A 40 años de la tarde inolvidable del Beto Alonso en la Bombonera: quién se llevó la pelota naranja y la promesa de la vuelta olímpica
El profesor Menghi era extraordinario. Tenía a su cargo la cátedra de Literatura en 4° y 5° año. Siempre con un impecable traje oscuro y su pelo afirmado al cráneo por la gomina, destilaba una imagen de severidad, que se deshacía tan pronto como comenzaba su clase. Gracias a su conocimiento, viajamos hacia los escritores clásicos de nuestro idioma, germinando en mí, y en algunos compañeros más de aquella inolvidable camada del colegio Don Bosco de Congreso, una necesidad de querer conocer un poco más. También nos deleitaba con el origen de los dichos populares y las palabras. Recuerdo que en una ocasión, nos habló específicamente de predestinado. Para motivarnos, nos dijo que todos podíamos estarlo, solo había que tener fe. “Confíen siempre en un predestinado”. Y creo que eso fue el Beto Alonso. Desde sus inicios hasta el majestuoso epílogo de su carrera, plagada de éxitos y jornadas rutilantes, como aquella del 6 de abril de 1986 en la Bombonera.
La tarde de la pelota naranja. Ese Superclásico lleno de condimentos. El de la vuelta olímpica de River y los goles del Beto. Aquel festejo memorable, de cara a sus hinchas, con la camiseta de la banda estrujada entre sus manos, mientras su mirada pletórica se perdía en la de los miles de hinchas millonarios que deliraban en la popular visitante. En ese territorio enemigo, donde los triunfos se disfrutan un poco más, en tiempos donde a nadie se le pasaba por la cabeza que los visitantes no podían concurrir a los estadios.
La predestinación de Alonso. La que llegó con él, desde el debut en primera, en la lejanía de agosto del ‘71 en la cancha de Atlanta. Prontamente, el refinado paladar del hincha de River lo adoptó como símbolo, aunque su documento denunciaba que apenas había alcanzado la mayoría de edad. El gol a Santoro en el ‘72, el mismo que no había podido convertir Pelé en México ‘70. La tarde de los dos tantos salvadores frente a San Lorenzo en el ‘75, cuando el que parecía un fácil tránsito rumbo al título se había complicado, pero que su magia despejó para que el pueblo riverplatense ahuyentara los 18 años malditos sin títulos.
El pase al Olympique de Marsella, luego de una más de sus eternas polémicas con los dirigentes. El pronto regreso, apenas un año después, para romperla y ser convocados para el Mundial ‘78. El tricampeonato entre el ‘79 y el ‘80. La despedida a fines del ‘81, luego de la pelea con Di Stéfano. El paso por Vélez, hasta la vuelta, cual hijo pródigo, en el ‘84. Y de pronto, llegó esa tarde de abril, como antesala de todo lo que se viviría en el inolvidable ‘86 cruzado por la banda roja.
En la semana, el tema dominante era saber si River daría la vuelta olímpica en la cancha de Boca, como había trascendido desde Núñez, para festejar el título obtenido un mes antes y con varias fechas de anticipación. El tema tomó mucha trascendencia y llegó hasta los despachos oficiales, al punto que el Ministerio del Interior sugirió que no se realizara por una cuestión de seguridad. El propio Norberto Alonso contó que la noche anterior al partido se juntaron en una habitación de la concentración del estadio Monumental y él dijo: “Me van a sacar muerto, pero voy a dar la vuelta olímpica. Y eso hicimos, porque éramos los campeones y nunca me voy a arrepentir”.
Boca lo esperaba con una muy buena racha de 12 fechas sin perder. Luego de un interesante inicio de ese torneo de la temporada 1985/86, varias derrotas sucesivas terminaron con el ciclo de Alfredo Di Stéfano, quedando en su lugar, primero de manera interina y luego oficial, Mario Zanabria, quien dirigía la reserva. Marito le dio otra fisonomía al equipo, que se enriqueció con la llegada de varios refuerzos en el receso de fin de año, como lo fueron Jorge Higuaín, Milton Melgar y Jorge Rinaldi.
El partido de ida, disputado en el Monumental el 27 de octubre quedó en el recuerdo por varios motivos. El golazo de Alejandro Montenegro, ese lateral izquierdo, esforzado y potente, pero de poco contacto con la red adversaria, que la clavó para la posteridad en el ángulo del Loco Gatti. La artera y descalificadora patada de Roberto Passucci sobre Oscar Ruggeri, queriendo dirimir viejos rencores de un pasado cercano (habían sido compañeros en Boca hasta el año anterior) y la inmensa cantidad de papelitos que alfombraron el césped.
Esta situación hizo que se tomara una medida innovadora: Adidas preparó una pelota de color naranja, para que puedan distinguirse las líneas, si volvía a suceder lo que había acontecido unos meses atrás. ¿Se utilizó todo el partido? La respuesta es no. En las imágenes que han sobrevivido, de bastante buena calidad, porque Fútbol de Primera ya llevaba 8 meses al aire, se puede observar que los jugadores la patean en el calentamiento previo (Gatti uno de ellos), e incluso River posó para los fotógrafos con ella. Sin embargo, cuando Francisco Lamolina dio el pitazo inicial, la que rodó fue la tradicional Tango blanca y negra.
Al promediar el primer tiempo, hubo un córner para River. Roque Alfaro fue a tomarlo, tratando de esquivar los proyectiles que le caían desde la popular local. Acomodó el balón y justo le acercaron el otro modelo, el famoso naranja. Entonces lo cambió y con ese remató el tiro de esquina. Un rato más tarde, sería protagonista de la emblemática jugada de esa tarde, como lo recordó en diálogo con Infobae: “Yo era el encargado de la pelota parada y cada vez que iba a patear cerca de los palcos era una locura. Hasta una gallina me arrojaron (risas). Tuve la suerte de participar en el legendario gol de la pelota naranja, porque tiré el centro pasado, no llegó el Loco Gatti y por atrás apareció, para meter un cabezazo, el Beto Alonso, que es el ídolo futbolístico máximo que tiene River Plate hasta el día de hoy”.
Y entonces la carrera alborozada, imparable, besándose la camiseta, con la pureza del hincha, con esa esencia riverplatense que le brotaba por los poros a cada instante. Luego la sonrisa, los puños apretados, el abrazo de sus compañeros y el canto. La más maravillosa música que caía como bálsamo para sus oídos, desde la tribuna de River, en esa sana costumbre que iba a camino a cumplir 15 años: “Aloooooonso, Alooooonso”.
Matías Patanián es un hombre muy identificado con River. Fue su vicepresidente, pero sobre todo, uno de los más fanáticos seguidores del Beto Alonso. Es palabra autorizada para evocar los hechos de aquella tarde: “Es un recuerdo único y que está entre los cinco más importantes de la historia del club en los últimos 50 años. Tengo muy presente lo que pasó en la semana en la previa, con el Ministro del Interior, Antonio Tróccoli, pidiéndole a River que no de la vuelta olímpica. No fui a la cancha y lo escuché por radio, con un inolvidable relato de Víctor Hugo: ‘Dígame usted, hincha de River, si en el año 2000 le preguntan qué pasó el 6 de abril del ‘86 y usted va a contestar de corrido que River campeón dio la vuelta olímpica en la cancha de Boca y el Beto Alonso hizo el primer gol con la pelota naranja’”.
Todo el resto de ese primer tiempo se disputó con la ya famosa pelota. Pero cuando Francisco Lamolina hizo sonar su silbato para comenzar el complemento, ella ya no estaba, siendo reemplazada por la tradicional. El árbitro la guardó en su vestuario y la tuvo en su poder durante varios años, hasta que la donó al Museo River Plate, donde ahora descansa en una merecida vitrina para ser adorada como un objeto único. Boca se fue al ataque, teniendo mayor posesión y acorralando a su rival, que se sostenía en las atajadas de Pumpido y la solvencia de Oscar Ruggeri, que también tuvo un partido aparte, porque era la primera vez que se enfrentaba a su ex equipo en la Bombonera.

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