Andrés Gil DomínguezEl tiempo en la era digital y el servicio de justicia

En la historia de la humanidad, el tiempo ha sido uno de los grandes organizadores de la vida social, cultural y económica. Sin embargo, si bien su estructura física permanece inalterada, con el advenimiento de la era digital, la manera en que los seres humanos percibimos el tiempo cambió radicalmente. Esta transformación no se basa en una alteración objetiva del tiempo, sino en una mutación subjetiva de su vivencia.

En la era analógica, el tiempo era percibido como un flujo lineal y continuo. El ritmo estaba marcado por los relojes mecánicos, los calendarios de papel y la secuencia tangible de los días. La espera era una parte constitutiva de la experiencia cotidiana: esperar una carta, una llamada telefónica, el noticiero de la noche.

La era digital, en cambio, fragmenta, acelera y superpone. La información está disponible de manera instantánea. Los mensajes llegan al instante. Las redes sociales actualizan el presente a cada segundo. La espera ha perdido su espesor simbólico: ya no se espera, se actualiza permanentemente.

En la era analógica, el tiempo estaba marcado por dispositivos físicos: el reloj pulsera, el noticiero a las 20 horas, el teléfono fijo. Todo respondía a una secuencia predecible. Ver una película implicaba ir al cine a un horario fijo o alquilar un VHS por 48 horas. Las series eran semanales y había que esperar siete días para un nuevo episodio.

La era digital disolvió las coordenadas temporales. Hoy, una notificación puede alterar la línea del presente, llevándonos a una conversación pendiente, una foto de hace diez años o un mensaje que cambia el curso del día. La película El origen (2010) de Christopher Nolan –uno de los mejores directores de cine de la actualidad- explora la multiplicidad de capas temporales que coexisten en una misma experiencia, una metáfora perfecta del tiempo digital donde múltiples “dimensiones temporales” colapsan sobre sí mismos.

La costumbre de ver series también refleja esta mutación. En los 90, el “tiempo Friends” implicaba reunirse frente al televisor cada semana. Actualmente, con plataformas como Netflix o HBO Max, el tiempo se vuelve acumulativo y maratónico: una temporada se devora en horas. La serie Black Mirror —especialmente el episodio “San Junípero”- muestra cómo la conciencia digital puede reconfigurar el tiempo transcurrido con vidas que se condensan, repiten o reinventan en simulaciones tecnológicas.

Aplicaciones como TikTok, Twitter o WhatsApp no sólo distribuyen información, sino que modelan la experiencia del tiempo. En TikTok, el “scroll infinito” elimina la sensación de comienzo y fin. En WhatsApp, un mensaje leído y no respondido se convierte en un evento temporal cargado de ansiedad. La serie Undone combina animación rotoscópica y narración no lineal para contar una historia donde pasado, presente y futuro coexisten, simbolizando la fragmentación y expansión de nuestra percepción temporal.

Si el tiempo es uno, ¿por qué en el hoy lo sentimos tan distinto? Porque en el mundo digital no lo medimos, lo experimentamos de otra forma: más veloz, más simultánea, más líquida. Quizás como lo propone la serie Dark: “El tiempo no es lineal. Es un círculo”.

El tiempo digital no es menos real, pero es menos habitable. La memoria se externaliza en dispositivos, los acontecimientos se notifican en forma de alertas y las decisiones se automatizan. El calendario de la subjetividad se desvanece ante la omnipresencia del ahora.

Lo expuesto es posible representarlo gráficamente de la siguiente manera:

El derecho suele tratar el tiempo como un marco neutral. Pero en realidad, el tiempo es una herramienta de poder: decidir cuándo se juzga, cuánto se demora un proceso, cuándo se resuelve, impacta directamente sobre los derechos de las personas.

“La justicia que llega tarde, no es justicia”. Esta frase, cobra un nuevo significado cuando se la analiza desde la perspectiva de la percepción temporal: ¿qué sucede cuando el tiempo institucional no armoniza con el tiempo social?

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