Marc Fleurbaey: “Además de los ingresos, el bienestar debe contemplar la salud y las conexiones sociales”
Marc Fleurbaey es uno de los economistas que más trabajó en entender el bienestar social, más allá de los indicadores de ingreso y métricas como el PBI. Según su perspectiva, otros factores, como la salud y las conexiones humanas o familiares, son aspectos centrales, que también tienen efectos económicos y productivos, pero que escapan al registro de las estadísticas convencionales. En diálogo con LA NACION, el académico analiza los condicionantes del bienestar, el rol del sector público, los impuestos y las empresas para mejorar la calidad de vida de las personas.
Según Fleurbaey, el análisis del bienestar debe comprender “dimensiones no económicas”, que identifiquen las ventajas o desventajas que existen en la calidad de vida más allá del empleo o los ingresos. “Por ejemplo, el hecho de estar desocupado, que es muy duro y difícil para las personas. Porque cuando perdés tu trabajo, por supuesto tus ingresos se reducen, pero hay una especie de penalización por estar desocupado, y es algo mucho más profundo. Por eso, cuando describís una crisis o el ciclo económico de los países, este tipo de cosas son mucho más profundas que lo que se ve en las cifras del PBI”, explica.
-¿Qué es lo que más valoran las personas, más allá de sus ingresos?
-No podría decirte todas las dimensiones posibles. Hay encuestas que lo trabajan. Pero, a primera vista, algo clave para la gente es la situación familiar. Es un tema principal. Luego está la salud. Pero, por supuesto, la condición material es bastante importante, pero interactúa con la situación familiar y todo eso. Luego también la situación financiera está bastante arriba.
-¿Y cómo describiría la evolución de estos temas?
-La importancia que la gente le da a la salud y a las relaciones sociales puede variar de un país a otro. Y aún no tenemos estadísticas para eso. Hay estadísticas objetivas sobre la salud, como la longevidad, por ejemplo, que en promedio, con lo que llamamos esperanza de vida, ha ido mejorando de manera bastante constante, aunque recientemente se ha estancado en muchos países desarrollados, y en Estados Unidos incluso ha estado disminuyendo, especialmente en personas de mediana edad con problemas en su situación laboral. Pero el tema de las conexiones sociales es algo en lo cual las estadísticas son menos confiables. A algunas personas les gusta tener muchos amigos, a otras les gusta tener solo unos pocos, así que no se puede decir que las buenas relaciones sociales son iguales para todos.
-¿Qué desafíos hay para la mejora del bienestar?
-Un aspecto clave es la interdependencia entre las diversas situaciones de las personas. Su situación económica influye en su salud y así sucesivamente. Por lo tanto, con un empleo estable y una situación familiar estable, la salud mejora automáticamente. Pero también hay aspectos vinculados con bienes públicos que realmente pueden ser el tema para los gobiernos.
-¿Por ejemplo?
-La preparación ante pandemias, por ejemplo, es algo que debería ser superimportante. Lo vimos con el covid, y ahora vemos, por ejemplo en África, que el ébola se está propagando debido a una reducción en la preparación y en la infraestructura debido a los vaivenes de la financiación. Tratar la salud pública como un bien público es un aspecto clave. Y, desafortunadamente, la política de salud, incluso por parte de los economistas, se considera y se mide como un gasto en lugar de una inversión. Y debe tratarse como inversión, que produce altos rendimientos: infraestructura adecuada y un sistema bueno pueden derivar en una población que no solo sea más sana, sino también más productiva. Rinde mucho y de alguna manera se paga solo. Pero los gobiernos no lo consideran lo suficiente; miran los gastos, no los beneficios que provienen de tales inversiones.
-Estamos en un contexto de mayor longevidad. ¿Cómo cambia ese factor según las demandas de las sociedades y la valoración sobre el bienestar?
-Algo que puedo decir sobre las estadísticas es que en las encuestas, cuanto mayores son las personas, más valoran la salud. Y es algo bastante natural, porque la salud se convierte en un problema más serio a medida que la población envejece. Y no solo tenemos más necesidades de atención médica, sino también más pretensión de atención médica. Ambas cosas van en la misma dirección, la de ejercer más presión sobre el sistema de salud. Y ese es un desafío para los gobiernos, especialmente si miramos los países europeos, donde tenemos la guerra en Ucrania y, por lo tanto, también un aumento en el gasto en defensa. Pero, al mismo tiempo, nos gustaría gastar más en hospitales y no lo hacemos tanto. Ese es un desafío clave.
-Y es un desafío para las finanzas públicas también…
-Por supuesto, si hay menos personas activas en la población, eso aumenta la carga fiscal sobre ellas para poder financiar los gastos de las personas mayores. Y lo que decía acerca de ver los gastos de salud como una inversión puede no parecer totalmente adaptado a la situación de las personas mayores, porque, ¿cuál es la inversión en las personas mayores? No producirán nada a cambio. Pero eso no es totalmente verdad. Lo que deberíamos medir es también lo que aportan a la sociedad en términos de relaciones sociales, cuidando a sus nietos, por ejemplo. No se trata solo de ingresos, producción o de contribuir al PBI. También es contribuir al buen tejido social. Los abuelos y las personas mayores pueden hacer mucho, pero esto no se mide.
-¿Cómo se conecta el bienestar con la igualdad?
-Hay muchas conexiones. Primero, se puede estar interesado en la igualdad o las desigualdades en el bienestar en sí. Si se quiere medir la desigualdad, ¿es de ingresos, riqueza? ¿O es algo que es más integral? Como hablaba de los ingresos corregidos por la calidad de vida. Eso da una nueva medida de la desigualdad. Y el hecho de que las personas que son pobres son también las que suelen tener peor salud y menor longevidad, también suelen ser las personas más aisladas, y así sucesivamente. Y eso va en la dirección de una peor imagen de la estructura social. Otra conexión es que las desigualdades son malas para el bienestar de las personas a través de diversas influencias que las desigualdades tienen en la sociedad. Un canal es que las desigualdades, cuando son muy extremas, crean una casta de personas muy ricas que pueden ser muy influyentes en la sociedad. Por ejemplo, pueden comprar periódicos y canales de TV o cosas por el estilo, y pueden influir en la conversación pública y alimentar una división social. Y vemos eso en muchos países ahora, con intereses que alimentan una agenda política de dividir a la gente, o de tratar de convertir en chivo expiatorio a inmigrantes o a personas de ciertas categorías, o incluir cuestiones de género y este tipo de cosas, y es una agenda política que refuerza las desigualdades en sí mismas. Otra conexión es el vínculo con el impacto ambiental.
-¿Por qué?
-Cuando hay grandes desigualdades, hay personas que tienen un estilo de vida muy malo en términos de emisiones de CO2, por ejemplo. Los muy ricos toman su avión todos los fines de semana, tienen un yate que consume mucho combustible y llevan un estilo de vida que es extremadamente dañino para el medio ambiente. Mientras que los pobres son mucho más sostenibles por necesidad. Por lo tanto, si reducimos las desigualdades, está bien establecido que se reduciría el impacto ambiental en la sociedad. Aunque, por supuesto, al sacar a los pobres de la pobreza consumirían más y, por lo tanto, emitirían más. Pero el balance de todo eso probablemente iría en la dirección de un menor impacto ambiental.
-¿Qué herramientas tienen los Estados o el sector público para hacer este cambio y reducir la desigualdad? ¿Es un tema de impuestos o hay otros elementos?
-Una forma de enmarcar eso, para que no sea demasiado técnico, es hacer la diferencia entre redistribución y predistribución. Y es bastante inteligente porque el problema con la redistribución es la legitimidad política. La gente siente que gana dinero en el mercado, y es un patrón psicológico natural de los seres humanos creer que se debe a su propio mérito. Y les cuesta reconocer que en realidad se debe en gran medida a las estructuras públicas, al entorno y no solo al propio mérito. Y es muy difícil decirles: “Bueno, tienes que renunciar a parte de tu dinero para dárselo a personas que te parecen menos meritorias porque no tuvieron tanto éxito como tú”. La redistribución tiene esta debilidad, mientras que la predistribución es esencialmente la idea de dar a las personas un campo de juego nivelado e intentar esencialmente darles los elementos básicos, y eso incluye la educación. Y la caída en los desempeños, los resultados de las pruebas PISA, es muy preocupante. Otro aspecto que es interesante, pero muy difícil políticamente, es la herencia.
-¿Por qué?
-Gran parte de la riqueza ahora se debe a la herencia, mucho más que a la acumulación durante la vida. Y si es heredada, es bastante fácil argumentar que no es algo que la gente realmente merezca. Si te toca ser hijo de una familia rica, qué bien por ti, pero no es tu mérito personal. Por lo tanto, debería ser muy natural decir que deberíamos redistribuir las grandes herencias, que vuelvan al sector público o a fondos de redistribución para jóvenes. Una idea que creo que tendría éxito sería establecer un tope a las grandes herencias; lo que esté por encima de eso financia una especie de fondo público en el que todos reciban una participación, a los 25 o 30 años. Mucha gente tiene la ilusión de que se beneficiarían si no hubiera ningún impuesto sobre la herencia; se ha llamado a veces como “impuesto a la muerte” por políticos astutos, y es muy impopular.
-¿Y qué rol le cabe al sector privado?
-Las corporaciones pueden hacer mucho para reducir las desigualdades mediante sus propias políticas de recursos humanos. Pueden tener políticas salariales, pero también políticas de capacitación y formas de organizar la vida en la empresa que pueden contribuir mucho a reducir la desigualdad. No es solo desigualdad de ingresos. Tiene que ver con la responsabilidad social corporativa y el comportamiento de las empresas, y no es solo una cuestión de iniciativas voluntarias por parte de las empresas, sino con regulaciones. Los Estados podrían fomentar un comportamiento más responsable por parte de las empresas, con incentivos financieros, directos o indirectos, o modular la tasa del impuesto a la renta dependiendo de cómo se comporte la empresa y tomar como inspiración, por ejemplo, la categorización de Empresas B.

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