El juego mortal de Wilhelm Canaris, el espía del Tercer Reich ejecutado por Hitler que en su juventud estuvo ligado a la ArgentinaPor Alberto Amato

Y un día, el fino alambre por el que había transitado su vida, mientras daba pasos de equilibrista entre el buen servicio a Adolf Hitler y conspiraciones para derrocarlo o asesinarlo, ese alambre fino y siempre tenso de funámbulo experto se rompió. El antes todopoderoso almirante Wilhelm Canaris, que había dirigido la oficina de inteligencia de los ejércitos del Führer, fue colgado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, con la guerra ya perdida, veintiún días antes de que Hitler se suicidara y de que el Reich que iba a durar mil años sucumbiera entero ante el empuje del Ejército Rojo. Tenía cincuenta y ocho años.

La historia de Canaris es gris, como la de todo agente secreto, maestro de espías, con un cerebro laberíntico y un accionar que siempre deja dudas sobre cuál es el equipo para el que juega el agente. Es un juego riesgoso. Si todo sale bien, se gana un retiro honroso y silenciado, con alguna medalla otorgada sin aspavientos y con su identidad protegida por un anonimato lacerante y hosco. Si sale mal, la muerte le besa los labios. Salvo que seas Mark Felt y, ya en el borde de tu vida, alces la mano y grites al mundo: “Yo fui Garganta Profunda”. Pero eso pasa una vez cada Watergate.

Según Ian Kershaw, el gran biógrafo de Hitler, Canaris fue “un gran embaucador profesional”. La frase no define si eso es un mérito o un quebranto, pero en todo caso define la esencia del dueño del adjetivo: un sobreviviente. Su historia, que transcurrió durante la Segunda Guerra tras los cortinados, no sería digna de mayor mención si no fuese porque, en sus años de joven marino, Canaris estuvo ligado a la Argentina: aquí le salvaron la vida y lo ayudaron a regresar a Alemania como un joven héroe. La historia es esta.

Wilhelm Canaris había nacido en Aplerbeck, Westfalia, el 1 de enero de 1897. Gustaba decir que su apellido tenía reminiscencias griegas porque decía que sus raíces estaban enlazadas con un famoso almirante, héroe de la independencia griega, Konstantinos Kanaris. Otras fuentes dicen que en verdad el apellido estaba ligado a la familia italiana Canarisi, que había llegado a Alemania en el siglo XVII. A sus dieciocho años, Canaris se enroló en la marina imperial y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, sirvió ya como joven oficial de inteligencia, en el “SMS Dresden”. Era un muchacho de baja estatura, que en los años 30 y 40 estaría alejado del ideal ario de excelencia física: lo llamaron “El pequeño almirante” y Canaris respondía a las bromas con otra, se definía como “El pequeño WC” porque se comparaba con el primer ministro británico Winston Churchill.

Gracias a sus estudios de infancia, Canaris hablaba muy bien el inglés y el español, una curiosidad de la época que le sería de gran utilidad como joven oficial de la armada imperial alemana. En 1914, durante el conflicto civil mexicano contra Victoriano Huerta, Canaris gestionó el traslado de los ciudadanos alemanes que vivían en Veracruz, que estaba a punto de ser invadido por Estados Unidos, que no reconocían a Huerta como presidente de México. El español de Canaris, que lo dominaba a la perfección, fue vital para esa carrera contra el tiempo. El joven oficial, a quien ya veían más que temerario como a un tipo hábil para negociar, un diplomático del mar que incluso sirvió como intérprete a las autoridades mexicanas.

Cuando poco después estalló la guerra, la flota alemana con el “SMS Dresden” navegaba por el Pacífico. Canaris servía como teniente, oficial de informaciones y ayudante del comandante de la nave, Fritz Lüdecke. Sus compañeros lo bautizaron “Kieka”, que quiere decir mirón, apodo con el que pretendían elogiar su capacidad de observación y análisis. Los buques imperiales tenían intención de llegar a Tsingtao, que hoy se llama Qingdao, en la provincia de Shandong, en el este de China, una ciudad portuaria, famosa por su cerveza que era un legado de la ocupación alemana entre 1898 y 1914. El plan quedó trunco y los buques alemanes se reunieron en la Isla de Pascua con el resto de la flota imperial, al mando del almirante Maximilian von Spee.

Frente a las costas chilenas, el 1 de noviembre de 1914, enfrentaron y vencieron a una escuadra británica que había partido de Malvinas, en la “Batalla de Coronel”, conocida así porque se libró frente a ese puerto, en el golfo de Arauco. La flota de von Spee ancló luego en Valparaíso y Canaris fue intérprete de von Spee ante las autoridades chilenas. Después llegó el desastre. Envalentonados por la victoria, los alemanes llegaron a Malvinas y fueron vencidos por los ingleses el 8 de diciembre de 1914. El Dresden fue uno de los pocos buques, sino el único que sobrevivió y se refugió en los canales australes de la Patagonia chilena mientras buscaba despistar a sus perseguidores británicos. Por fin, los ingleses dieron con el crucero en lo que hoy es la isla Robinson Crusoe, en el archipiélago Juan Fernández y antes de que cayera en manos enemigas, la tripulación lo hundió. Una paradoja: veinticinco años después, también en los mares del sur, frente a Montevideo, la tripulación de un barco alemán decidió hundirlo antes de que cayera en manos de sus perseguidores, la flota británica. Era el acorazado Admiral Graf von Spee, bautizado así en honor del comandante de la flota perdida en 1914 en Malvinas.

Los sobrevivientes del Dresden fueron internados en Chile, en la isla Quiriquina, frente al puerto de Talcahuano. En lo formal, eran prisioneros, pero aquella era una cárcel de puertas abiertas para los marinos alemanes. Desde la embajada en Buenos Aires, la inteligencia alemana empezó a moverse para expatriar a sus marinos cautivos, en especial a Canaris. Le consiguieron un pasaporte chileno, auténtico o falsificado a la perfección, a nombre de Reed Rosas, un vendedor anglo-chileno.

Canaris salió de la isla Quiriquina y viajó en tren hasta Osorno, adonde llegó el 6 de agosto de 1915, después de hacer gala de sus conocimientos de español durante todo el viaje como el comerciante Reed Rosas. En Osorno había una importante colonia alemana que se había instalado a mediados del siglo XIX: el sitio era relativamente vecino a la frontera con Argentina. Allí recibió alojamiento en casa de la familia Von Geyso, que lo derivó a la estancia de la familia Eggers, en la localidad de Puyehue, en la zona de Los Lagos. Después, cruzó la Cordillera a caballo y solo. Del otro lado de la frontera, en uno de los extremos del lago Nahuel Huapi, lo esperaba otro miembro de la familia Eggers que lo cruzó en bote hasta San Carlos de Bariloche. Allí lo recibió el cónsul alemán, el chileno Carlos Wiederhold Piwonka, un colono que había establecido un almacén y mantenía un intenso comercio con Chile. Bariloche fue fundada por el general Julio A. Roca el 3 de mayo de 1902 y, dice la leyenda, que el San Carlos que anticipa el nombre de Bariloche, fue un homenaje del Congreso argentino a aquel cónsul chileno. Bariloche quedó así ligada a la influencia que la colonia alemana mantuvo en esa ciudad, que sirvió de refugio a varios jerarcas nazis llegados a Argentina después de la Segunda Guerra.

Durante la República de Weimar, el período revolucionario que estalló en 1918 luego de la derrota alemana en la Primera Guerra, Canaris colaboró con la organización de los “Freikorps”, los grupos paramilitares que combatían en las calles a los comunistas. Se le atribuye haber planeado, y supervisado, la ejecución de dos comunistas notorios: Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Así lo dijo, palabra por palabra, Baldur von Schirach, que había sido líder de las juventudes hitlerianas, mientras estuvo preso en Spandau luego de los juicios de Núremberg.

La carrera militar de Canaris chocó, y también se benefició, con el ascenso del nazismo al poder. Era un furioso anticomunista a quien los nazis vieron siempre con buenos ojos; había impulsado el ingreso a la marina de Reinhard Heydrich, que sería al delfín de Hitler hasta su asesinato en Checoslovaquia, en 1942. En 1934, ya con Hitler en el poder, fue jefe de Estado Mayor de la flota alemana del Mar del Norte.

Hitler lo hizo jefe de la Abwehr, una organización clave en la compleja trama de inteligencia, contrainteligencia y espionaje armada por el nazismo. Canaris entró en conflicto con Heydrich y con el cada vez más poderoso Heinrich Himmler, quienes tenían a cargo la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA: ambos veían en Canaris, que no era antisemita ni se había afiliado al nacionalsocialismo, un enemigo en potencia. Y Canaris quedó horrorizado con el nazismo luego de las atrocidades cometidas por las tropas alemanas en Polonia, al inicio de la Segunda Guerra.

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