De la cuna aristocrática y desenfreno en París a gran figura de los escenarios porteños, la vida de Florencio Parravicini Por Alberto Amato
Fue un tiro al aire, un bala perdida, un loco lindo, en su época existía otro apodo para la gente como él: un rico tipo, un caradura, un desenfadado, un aventurero, un fabulador, un incansable; fue también un hacedor de su propia leyenda, un forjador de su propio mito que lo hizo cazador de leones marinos en el Atlántico Sur, pirata y contrabandista en esas mismas aguas, esgrimista, tirador, corredor de autos, piloto de aviones de la prehistoria, cantante, artista de varieté, actor de teatro primero y de cine después, humorista, crítico ácido de la sociedad que lo aplaudió y lo hizo uno de sus preferidos en un país, la Argentina de los años 30, que había derribado a la democracia, había instaurado la primera de sus tantas dictaduras militares y había fundado lo que pasó a la historia como “década infame”.
Ese fue, en parte, el río en el que bebió y al que alimentó Florencio Parravicini, que nació el 26 de agosto de 1876, hace ciento cuarenta y nueve años, dueño de una vida destinada al descarrío salvada por los escenarios, los telones, los aplausos y la primera gran época del cine argentino. Era un gran comediante, sus biógrafos repiten un dato simbólico: hizo reír a tres generaciones de argentinos. Acosado por el cáncer, se pegó un tiro el 25 de marzo de 1941. Después, lo ganó el olvido.
Lo bautizaron como Florencio Bartolomé Parravicini Romero Cazón; lo de Bartolomé era porque el día de su nacimiento era el del santo venerado, día en el que, según la leyenda y la superstición, es el único del año en el que el diablo anda suelto. Nació en una cuna de privilegio, era hijo de un coronel, Reynaldo Parravicini, que era amigo íntimo de Julio Argentino Roca, de Dalmacio Vélez Sarsfield, de Nicolás Avellaneda y de Domingo Faustino Sarmiento. Su mamá, Rafaela Romero Cazón, pertenecía a la aristocracia de la época, finales del siglo XIX y se instaló junto al coronel en la Penitenciaría Nacional cuando fue nombrado director, entre 1887 y 1890. De modo que el chico Florencio, a sus once años, conoció el ambiente carcelario y a sus habitantes, asesinos condenados perpetua y delincuentes de poca monta.
Esa infancia, la del futuro personaje, estuvo signada por su propio carácter desenfrenado y por su verborragia. Las historias y muchos de los datos que circulan sobre su vida, son incomprobables con documentos, incluso con testimonios porque además fueron alimentados por la mezcla de verdades y fantasías con las que “Parra”, como sería conocido en sus años de gloria, adornó su historia. Decía ser descendiente del veneciano Giacomo Casanova, el aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático y agente secreto veneciano a quien se considera el mayor amante de todos los tiempos, si eso significa algo. En el árbol genealógico de “Parra” figura un abuelo Jacobo Parravicini di Casanova, embajador del Imperio Austrohúngaro y pariente de Napoleón Bonaparte. Jacobo fue el primero de los Parravicini en instalarse en la Argentina con un título de marqués y una gran fortuna: fundaría la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en 1854.
Parravicini fue un trueno desde chico. Lo expulsaron a los ocho años del colegio de las Inglesitas, en el barrio de Flores y luego de la Academia Británica; también lo echaron del colegio San José y del San Luis, datos que permiten deducir que no era un chico demasiado inclinado a la disciplina y al estudio metódico. Sin embargo, tenía pasta de héroe: le salvó la vida a un Raúl Cabrera, un chico de nueve años que estuvo a punto de morir ahogado en el incendio de su casa, Juncal entre Azcuénaga y Larrea, vecina a la de los Parravicini. La historia está contada en “La vida romántica y aventurera de Parravicini: el hombre que hizo reír a tres generaciones”, una biografía novelada de “Parra” escrita por Martín Alvera, seudónimo acrónimo de Alfredo Varela.
A los catorce años se fugó de casa y, con un amigo, Adrián González, se unió a los alzados en la Revolución de 1890, la Revolución del Parque, organizada por Leandro N. Alem y Bernardo de Irigoyen para derrocar al presidente Miguel Juárez Celman, un movimiento que fracasó pero dejó al gobierno herido de muerte. “Parra” llegó a disparar algunos tiros porque tenía muy buena puntería, pero decidió volver a casa cuando una bala mató a su amiguito González.
A los tres años se fue a Europa. Dijo a su familia que estudiaría ingeniería en Bruselas, pero su destino era París y no el estudio. París ejercía entonces, casi como ahora, un hechizo especial, era una meca, una ilusión, un sueño a cumplir. Carlos Gardel lo pondría en otras palabras: “Cuando se ha conocido París, cuando se ha visto la Costa Azul, cuando se han gustado los aplausos de los reyes, Buenos Aires no satisface del todo, es terriblemente monótono”. Extraño porque Gardel cantaba con emoción aquello de “Lejano Buenos Aires qué lindo que has de estar / ya van para diez años que me viste zarpar / Aquí, en este Montmartre, faubourg sentimental / yo siento que el recuerdo me clava su puñal”. Cosas de la nostalgia.
Parravicini no viajó a Europa para dejarse ganar por la nostalgia, sino para patinarse la pequeña fortuna que la familia, en especial su madre que había quedado viuda del coronel cuando él era un chico de diez años, había dispuesto para sus estudios. De Bruselas y de la ingeniería, olvidáte: fue París, la noche, el desenfreno y las fiestas hasta que los ahorros se acabaron y el cónsul argentino, amigo de la familia, lo metió en un barco y lo devolvió a su casa. La leyenda dice que sus hermanos, gente recta y de trabajo honesto en la administración de la riqueza familiar, tal vez impulsados por la madre armaron una estrategia para, de nuevo un barco, mandarlo al sur, a la Patagonia hostil, a que supiera qué era eso de ganarse la vida. Parravicini se unió a la tripulación de un buque pirata, o algo parecido, que se dedicaba al robo de pesqueros, a la caza de lobos marinos y al contrabando, nada que pudiera suponer un trabajo honesto.
Cuando todos cayeron presos, de nuevo las amistades familiares lo salvaron de la cárcel. A los veintidós años, sin atisbos de ser alguna vez una figura del espectáculo, heredó una fortuna del abuelo Jacobo: ochenta mil ovejas, una estancia vecina al Río Colorado, varios departamentos y algunas casas en Once y en el Centro; joyas varias, efectivo abundante: era un joven millonario. ¿En qué pensó entonces “Parra”? En París. De nuevo. Esta vez, la aventura iba a durar más porque la fortuna era mayor. Al desenfreno y las mañas de la primera vez, se agregaron ahora los cabarets de Montmartre y los casinos de la Costa Azul que no sólo atesoraba el aplauso de los reyes que añoraba Gardel. Muchos años después, Parravicini le confesaría a César Tiempo, poeta y su agente literario: “Si no me hubiera perdido esos campos y todas esas propiedades, hoy sería un viejo estanciero de esos que bajan a la ciudad cada diez años a preguntar si ha cambiado el Gobierno, a darse un atracón de carne en La Cabaña o en el Maipo a ver cualquier espectáculo de la época. (…) ¡Que me quiten lo bailado!”.
Para Parravicini, sentar cabeza fue montar su propio show de varieté, al decir de la época. Hoy podría llamarse unipersonal o stand up, en el mundo del espectáculo cambian los nombres pero la esencia es siempre la misma. Así que montó su show al que llamó “Concierto Varieté” en una sala de la que no queda ya ni la sombra, en la Avenida Rivadavia, entre Salta y Santiago del Estero, del lado sur, Libertad y Talcahuano del lado norte. Tuvo un éxito sensacional. Sería un tiro al aire, un irresponsable, pero tenía talento. No sólo era capaz de acertar a un blanco, de espaldas y sólo con la orientación de un espejo, sino que contaba historias con mucho humor y con bromas exactas si estaban dirigidas a la platea. Usaba el doble sentido, la ironía, la mordacidad, cierto cinismo del tipo que vio mucho mundo y está convencido de que nada puede ya sorprenderle. Para la época, ese desenfado y ese humor ejercían una especial fascinación en el público.
Después, Parravicini fue descubierto por José Juan “Pepe” Podestá, un actor uruguayo afincado en la Argentina, cabeza de una familia de artistas, Gerónimo, Pablo y Antonio, los “Hermanos Podestá”, que de alguna manera sembraron el embrión del teatro nacional, primero en el circo y después en el salto a las salas comerciales: es una historia muy rica, pero no es ésta historia. Parra se integró a la compañía con su estilo particular: se negaba a estudiar su letra, a seguir los pasos, acaso mínimos, que exigían autor y director de la obra, y se largaba a la improvisación que en la época y acaso también hoy, se suele llamar “morcilleo”. El “morcilleo” también es un arte; consiste en inventar texto cuando algo raro ocurre en escena: alguien olvida la letra, el apuntador se volvió tonto, el “Pie” de una actor a otro fue mal dado o no entendido; el “morcilleo” siempre salva la escena ante una emergencia. Es un salvavidas, pero “Parra” lo convirtió en disciplina. Los Podestá no le tuvieron demasiada paciencia, además de un lío de polleras que embarró la alianza artística.
Junto con la fama de actor y de humorista, “Parra” ganó la fama de libertino que ayudó él mismo a cimentar con sus historias de conquistador y de hazañas sexuales que, se excusaba, eran casi irremediables dado sus ancestros y su lejanísimo vínculo genético con el Casanova de la leyenda. Sin embargo, se casó el 11 de enero de 1919 con Sara Piñeiro, apenas dos meses después de conocerla: vivió con ella hasta su muerte; y mantuvo un romance tormentoso y curtido que duró menos de tres años con la actriz Pepita Avellaneda. Fueron sus dos mujeres conocidas, aunque la leyenda sostiene que, un seductor nato, “Parra” amó a todas las mujeres que conoció en el escenario y con las que compartió cartel en teatro y en cine.

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