Si crees que la IA no te afectará, piénsalo otra vezPor Opy Morales

Es tentador ver la inteligencia artificial (IA) como una promesa o amenaza lejana, algo confinado a laboratorios de investigación o películas futuristas. Sin embargo, esa perspectiva ignora una verdad fundamental: la IA ya está aquí, tejiéndose silenciosamente en la trama de nuestra vida diaria. Como se desprende de una fascinante conversación reciente entre Adam Grant y Sam Altman, la mente detrás de OpenAI, subestimar su impacto actual es un lujo que no podemos permitirnos.

Altman, a pesar de su optimismo inherente sobre la tecnología, ofrece una visión sorprendentemente franca sobre la velocidad del cambio. Reconoce que sus modelos más recientes ya “se sienten más inteligentes que yo en casi todos los aspectos”. Esta no es una simple hipérbole, sino la constatación de que las capacidades cognitivas que antes considerábamos exclusivamente humanas están siendo igualadas o superadas a un ritmo vertiginoso.

Grant, como psicólogo organizacional, amplifica esta idea, señalando investigaciones que muestran a la IA superando a los humanos no solo en análisis, sino en creatividad, persuasión e incluso en la percepción de empatía en interacciones escritas –un hallazgo que nos obliga a reconsiderar qué nos hace únicos.

El lugar de trabajo es un claro ejemplo de esta transformación en curso. No se trata solo de reemplazar tareas, sino de redefinir roles. El propio líder tecnológico reflexiona sobre su función, indicando que su mayor contribución no es ser el mejor investigador individual, sino construir la organización –el sistema humano.

Para muchos, esto implica un cambio fundamental: el valor ya no reside en el conocimiento acumulado (fácilmente accesible a través de la IA), sino en la agilidad, el juicio y la capacidad de formular las preguntas correctas.

Como enfatiza Grant, necesitamos convertirnos en “conectores de puntos”, no solo “recolectores de hechos”. En este nuevo panorama, la confianza en uno mismo se vuelve crucial. Altman lo expresó crudamente en un antiguo post: los más exitosos creen en sí mismos “casi hasta el punto del delirio”. Quizás esa fe inquebrantable, aunque potencialmente peligrosa si no se calibra, sea necesaria para navegar la incertidumbre y reinventar nuestra contribución.

Pero esta colaboración tiene sus riesgos. El CEO de OpenAI admite con humor que, gracias al autocorrector, “Ya no sé deletrear palabras complicadas…”. Es una anécdota ligera, pero ilustra una preocupación más profunda sobre la externalización cognitiva.

¿Nos estamos volviendo mentalmente complacientes? Grant menciona el caso de científicos que, aunque más productivos con la ayuda de la IA para generar ideas, se sienten menos satisfechos, reducidos a meros “jueces” del trabajo de la máquina.

¿Estamos sacrificando la realización personal y el desarrollo de habilidades profundas en el altar de la eficiencia aumentada?

Sin embargo, también revela el poder persuasivo de estas herramientas, un arma de doble filo en la era de la desinformación. El discernimiento crítico se vuelve una habilidad esencial, no futura, sino inmediata.

En el ámbito de las relaciones, Altman cree firmemente que la IA no puede sustituir la conexión humana fundamental. “Estamos tan programados para preocuparnos por lo que otras personas piensan, sienten, cómo nos ven”, afirma. Necesitamos estatus, pertenencia y la autenticidad —incluso el desorden— de las interacciones humanas reales.

Aunque la IA pueda simular empatía de manera convincente, es poco probable que satisfaga dichas necesidades profundas de la misma manera que otro ser humano. Nuestra biología y nuestra historia evolutiva nos anclan a la conexión entre personas.

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