A 20 años del juicio a Calamaro por decir que fumaría un «porrito»: un fiscal le pidió perdón y fue absueltoPor Fernando Soriano

Veinte años atrás exactamente. Durante el mediodía del 18 de abril de 2005 en los Tribunales federales de La Plata, los jueces Horacio Isaurralde, Ana Aparicio y Carlos Rozanski, el fiscal Carlos Dulau Dum, el abogado Albino “Joe” Stefanolo y el músico Andrés Calamaro fueron protagonistas de unas de las historias más absurdas del universo judicial argentino. El responsable, el abogado Alejandro Granillo Fernández, que había denunciado al músico, tal vez al intuir lo que pasaría, faltó: mediante un escrito explicó razones laborales lo obligaban a ausentarse.

El juicio duró menos que un relámpago. Pasó un testigo que no aportó nada y el fiscal y la defensa saltaron rápido a los alegatos. Entonces Dulau Dum desistió de la acusación y pidió la absolución del cantante de Los Rodríguez: “Lejos de instigar a otros, Calamaro manifestó un deseo propio”, consideró sus dichos como “inconvenientes”, y remarcó que una frase no es un delito. La frase, dicha ante decenas de miles de personas: “Me estoy poniendo tan a gusto que me fumaría un porrito”.

Así que le ofreció disculpas al cantante en nombre de la Justicia por la prolongación del proceso y treinta minutos después, la presidenta del tribunal, la jueza Aparicio dictó la absolución.

Habían pasado 3.805 días desde el sábado 19 de noviembre de 1994. Diez años, cinco meses y un día en los que Calamaro estuvo envuelto en un delirio judicial por pronunciar “porrito”, una palabra que alteró a un “grupo de padres” encabezado por Granillo Fernández, quien se escandalizó y denunció al autor de Mil horas por una presunta violación al primer inciso del artículo 12 de la ley de drogas (N° 23.737), que reprime con dos a seis años de prisión a quien “preconizare o difundiere públicamente el uso de estupefacientes, o indujere a otro a consumirlos”.

Todo ocurrió un sábado en el que la ciudad de La Plata cumplía 112 años. Hacía calor en la plaza Moreno de la capital bonaerense y decenas de miles de personas se apretaron y descontrolaron bajo un escenario en el que La Portuaria y Virus habían sido invitados para celebrar el aniversario con su música. Síntoma de época, el público estaba algo descontrolado. Volaban al escenario desde bombachas a botellazos. Alguien, de hecho, pensó en suspender todo antes de que el desastre fuera total. Pero apareció Andrés Calamaro, la estrella anunciada para el cierre del festival y pidió una oportunidad de antemano. Él sabía cómo calmar a las fieras.

Vestido con una remera que decía “Yo también tengo SIDA”, Calamaro, al frente de su banda de entonces, la hispano argentina Los Rodríguez, arrancó el show y apenas pasados nueve minutos, antes de lanzar la primera estrofa del temazo Mi rock perdido, activó su lengua popular parado frente a su teclado. Buscaba bajar la intensidad de los descontrolados: “Mirá, me estoy poniendo tan a gusto que me fumaría un porrito”, dijo con la boca pegada al micrófono y completó: “No me digan que en 100.000 personas no hay uno habilitando”.

Como un René Lavand de la trova rockera, no lo pudo haber hecho más lento. El guiño de Calamaro calmó la tempestad. Abajo, una multitud plagada de jóvenes que fumaba cannabis a escondidas porque las razzias y las causas simplemente por llevar un porro en el bolsillo engordaban falsamente las estadísticas de luchas contra el narcotráfico y “drogadicción”, un término que hacía punta en aquellos años. Así, el resto del show fue una fiesta: lo que volaba ya no eran las botellas hacia el escenario sino el público mismo.

Decir “porro” en 1994 era una amoralidad para mucha gente. Lo consideraban una provocación. Lejos de ver a la planta como parte de una industria aceptada y legalizada en muchos países como ocurre en la actualidad, en esa época era una droga fatal asociada a lo peor de la delincuencia.

Todavía se daba por cierto aquello de que la planta ponía violentos a quienes la fumaban y un decálogo de fake news demonizadoras como que se trataba de la puerta de entrada a otras drogas. Así las cosas, días más tarde, mientras grababa la música de la película Caballos Salvajes, a Calamaro le avisaron que un político platense lo había denunciado por “preconizar” una droga.

Y conocía lo que era la amenaza de la prisión por tenencia de drogas. En 1978, con apenas 17 años, la División de Toxicomanía de la Policía Federal de la dictadura militar lo detuvo junto a dos de sus compañeros del grupo Raíces, Beto Satragni y Pepe Luis, mientras los tres caminaban por la avenida Corrientes. Les sacaron algunos porros y los mandaron a un calabozo en la zona porteña del Bajo. “Yo casi me cago encima”, me comentó Calamaro en una entrevista para el libro “Marihuana. La historia. De Manuel Belgrano a las copas cannábicas”.

Como era menor, la policía lo liberó y Calamaro buscó el primer teléfono público disponible por San Telmo y marcó el número que había recordado de memoria desde que Satragni se lo sugirió. Era el del abogado Albino “Joe” Stefanolo, un extraño de pelo largo para la tradicionalista familia judicial, quien llegó a Toxicomanía minutos más tarde y se llevó a los músicos. Charly García recordó esa época en la revista Rolling Stone: “Al asunto de fumar se lo estigmatizaba con el término ‘droga’ como si fuera una película de Luis Sandrini”.

Lo cierto es que esa tarde comenzó una relación imperecedera, que incluye el noble sentido de la amistad, entre Calamaro y Stefanolo, el ángel guardián del rock argentino. Dos décadas y seis años después, músico y abogado fueron reunidos por el director audiovisual Hernán Siseles para un documental en desarrollo sobre la vida de “Joe” y ambos recordaron aquel episodio en La Plata.

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