El acoso escolar ya es un tema redundante en las instituciones educativas, pero no por ello dejó de ser relevante. Día a día se conocen casos graves, pero la ausencia de abordajes o la negación de los conflictos son moneda corriente y perturba cada vez más no solo a adolescentes, sino también a los más pequeños.
Podemos definirlo como actos intencionales y premeditados con el fin de provocar daño o agredir a otro; persistentes, ya que se repiten y se prolongan durante un tiempo; con asimetría de poder, porque ocurre frente a otros que legitiman el comportamiento del agresor, quien suele ser impulsivo, mostrarse autosuficiente y mantener una actitud positiva hacia la violencia; y con observadores -activos o pasivos- que no defienden a la víctima.
El bullying es una problemática que afecta la salud psíquica de los niños y los jóvenes.
Depresión, ansiedad, baja autoestima, entre otros, son algunos de los síntomas que las víctimas acosadas deben afrontar, más allá de golpes y/ o los insultos propiciados por los agresores.
Y si bien podríamos decir que el bullying siempre existió, el lugar del adulto ya no es el mismo que hace unas décadas. Este era el portador de la ley, de la autoridad, del saber y de los recursos de protección; estaba ligado al joven a través de la confianza, la responsabilidad y el afecto y claramente era un referente de la juventud. En otros tiempos, la palabra de los padres, la maestra o la directora eran incuestionables y hoy ya no lo son.
Hubo un desdibujamiento del adulto de antaño, con nuevos roles, nuevos tipos de familias y adultos incoherentes entre el decir y el hacer; por ende, hijos a la deriva.
En la actualidad, a diferencia de algunos años atrás, no hay un límite claro entre lo permitido y lo prohibido; por tanto, pareciera que no hay transgresión a la norma cuando no se cumple.
De esta manera, se torna ineludible planificar un trabajo serio y comprometido entre toda la comunidad educativa que tenga como objetivo principal reconstruir la autoridad y proteger a los niños y adolescentes, sujetos de derecho.
Obviamente que es necesaria una capacitación docente con material específico; con una mirada institucional; con acciones concretas para directivos, apoyados por supervisores/ inspectores; y otra mirada áulica para el abordaje directo del docente.
Las habilidades emocionales, la conciencia social, la gestión de las relaciones, el aprender a mirar al otro y entender sus necesidades son algunas de las habilidades que no pueden dejar de enseñarse en casa y en la escuela.
Ahora bien, ¿cómo intervenir o responder al grado de complejidad de los factores que generan la violencia y en las formas en que se manifiesta?
El tema no puede ser abordado por un solo profesional o trabajado en una materia curricular, ya que las causas de la violencia son múltiples. Algunas veces, los adolescentes violentos han tenido una infancia en un entorno familiar violento, llevándolos a tener comportamientos de este tipo. O quizás los padres no cuentan con herramientas emocionales sólidas para ayudar a sus hijos a la toma de conciencia de sus emociones, positivas o negativas. Sumado a esto, la adolescencia es un período muy conflictivo, en el cual el joven ya no tiene como únicos referentes a los padres y, muchas veces, se “reclutan” en su grupo de pares, que les significa el lugar de identidad común, de pertenencia afectiva y de marco de encuentro.

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