Lionel Messi, una huella para siempre: la noche en que abrazó a todo un país y le dijo adiós a la Selección Argentina
La vida son momentos. Son emociones. Nadie recuerda la película entera. Es imposible. Las emociones se sienten. No se explican. Las fuertes, incluso, dejan huella. Y eso es Lionel Messi para los argentinos: una emoción enorme que dejó una huella enorme. Messi atravesó nuestras vidas. Atravesó los últimos 20 años de nuestras vidas. Y ahora empezó a decir adiós. Ya no se lo verá más vestido de celeste y blanco. Cuesta digerir que en esta noche fría de primavera, en la cancha de River, haya cerrado su tan trajinada como maravillosa historia con la Argentina. Fueron casi 90 mil los que tuvieron la suerte de ir a abrazarlo al Monumental. Y él los abrazó a todos con un gol, dos asistencias y un mensaje inolvidable. «Estoy hablando más que nunca. No quiero dejar la cancha. Decirles que los quiero. Soy un agradecido de ser argentino y haber cumplido el sueño con todos ustedes», soltó. Es al revés, maestro. Todo un país es el que te dice ‘gracias’.
La vida son momentos. Messi lloró a moco tendido contra una de las ventanillas del micro que desde el predio de Ezeiza surca la Riccheri rumbo al Monumental. Fue un ritual que no volverá a vivir. La imagen del dron se viralizó a la velocidad de las redes sociales. La imagen nos hace llorar a todos. ¿Habrá alguna vez uno mejor que él?
Messi, con trote cansino, sonríe como si fuese su primera vez con la Selección Argentina cuando encabeza la fila que pisa el campo de juego para hacer la entrada en calor. Trata de disfrutar el momento. Rodrigo De Paul lo escolta como siempre. Los separan apenas tres metros. Se miran. Le saca una carcajada. Todos queremos reír con él. ¿Y cómo no hacerlo? Si fue el principal motor de la felicidad de un país que aburre con sus malas noticias y sus crisis en loop.
Messi saluda a todos camino a la cancha. Sabe que todos lo quieren saludar. Y se toma su tiempo. Los últimos abrazos en la previa de la última función se los llevan sus tres hijos. Va por orden de estatura. Primero Ciro. Luego Mateo. Y al final Thiago, el más grande y el que más entiende, como todos nosotros, que no verá más a su papá vestido de Selección.
Messi no cantó el himno. Y no porque no se lo sepa, como decían algunos insolentes. No pudo. Tenía un nudo en la garganta, la cabeza a mil revoluciones. Tal vez no quiso lagrimear porque tenía a su lado, como guardianes, a sus chicos. El Dibu Martínez, a su izquierda, se dio cuenta y, con la empatía de un amigo, le apretó el cuello con el pulgar y el índice de la mano derecha en un gesto fraternal. Aguantó hasta el «¡O juremos con gloria morir!». Ahí estalló. Fue otra emoción de la noche de las emociones. Y vendrían más. Obvio.
Foto Juano Tesone – CLARINTocó la primera pelota a los 39 segundos. Se la dio Alexis Mac Allister, que seguramente podrá jactarse de ese dato minúsculo cuando sea abuelo. Si antes siempre se la querían dar a Messi porque siempre hay que dársela al que más sabe, ahora se la querían dar aún más. Todos querían que Leo metiera un gol.
Lo buscó de afuera hacia adentro y se encontró con las manos de Marcel Dandjinou. A los 10 minutos, el partido se detuvo para homenajear al 10. Messi, incómodo pero agradecido, devolvió la ovación con los brazos en alto.
Messi quería su gol. Todos lo queríamos. Probó de tiro libre, cambió de lado un córner para buscar el olímpico, ese único casillero vacío que le queda en su carrera. El viento no ayudó. Había que esperar. Si alguien supo esperar fue Messi.
Primero regaló asistencias: una para Otamendi, el otro gigante de despedida, y otra para Nico Paz, el heredero. Recibió en la puerta del área, enganchó para adentro y sacó el zurdazo al segundo palo. ¿Les suena?
Messi necesitaba su gol. Todos lo necesitábamos. Y por fin llegó. Le hicieron foul a Giay dentro del área. ¿Y quién le iba a sacar la pelota a Leo? Dandjinou no tuvo chances. Cordonazo al techo del arco para que la noche fuera redonda. Todos lo fueron a abrazar junto a un palo. Lo rodearon y empezaron a saltar como un grupo de chicos de baby fútbol. Después quedó solo y no faltó el gesto al cielo para la abuela Celia y a papá Jorge. La cancha se vino abajo.
Después falló una chance dentro del área tan insólita como sencilla. Insultó al aire. Al final tuvo otro tiro libre y la pelota se fue lejos. Messi se tomó la cabeza y el árbitro se la entregó, junto a sus tarjetas amarilla y roja como regalo al 10. A todos nos hubiese gustado que terminara en el arco. Pero ni siquiera Messi pudo elegir el final perfecto.
Foto Juano Tesone – CLARINLas emociones no se detuvieron. Un show de drones iluminó al Monumental y conmovió a pesar de la publicidad inicial que despertó una silbatina. La sacó más barata que Chiqui Tapia. El presidente de la AFA fue castigado con insultos desde temprano. Ni siquiera la fiesta de Messi pudo tapar del todo el enojo de la gente. Son momentos. Son emociones. Por suerte llegó Soledad y apagó las broncas con su «Brindis», que tanto le gusta a Leo.
Y después llegó la palabra de Messi. Tenía ganas de hablar, con el corazón en la mano. «En lo primero que pienso es en mi viejo. No me queda más que agradecer, fue un orgullo muy grande para mí defender esta camiseta durante estos 20 años, hasta en los peores momentos que hemos tenido. Nunca dejé de luchar, de pelear, de dar lo máximo. No venir más va a ser un dolor muy grande. Me gustaría hacerlo toda la vida, porque les juro que es lo más lindo que te puede pasar», arrancó. Enzo Fernández no podía parar de llorar. Antonela y sus hijos lo miraban con devoción. Como todos, claro.
Foto Marcelo Carroll – CLARINY siguió: «Siento que es el momento, que el último Mundial ya fue demasiado. Pudimos cumplir el sueño de volver a ser campeones del mundo». También recordó que estuvieron cerca otra vez y que no hubo nada raro, apenas desgaste, pelea y un grupo que llegó con lo justo a aquel partido del 19 de julio contra España. Leo siguió emocionando.
«Hoy acá me toca vivir el día más triste de mi carrera. Decirle adiós a la Selección. Pero ahora voy a estar del otro lado, con todos ustedes, bancando a estos chicos y a todos los que vengan, siempre unidos. Quedó demostrado que cuando nosotros nos juntamos y estamos unidos superamos cualquier cosa», dijo.
Volvió a explotar el Monumental. Hubo vuelta olímpica, música y fiesta. Pero ya nada importaba demasiado. La noche había encontrado su sentido mucho antes, en esos ojos llorosos, en ese abrazo colectivo, en ese hombre que quiso quedarse un rato más adentro de la cancha porque sabía que salir también era cerrar una vida.
La vida son momentos. Y este, como tantos otros que nos regaló Messi, no se va a olvidar. Quedará ahí, suspendido, como quedan las cosas grandes: no por lo que se cuenta de ellas, sino por lo que todavía hacen sentir cuando ya pasaron. Esa será, quizá, la última victoria de Messi con la Selección: haberse ido sin irse del todo. Siempre.

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