El cadáver de Hitler: una investigación discute el suicidio y dice que el cuerpo está en Paraguay

La tumba de Hitler, obra del periodista argentino Abel Basti, plantea una de las teorías más controversiales y persistentes sobre el destino de Adolf Hitler tras el final de la Segunda Guerra Mundial. El libro*sostiene que el líder nazi no se suicidó en el búnker de Berlín en 1945, sino que logró escapar y construyó una vida clandestina en Sudamérica. Según la investigación de Basti, Hitler vivió en Argentina, murió en Brasil y fue enterrado en Paraguay.

El autor asegura que, durante su trayectoria como periodista, no había previsto dedicarse a investigar temas bélicos ni historiales nazis. Sin embargo, un acontecimiento ocurrido en 1994 –la detención y posterior extradición del exoficial nazi Erich Priebke en Bariloche, ciudad donde residía Basti– lo llevó a involucrarse profesionalmente en indagaciones sobre la conexión argentina con el nazismo. La cobertura del caso y el contacto con fuentes cercanas a la llegada de los nazis al país marcaron el punto de partida de una investigación que, en palabras del propio autor, se extendió por tres décadas.

Basti relata que su trabajo consistió en la recopilación de testimonios, documentos oficiales y fuentes de inteligencia de distintas nacionalidades, así como en la búsqueda de pruebas materiales como el hallazgo de restos de submarinos alemanes en la costa argentina. Su investigación lo llevó a entrevistarse con testigos que aseguran haber visto a Hitler en territorio sudamericano y a analizar informes oficiales que, según el autor, presentan inconsistencias respecto a la versión aceptada sobre la muerte del Führer.

El libro cuestiona la historia oficial y propone que, tras el colapso del Tercer Reich, Hitler y varios jerarcas nazis lograron huir utilizando submarinos que arribaron de manera clandestina a diversos puntos de Sudamérica. Basti presenta material documental, peritajes forenses e imágenes que, sostiene, respaldan su teoría de la sobrevida de Hitler después de 1945.

A continuación, se publican algunos fragmentos del libro donde el autor expone su escepticismo sobre el suicidio de Hitler y recoge declaraciones y reportes de época que contribuyeron a alimentar las dudas históricas acerca del destino final del jerarca nazi.

LOS CADÁVERES

Al analizar los testimonios de las personas que aseguraron que Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 en el búnker de Berlín surgen contradicciones que no pueden ser pasadas por alto, especialmente cuando, con detenimiento y rigurosidad, se revisa la historia para tratar de comprender la parodia montada por los integrantes del círculo íntimo del Führer. En primer lugar, se debe tener en cuenta que todos los testigos que afirmaron a pie juntillas que Hitler se mató eran nazis. Este no es un tema menor. Ellos aseguraron que el cadáver del Führer fue totalmente quemado, junto al de su amante Eva Braun, y que la cremación se realizó en una pira funeraria que ardía en los jardines de la Cancillería mientras los soviéticos atacaban. Ese era en 1945 el último territorio de Alemania en donde el ejército germano resistía el arrollador avance de las fuerzas comunistas que, a esa altura de los acontecimientos, habían demostrado ser imparables. Para ese entonces, abril de ese año, las horas del Tercer Reich estaban contadas y la vida del imperio nazi, que debía durar mil años según había prometido Hitler, culminaría con la rendición incondicional de los germanos. La firma de la capitulación alemana, formalizada el 7 de mayo, impactó en el mundo mientras crecía una ola de rumores respecto de la suerte corrida por el líder nacionalsocialista. La información inicial motivó la gran pregunta: ¿El Führer se había suicidado o había escapado?

Como se dijo antes, solo los nazis dijeron que se mató junto a su esposa Eva Braun, con quien, según la versión oficial, se había casado unas horas antes en el búnker. Entonces es dable pensar que, para encubrir la verdad, hubiera bastado con preparar a estos supuestos testigos para contar la historia de un doble suicidio, de muy difícil verificación en una ciudad de Berlín que agonizaba bajo una espesa capa de humo producto de los interminables bombardeos soviéticos y con miles de cadáveres en las calles. Pero hoy, al ser comparadas las diversas declaraciones de los nazis, aparecen contradicciones que van desde la forma en que se concretaron los suicidios hasta los múltiples datos relacionados a la forma de traslado de los cadáveres, la incineración y la sepultura de los cuerpos de Hitler y su mujer en los jardines de la Cancillería.

No se puede desconocer que hay discordancias respecto a fechas, horarios y lugares donde hipotéticamente ocurrieron estos sucesos. Para realizar este cotejo de las declaraciones oficiales recurrí a las efectuadas por los nazis detenidos por los rusos así como a las obtenidas por los interrogadores angloestadounidenses de alemanes que, habiendo estado en el búnker, pudieron escapar de las tropas soviéticas que invadieron y conquistaron Berlín. Hay que señalar que las actas de esas dudosas explicaciones tienen fechas diferentes, algunas muy distantes en el tiempo y que, en ocasiones, los testigos han sido interrogados más de una vez incurriendo ellos mismos en contradicciones, tal como se comprueba al ser confrontados con sus propias confesiones.

Estas contradicciones inclusive se dan entre los principales declarantes, hombres absolutamente leales al Führer: Günsche dijo que, a la hora de suicidarse, Hitler estaba en una butaca y Eva Braun en un sillón y que ambos se quitaron la vida disparándose un tiro en la cabeza; Kempka en cambio aseguró que los dos estaban sentados en un mismo sillón, donde su jefe se mató de un disparo en la sien y ella de un tiro en el corazón. Linge afirmó que ambos estaban sentados en el mismo sillón en donde se pudo comprobar que Hitler estaba muerto por haber gatillado su pistola en la cabeza y que Eva, cuyo cuerpo no presentaba heridas visibles, yacía sin vida luego de haberse envenenado. En una primera declaración Linge dijo que el disparo había sido en la sien izquierda y luego en la derecha. En tanto Axmann aseguró que, cuando llegó, los dos cadáveres ya habían sido puestos en el piso. Según su testimonio, Hitler se mató con un tiro en la boca y Eva Braun se envenenó.

A estos testigos se sumaron otros que si bien nunca vieron los rostros de Hitler y Eva Braun muertos, dijeron que participaron del traslado de los restos —los dos cuerpos fueron llevados desde el búnker al exterior cubiertos por mantas— y la cremación de ambos. En este caso vuelven a repetirse una suma de discordancias entre los testigos. Las contradicciones son notorias a la hora de explicar cómo se trasladaron los cadáveres y el momento en que se prendió la pira funeraria para incinerarlos, el tiempo que duró ese procedimiento, el estado final que presentaban los cadáveres tras ser quemados, la forma y el lugar en que se realizó el entierro de ambos, etcétera.

Parte de esta trama de falsedades es notoria y no resiste el menor análisis. No se necesita ser un profesional o un perito forense para detectar los detalles del fraude. Por ejemplo, algunos testigos dijeron que solo quedaron cenizas de los cuerpos y se sabe que esto es imposible en una incineración de este tipo, a cielo abierto, ya que la temperatura necesaria para reducir un esqueleto a polvo está estimada entre 1.400 y 1.800 grados Celsius (2.552 a 3.272 grados Fahrenheit). Esta temperatura se alcanza en un horno crematorio y no en una hoguera luego de haber impregnado los cuerpos con gasolina, tal como oficialmente se contó. Según la historia oficial, Hitler exigió a sus hombres de confianza que cremaran su cuerpo de modo tal que no se pudiera encontrar ningún rastro de su cadáver, para así evitar que fuera exhibido al público, tal como había ocurrido con el cuerpo del dictador italiano Benito Mussolini. Por ese motivo, según se argumenta, se decidió quemar sus restos junto a los de Eva Braun al aire libre para luego sepultarlos en el mismo lugar. De acuerdo a ese relato, esto se realizó con cierto riesgo ya que la Cancillería del Reich, en cuyo parque se realizaba la supuesta cremación, estaba siendo intensamente bombardeada por los soviéticos. No se comprende por qué se adoptó esa resolución cuando en el sótano de hormigón reforzado de la Cancillería funcionaban dos enormes hornos de coque que eran ideales para deshacerse de los restos de Hitler de forma segura y sin la eventualidad de testigos indeseados.

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