El día en que Mandela fue proclamado presidente de SudáfricaPor Daniel Cecchini

El 2 de mayo de 1994 cayó lunes, pero mientras en el resto del planeta comenzaba rutinariamente una semana más, en Sudáfrica se iniciaba una nueva era. Ese día, en Ciudad del Cabo, sede legislativa del país, la Asamblea Nacional –la primera de composición multirracial de la historia- proclamaba presidente a Nelson Mandela, el hombre que incluso desde la cárcel se había convertido en la cara visible de la lucha contra el apartheid, ese régimen injusto donde una minoría de blancos -los afrikáners, descendientes de los colonizadores holandeses y británicos- sometió durante décadas, a fuerza de represión, a una enorme mayoría de negros.

La semana anterior, el mundo entero había seguido con interés es desarrollo de las primeras elecciones libres de la historia del país, realizadas entre el 26 y el 29 de abril, que dieron una contundente victoria al partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano, que obtuvo el 62,65 % de los votos y 252 asientos en la Asamblea. Así, la voluntad popular que nunca había podido manifestarse en las urnas, puso fin a a 342 años de dominio blanco y a 46 del régimen de discriminación racial.

Cuando ese lunes la mayoría de los integrantes de la Asamblea Nacional lo eligió presidente, a Nelson Mandela les sobraban motivos para odiar. “Madiba”, como lo llamaban sus partidarios, había pasado 27 años preso del régimen de los blancos y solo logró su libertad gracias a la lucha de sus propios compatriotas, los continuos reclamos de decenas de líderes mundiales y el desgaste de un sistema de opresión que venía cayéndose a pedazos. El odio era la moneda en curso en Sudáfrica. Odio del poder blanco a los negros por su resistencia a someterse, odio de la población negra a los blancos por su sistema de opresión y los ríos de sangre que había hecho correr.

Mandela, el nuevo presidente, era consciente de eso y, más aún, sabía que ese odio todavía habitaba en su interior cuando salió de la cárcel en febrero de 1990. Entonces se propuso lo que parecía una tarea imposible: convertirse en una prenda de pacificación para lograr la unificación del país. “Mientras caminaba hacia la puerta que me conduciría a mi libertad, supe que, si no dejaba atrás mi amargura y mi odio, todavía estaría en prisión”, contó más de una vez.

Así lo había hecho y, cuatro años después de su liberación, la Asamblea Nacional lo consagraba como el hombre encargado de conducir el parto de una nueva Sudáfrica, que debía nacer más justa, con igualdad de derechos, sin “apartheid”. Por eso, el 10 de mayo, cuando asumió formalmente la presidencia, su discurso apuntó a la reconciliación y la unidad de todos los habitantes del país, sin distinción de razas. “Contraemos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los sudafricanos, tanto negros como blancos, puedan caminar con la cabeza alta, sin ningún miedo en el corazón, seguros de contar con el derecho inalienable a la dignidad humana: una nación irisada, en paz consigo misma y con el mundo”, dijo para dar una señal clara de cuál sería el rumbo de su gobierno.

Mandela nació el 18 de julio de 1918, en la que entonces se denominaba Unión Sudafricana, un dominio del Imperio británico. La enorme mayoría de los habitantes eran negros, pero la minoría blanca era dueña de las tierras y sus riquezas –producidas sobre todo por la explotación de sus minas de oro y diamantes-, situación que sostenía con una estructura social discriminatoria y represiva. Su nombre real era Rolihlahla Dalibhunga Mandela y era hijo de un jefe del pueblo thembu, un subgrupo del pueblo xhosa, la segunda mayor comunidad cultural del país.

Su primer encontronazo con el poder de los blancos ocurrió cuando su padre fue despojado de la jefatura de la tribu y de sus tierras por desafiar a un magistrado británico. El segundo, cuando al empezar la primaria en una escuela segregada, la maestra le impuso, como a todos los otros niños, un nombre inglés, porque, como el propio Mandela contaría en su autobiografía, los blancos “eran incapaces de pronunciar los nombres africanos —o se negaban a hacerlo—, y consideraban poco civilizado tener uno”. Le tocó llamarse Nelson.

Fue un buen estudiante y, pese a que su padre había sido castigado, la “sangre real” y sus contactos les permitieron ingresar a la Universidad de Fort Hare, la única de negros que había en Sudáfrica. Allí comenzó su actividad política, pero fue rápidamente expulsado por reclamar mayor poder al gobierno estudiantil. Tuvo que regresar a su aldea, donde descubrió que allí tampoco tenía lugar: en castigo por haber sido expulsado, su familia lo esperaba con un matrimonio concertado. Corría 1941 y para no casarse huyó a Soweto, la mayor ciudad negra de Sudáfrica.

Apenas llegó a Soweto se unió al Congreso Nacional Africano (CNA), una organización que luchaba por los derechos civiles de la población negra. Estaba allí cuando, en 1948, el gobierno transformó en ley la discriminación de facto. Comenzaba la política del “apartheid” o “separación”. La nueva normativa obligaba a los sudafricanos negros a tener su documento de identidad para entrar en zonas asignadas a los blancos. Los obligaba a vivir en comunidades solo para negros y les prohibía tener relaciones interraciales. Por supuesto, tampoco podían votar.

Al salir de la prisión, luego de cumplir una sentencia breve, ya se lo reconocía como uno de los líderes del CNA y de la lucha por los derechos civiles de la mayoría negra. Estaba a la cabeza de todas las protestas, lo que hizo que volvieran a detenerlo en 1956, esta vez acusado de traición. Lo absolvieron en 1961 y cuando volvió a pisar la calle pasó a la clandestinidad. Tres años antes se había casado con Winnie, la mujer y compañera de lucha que -con idas y vueltas– lo acompañaría toda la vida.

La cárcel lo convenció de que la resistencia pacífica no era suficiente y que era necesario enfrentar al apartheid con acciones violentas si se pretendía tener éxito. Salió clandestinamente de Sudáfrica en 1962 para obtener apoyo internacional a la causa del CNA y para recibir entrenamiento militar. Lo detuvieron cuando regresó y la policía encontró en su poder planes para establecer una guerra de guerrillas.

Debió enfrentar, junto a otros integrantes de la CNA, a un juicio por sabotaje. Convencidos de que serían condenados a muerte y ejecutados, Mandela y sus compañeros desistieron de toda defensa jurídica e hicieron del tribunal una tribuna política. El discurso de la defensa colectiva estuvo a cargo del propio Mandela. Habló durante cuatro horas, sabiendo que sus palabras traspasarían las paredes de la sala del juicio y llegarían a toda la población. “La falta de dignidad humana que han sufrido los africanos es el resultado directo de la política del supremacismo blanco. Nuestra batalla es realmente una batalla nacional. Es una batalla de la gente africana, inspirada por sus propios sufrimientos y su propia experiencia. Es una batalla por el derecho a vivir”, clamó. Y concluyó, previendo la condena a muerte: “Esta es la lucha por el ideal de una sociedad libre y, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

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