De Versalles a la guillotina: las horas en las que Luis XVI se preparó para que la Revolución Francesa lo matePor Julieta Roffo
El 21 de enero de 1793, Luis XVI se despertó a las cinco de la mañana. Faltaban 5 horas y 22 minutos para que la guillotina de la Plaza de la Revolución le separara la cabeza del cuerpo.
El día de su ejecución, el destronado rey de Francia amaneció encarcelado en la prisión del Temple. Estaba allí desde el 10 de agosto de 1792, cuando la Revolución Francesa que había empezado en 1789 estaba en plena insurrección y avanzó en el derrocamiento no sólo de Luis XVI sino, en su figura, de la monarquía absoluta que llevaba siglos ejerciendo el poder.
El Antiguo Régimen ya no representaba a una enorme mayoría de la población francesa, desde la burguesía creciente, cada vez más anticlerical, hasta los sans culotte, trabajadores de clase baja que se convertirían en actores centrales de la Revolución. En ese contexto de derrumbe, la personalidad de Luis XVI no ayudaba: se había convertido en una especie de marioneta del grupo de cortesanos más frívolo de su entorno, y los asuntos de Estado se postergaban continuamente. Ese fue el escenario en el que las autoridades revolucionarias debatieron qué hacer con el destino de Luis XVI y también con su reina consorte, la célebre María Antonieta.
El 13 de noviembre de 1792, en una de las tantas sesiones de la Asamblea Revolucionaria, el diputado Morrison resumía las acusaciones contra el monarca: “Ha traicionado a la patria; se ha hecho culpable de la perfidia más horrible; ha perjurado diversas veces; había formado el proyecto de someternos bajo el yugo del despotismo; ha levantado contra nosotros una parte de Europa (…) ha hecho pasar el dinero de Francia a los enemigos que se habían armado y colgado contra ella; ha hecho degollar a millares de ciudadanos, quienes no habían cometido otro crimen, desde su punto de vista, que querer la libertad y a su patria”.
La Revolución Francesa no sólo impactó en el territorio de ese país. La preocupación de otros monarcas por ese movimiento antimonárquico que crecía sin parar no tardó en aparecer: temían un efecto contagio en sus naciones. Por eso las coronas de Austria y Prusia enviaron a sus milicias para que avanzaran sobre las fronteras francesas y se acercaban a París mientras hacían llegar su amenaza de ponerle fin a la insurrección. Pero, en plena radicalización revolucionaria, esos acercamientos que eran un intento de ayuda por parte de otros monarcas fue una carta que la Asamblea jugó a su favor.
El 20 de noviembre de 1792, el ministro del Interior de la Revolución reveló documentos del rey que se habían encontrado en un armario escondido en las Tullerías. Los papeles servían para probar que Luis XVI había sostenido pagos a través del presupuesto estatal a una considerable cantidad de partidarios de la monarquía que habían huido al extranjero y que estaban unidos para intentar recuperar el poder a través de ejércitos de otras naciones. El camino hacia la guillotina se allanaba.
Costó que los revolucionarios de la Asamblea se pusieran de acuerdo sobre cuál debía ser el destino del monarca. Los girondinos, partidarios de cierta moderación, eran reticentes a juzgar al rey. No porque lo creyeran inocente, sino porque temían que la Revolución se radicalizara aún más y los más feroces acumularan todavía más poder.
Esos “feroces” eran los jacobinos, cuyo máximo exponente era Maximilien Robespierre, el ícono de lo más sangriento y controvertido de la Revolución Francesa. Ellos eran los que pregonaban que el rey debía ser juzgado por ser “enemigo del pueblo francés por haber roto el contrato social”. “El tribunal que debe juzgar a Luis es el pueblo”, decían los jacobinos en la Asamblea.
Finalmente, se decidió votar cuál sería el destino del monarca derrocado. 366 diputados votaron por la muerte inmediata; 26 también votaron la pena de muerte, pero con un pedido de prórroga de la ejecución -período en el que Luis XVI podría apelar el proceso-. A la vez, 344 funcionarios de la revolución votaron alguna opción entre sostener la detención, alargarla hasta cadena perpetua, o una muerte condicional sujeta a próximas votaciones y al comportamiento del monarca caído.
Las cinco horas previas al cadalso
El rey, contaría después Garat, escuchó con serenidad y mantuvo esa templanza al hacer las tres peticiones que expresó enseguida a los enviados de la Asamblea. La primera, que la ejecución se retrasara tres días para “prepararse para morir”. La segunda, que lo dejaran ver a su familia sin testigos. Y la tercera, que pudiera confesarlo Henry Essex Edgeworth de Firmont, un cura que se había negado a jurar la legislación que la Revolución le había impuesto a la Iglesia. Edgeworth había sido confesor de Madame Elisabeth, la hermana de Luis XVI.
Los revolucionarios le dijeron que sí al cura confesor y al encuentro familiar, y que no a la postergación de su ejecución. Pero, a última hora de ese domingo y después de una primera conversación con el sacerdote, el monarca decidió renunciar a esa última entrevista con María Antonieta. Consideró que sería una despedida demasiado dolorosa. A cambio de esa renuncia, intentó un pedido: cortarse él mismo el pelo de la nuca. Le dijeron que no.
El 21 de enero de 1793, hace exactamente 232 años, Luis XVI se despertó a las 5 de la mañana. Su valet, Jean-Baptiste Cléry, lo ayudó a vestirse. Se puso un chaleco blanco, pantalones de seda grises y medias de ese mismo color.
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