Las teorías sobre la tragedia del avión de Niki Lauda que dejó 223 muertos y la verdad escondida
“Cometimos un error. La bomba era para un avión de United Airlines que salía de Bangkok al mismo tiempo”. La voz anónima que entró por el número directo de la Jefatura del Aeropuerto Internacional de Schwechat, en Viena, no adjudicó el atentado a ningún grupo terrorista, simplemente informó sobre la equivocación y desapareció de la línea.
La llamada no parecía tener sentido y, de todos modos, ya era demasiado tarde: hacía un par de horas que la noticia de la caída del vuelo NG004 de Lauda Air veinte minutos después de despegar de Bangkok, Tailandia, había dado la vuelta al mundo, potenciada por la identidad del dueño de la compañía aérea, el ex campeón mundial de Fórmula 1 Niki Lauda, el hombre que había sobrevivido a uno de los peores accidentes de la historia del automovilismo.
El Boeing 767-300 de la compañía austríaca había despegado el domingo 26 de mayo de 1991 a las 22.45 del Aeropuerto Internacional de Don Muang, con diez tripulantes y 213 pasajeros a bordo. Estaba a 112 kilómetros de su punto de partida cuando se estrelló en una región boscosa y de difícil acceso, cerca de la frontera con Birmania. A la hora que la estación aérea austríaca recibió la llamada anónima, la policía tailandesa y varios helicópteros de la Fuerza Aérea ya estaban trabajando en la zona del desastre. “Está oscuro y las condiciones son difíciles. Hasta ahora no hemos encontrado sobrevivientes”, informaba el jefe del operativo de rescate cuando en Tailandia eran las tres de la mañana.
Los testigos no se ponían de acuerdo en cómo se había producido la catástrofe. El sargento de policía Charang Palung estaba patrullando el área cuando ocurrió. “El avión se convirtió en una enorme bola de fuego en el aire, estalló como una enorme explosión de fuegos artificiales y después cayó”, dijo. Sin embargo, sus compañeros de la delegación policial de Dan Chang –un pueblo cercano– habían visto otra cosa: “Chocó contra la colina, explotó y cayó envuelto en llamas”, relató uno de ellos.
La primera versión podía encajar con la hipótesis de la bomba, de la cual las autoridades tailandesas todavía no tenían noticia. La segunda parecía indicar que la caída del avión era el resultado de un accidente.
Casi al mismo tiempo, en Viena, Lauda –que, además de dueño era el presidente de la compañía aérea– hacía su primera declaración sobre el hecho. “Estamos en comunicación con las autoridades de Tailandia tratando de precisar, cuanto antes, qué ocurrió. Las presunciones de que se trataría de un atentado son por el momento solo eso, presunciones”, dijo frente a las cámaras de televisión. Lo que sí podía asegurar, agregó, era que la aeronave estaba en buenas condiciones. “Se trata de un avión de última generación, muy seguro, en perfecto estado de mantenimiento, que venía operando sin dificultades desde hace 18 meses”, explicó.
Lauda no podía dar todavía la nómina de pasajeros, pero en la oficina de la compañía aérea se distribuyó entre los periodistas una lista con las nacionalidades de algunos de ellos. Contabilizaba 84 austríacos, 55 chinos de Hong Kong, 10 italianos, 7 suizos, 6 chinos de la República Popular, 4 alemanes, 3 yugoslavos, otros tantos portugueses, 2 estadounidenses, dos filipinos, un turco, un polaco, un brasileño, un británico y un australiano.
Mientras tanto, en Tailandia, la llegada de las primeras luces del día en lugar de favorecer las operaciones de rescate las complicó. Cientos de personas que no tenían nada que ver con los grupos de socorro se metieron en la zona del desastre para conseguir cualquier objeto de valor que pudieran encontrar: relojes, ropa, calculadoras, joyas, pasaportes –sobre todo europeos, que se cotizaban muy bien en el mercado negro de Bangkok– e incluso piezas del avión para venderlas como siniestros souvenirs. Una patrulla especial de la policía de fronteras debió acordonar el área para impedir el acceso de los oportunistas y de los simples curiosos. “Los restos del Boeing están muy dispersos. El primer paso será recuperar los cadáveres y luego nos ocuparemos del avión”, informaba por entonces el jefe del operativo de rescate.
Los servicios de seguridad austríacos no demoraron mucho en conocer el origen de la llamada anónima recibida en el Aeropuerto Internacional de Viena. Descubrieron que el supuesto denunciante se había comunicado desde Alemania, más precisamente desde un teléfono público del centro de Hamburgo. Pero allí terminó la pista, porque resultó imposible rastrear más allá. “Hemos tomado con toda la seriedad del caso la llamada sobre la existencia de una bomba dentro del avión y la seguiremos investigando hasta las últimas consecuencias, pero también es necesario tener en cuenta que no se trató de la reivindicación de un atentado y que nadie se lo adjudicó. Cuando eso ocurre, es muy probable que las llamadas sean falsas”, explicó en Bangkok Harald Hass, encargado de prensa de la embajada de Austria en Tailandia.
La noticia de la presencia de McIntosh en el avión se difundió con fuerza en los medios de comunicación austríacos, que casi unánimemente se inclinaron por la teoría de una venganza de narcotraficantes. “Una bomba de la mafia de la droga”, tituló en su portada, con letras tamaño catástrofe, el diario Kronenzeitung, uno de los de mayor tirada. El autor del artículo no solo ponía el acento en la presencia del funcionario británico, también agregaba un dato: la provincia de Chang Kri, gobernada por Pairat Decharin, era: “Una de las regiones más importantes de plantación y producción de drogas”. Y especulaba con que: “Probablemente el atentado fue una advertencia para otras personas que luchan contra la heroína para que no se inmiscuyan en los negocios de los barones de la droga”.
Otro gran diario, el Kurier, titulaba: “¿Habrá sido la mafia de la droga la que hizo estallar el avión de Lauda Air?”. Y también el Die Presse, de orientación conservadora, apuntaba a los mismo: “Pista que lleva a los productores de drogas”, encabezó.
La posibilidad de un atentado perpetrado por orden de los barones de la droga de Tailandia venía como anillo al dedo para que Lauda Air se sacara la responsabilidad de encima, porque en ese caso recaía sobre la seguridad del aeropuerto de Don Muang. “Para mí no hay duda de que se trató de un acto de sabotaje. Y esto lo digo debido a las características del accidente, porque de acuerdo con la información que manejamos hubo una explosión seguida de un incendio en pleno vuelo. Estos hechos nos dan la pauta de que en el Boeing pudo haber sido colocado un artefacto explosivo”, se apresuró a declarar Franz Karner, gerente de ventas de Lauda Air en Hong Kong.

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