Algo falló, de todos modos: las primeras cinco filas detrás de los arcos quedaron demasiado abajo y la organización lo resolvió poniendo unas lonas verdes y amarillas.
La cultura es, entre muchas cosas, las formas de comportarse de un pueblo. Y las distancias entre argentinos y mexicanos, en términos futbolísticos, son abismales. No hubo un insulto hacia los jugadores africanos (sí silbidos); comenzaron el duelo a puro “ole” ante cada pase; y la primera canción que los encontró unidos fue “Cielito lindo”, justo en el instante en que Julián Quiñónes anotó el gol. Más: a los 30 minutos, los hinchas se cansaron de estar sentados y empezaron a caminar de acá para allá buscando un refresco (la cerveza con el vaso alegórico estaba a 20 dólares) y algún amigo para charlar. Y una última: en el segundo tiempo, una pelota se fue a la tribuna y los hinchas armaron una cola para sacarse una foto con el balón del Mundial.
Notorias también las distancias entre el equipo de México y el de Sudáfrica, que se despedirá de la competición más temprano que tarde. Solo no fue goleado por la actuación de Ronwen Williams. ¿Le alcanzará al Tri para superar el mojón de los octavos de final? Difícil. Se evidenció como un equipo de buenas intenciones, aunque con desacoples en los retrocesos. Podría llegar a pasarla mal ante un elenco top con volantes dinámicos.
A los 36 minutos del primer tiempo salió el sol en el Azteca y solo faltó esa sombra gigante proyectada en el césped para imaginar a Maradona en su corrida memorable ante los ingleses o en la Mano de Dios. Nostalgias que no le sucedieron a los mexicanos.
La intención de la FIFA, de un tiempo a esta parte, es sumarle espectáculo al juego. Se trata de que no sea un simple partido de fútbol, sino que la experiencia vaya más allá. Las pausas de rehidratación son parte de la estrategia. Además de ser auspiciadas por una bebida isotónica, un presentador se mete por los parlantes e insta a la gente a cantar y a bailar el ritmo de música regional.
Una secuencia especial fue la presencia de Nery Alberto Pumpido durante el entretiempo: hubo un homenaje por los 40 años del título de 1986. «Tienen un estadio extraordinario», aseguró el santafesino de 68 años.
La pelota empezó a rodar y la fiesta regala sus alegres caras carentes de pesares, más allá de los padecimientos propios de los resultados en contra. Se dio inicio a un nuevo Mundial de fútbol, eso a lo que Lionel Andrés Messi juega como ninguno. Por eso la esperanza está depositada allá lejos en Kansas City.

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