Su primer novio se suicidó y en el camino de su resiliencia conoció al amor que la salvó y la ayudó a cumplir una promesaPor Cynthia Serebrinsky | AMORES REALES

Esta es una historia que parece triste y, aún así teniendo sus tragedias, es un verdadero relato de amor y supervivencia.

Mariana nunca imaginó que su primer amor se desvanecería de la manera más trágica posible. A los 10 años, en un pequeño pueblo en el sur de Chile, sus caminos se cruzaron por primera vez. Joshe llegó al colegio de Cabrero como un alumno nuevo, y aunque sólo estuvo allí por un breve período, fue suficiente como para captar la atención de Mariana. Era un amor de niña, uno que se guardaba entre las páginas del cuaderno, un cariño inocente y callado. Pero como tantas historias de la infancia, ese primer enamoramiento se desvaneció: “Me gustó como niña, obviamente, a esa edad uno no conoce bien lo que es el amor, pero me llamó la atención él. Fue solamente un año que estuvo en mi colegio. Cuando se fue no supe más de él, nada”, recuerda Mariana. Y aunque nunca llegaron a ser más que compañeros de clase, “el chico nuevo” protagonizó varios capítulos en su diario íntimo.

Mariana lo olvidó, o al menos eso pensó. Pasaron los años, y la vida de ambos siguió su curso. Él, en su búsqueda por encontrar su lugar en el mundo, se dedicó a sus estudios de agronomía, mientras que ella, en su propio camino, comenzó a estudiar psicología en la ciudad de Concepción, a más de una hora de su pueblo. Pero la vida tiene maneras curiosas de devolvernos lo que una vez dejamos atrás. En 2012, cuando los ex compañeritos de 5to. grado tenían 19 años, Joshe reapareció de forma inesperada. Una notificación en las redes sociales los reconectó. Un mensaje breve, como un suspiro del pasado preguntando cómo estaba, fue suficiente para que Mariana lo reconociera de inmediato. La niña enamorada, aquella que sentía mariposas en el estómago cada vez que veía a Joshe en los recreos, despertó en su interior, pero ahora era una joven con otras preguntas, con una visión más amplia de lo que significaba el amor.

“¿Te acuerdas de mí?”, le preguntó él. Y Mariana, tras un par de intercambios, aceptó la invitación a reunirse. No había expectativas más allá de compartir un café y tal vez encontrar una respuesta a la pregunta no resuelta de su infancia: ¿qué habría sido de ellos si la vida no los hubiera separado?

Las primeras citas fueron casuales, sin presión ni promesas. “Apenas volví a ver a Joshe ya sentí una química, o sea, como que eso que sentí de niña también me pasó de adulta”, relata con ternura. El reencuentro fue orgánico y la chispa entre ellos se encendió de un modo automático. Lo que había sido un amor de niña se transformaba en algo más profundo y real. “Salimos un par de veces y enseguida nos enamoramos”, dice con la simpleza que habla el amor genuino. Ella descubrió que el niño tímido y algo inseguro de la primaria ahora se había convertido en un hombre con sueños y temores propios.

Pero, como tantas veces sucede en las historias de amor, la relación no fue un mero “felices para siempre”. Joshe, aunque profundamente enamorado, luchaba con su autoestima. Había un conflicto interno que no podía superar, algo que lo hacía sentirse menos valioso frente a Mariana, una mujer decidida y segura de sí misma. “Él se sentía menos que yo y yo trataba siempre de animarlo”, cuenta ella con algo de impotencia. Lo cierto es que se hacía complejo por la distancia; vivían cada uno en diferentes ciudades por los estudios, entonces intercambiaban mucho por redes sociales y se juntaban de vez en cuando, pero el día a día se tornaba complicado.

“Te quiero”, le decía ella. “Pero ¿por qué pensás que no podés estar conmigo? Yo te veo. Te valoro”, le respondía, con la esperanza de que sus palabras pudieran romper las barreras invisibles que él mismo había levantado alrededor de su corazón. No era un amor perfecto, pero era verdadero.

A lo largo de esos primeros meses juntos, el amor parecía haber triunfado sobre las inseguridades. La distancia entre Concepción y Cabrero se hacía más corta cada vez que decidían verse. Los fines de semana cuando viajaban entre ciudades se llenaban de risas y de conversaciones sobre sus sueños, sus miedos y sus planes para el futuro. “En uno de esos encuentros él me confiesa que vivió situaciones súper dolorosas y difíciles en su vida, que ahí no quiero especificar porque es privado de él, pero que de alguna forma todas esas cosas le habían afectado a que tuviera una mala autoestima, como una mala visión de sí mismo. Pero jamás, jamás jamás, él me dijo que pensara en hacerse daño o que había intentado antes hacerse daño, nada de eso”, revela ella. “Y las cosas estaban bien, como en una relación normal y bonita” de una pareja de novios. Sin embargo, el destino hace planes sin preguntar.

Mariana nunca imaginó que una tarde de primavera, llena de promesas y palabras dulces, terminaría siendo la que marcaría el fin de una etapa. Un día cualquiera, uno más en el que estaban “bien, no había ningún problema ni nada que diera a sospechar que algo pasaba”, Joshe llamó a su novia: “No me doy cuenta de nada y él me llama y me dice: ‘¿Sabes? Quiero que me prometas algo’. Lo noté angustiado y en los días anteriores estaba como triste y me había dicho que ‘después me iba a contar por teléfono’”, revive ella el momento sin esfuerzo por recordar. Fue una conversación habitual aunque cargada de incertidumbre: “Prométeme que vas a ser feliz, pase lo que pase”, le suplicó Joshe al otro lado del teléfono. Su voz, esa que siempre había sido cálida y llena de esperanza, ahora estaba nublada de una melancolía que Mariana no podía descifrar.

Joshe estaba “extraño, pero no triste”. Distante tal vez. Pasaron cinco minutos y una rara sensación quedó rondando por la cabeza de Mariana. Lo llamó. “No me contestaba, no me contestaba. Me salía apagado después. Primero me cortaba, después me salió apagado el teléfono”, enumera con una desprolija desesperación que muestra su bronca por no volver a escucharlo. Durante media hora persistió sin obtener la respuesta que quería, hasta que su cuerpo reaccionó antes que su mente: “Me empecé a sentir pésimo físicamente; me empezó a doler el estómago; tenía ganas de vomitar; vomité; y después… sentí un alivio”, revela sorprendida de lo que ella misma deja traslucir. La sensación de dolor de estómago de repente cesó.

Mariana se quedó quieta, mirando el teléfono, como si esperara una respuesta que no llegaba pero tenía un examen que rendir. Cumplió y al entregar la prueba “por fin” recibió el llamado de Joshe: “Oye, al fin me llamaste, estaba preocupada por ti, ¿qué te pasó?” Pero en ninguna de todas sus vidas hubiera querido escuchar lo que siguió: “No soy Joshe, soy su papá. Joshe se quitó la vida”, revive lo peor.

El desenlace llegó con una llamada inesperada. Joshe había tomado una decisión irreversible, una decisión que quizá había estado gestando en silencio, lejos de los ojos de Mariana. “Jamás pensé que iba a hacer algo así”, se desarma. La noticia llegó como un golpe devastador, como un rayo en un cielo despejado. Joshe se había suicidado. “En ese momento sentí que todo el mundo se caía, como un terremoto, no sé, algo demasiado horrible. Primero caí en negación, decía: ‘No, mentira, si yo hablé con él hace un rato’”. Pero la confirmación era contundente: lamentablemente Joshe había tomado el fallo más drástico y su corazón ya no latió.

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