En los mapas antiguos, cuando se solía emprender una navegación, se tenían algunas coordenadas precisas, pero luego se navegaba a oscuras. Se descubrían nuevos continentes por casualidad, y también se tejían fábulas sobre los espacios desconocidos, bajo el nombre de terras incógnitas. Lo que no se conocía, se temía.
Monstruos de muchas cabezas, dragones mitológicos, seres mitad humano y mitad animales, centauros de toda naturaleza. Si nos acercamos más a la modernidad, las fronteras de la ciencia se asemejan también a las creaciones de Frankenstein, el Golem de Borges que se iba de las manos de su inspirador y todas las aproximaciones de la literatura fantástica. Hoy, la pelea entre la ciencia real y la ciencia ficción sigue firme, y borronea sus límites acaso más que nunca.
Nos podemos detener en un ejemplo del pasado.
El avance de la tecnología moderna permitió gracias al descubrimiento de América, pasar de la astrología a la astronomía, y de la alquimia a la química, entre otras cosas. Para muchos, ese es el comienzo de una nueva era, el Antropoceno.
La era en que el ser humano comienza a influir decisivamente sobre la corteza terrestre y todo el ambiente que la rodea.
Quien inventó este término fue el Premio Nobel de Química Paul Crutzen y miembro, entre otras, de la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano. Se había dedicado especialmente al análisis de las radiaciones nucleares y los efectos sobre la capa de ozono de la acción humana. Pero la discusión ni empezó ni terminó con él. Muchos sostienen que también fue la revolución industrial, el surgimiento del capitalismo, la emergencia de internet, los avances de la biología sintética o las concentraciones altas de plutonio en los lagos y las aguas, la que dieron lugar a esta nueva era de la humanidad.
El Antropoceno, que fue minuciosamente estudiado en diversos informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y que tuvo también fundamentales aportes desde el Vaticano, de la mano del Papa Francisco, y la promoción de la Encíclica Laudato Si.
Por supuesto, aún la discusión académica no está cerrada. Los encargados de medir los impactos geológicos incluso niegan esta posibilidad de una nueva era geológica y hablan simplemente de “ciclos” de la naturaleza. Y en medio de estos cambios tectónicos en la corteza terrestre y en la atmósfera, se da otra explosión inminente: el surgimiento de la inteligencia artificial general -superior a todos los seres humanos-, como fuerza transformadora, sobre la cual también existen diferentes enfoques sobre el momento en el cual podrá arribar, y aún si esto será posible de modo general.
No se trata sólo de que la tierra se está calentando en el sentido más ecológico de la naturaleza. También hay un calentamiento tecnológico global, que tiene que ver con la fricción de la tecnología sobre nuestro ser, nuestro comportamiento, y hasta nuestra propia evolución como especie.
Este IA Ceno incluye al ser humano y su acción sobre el planeta, por supuesto: –con la minería de los metales raros que dan lugar a la fabricación de chips; con los satélites de última generación que permiten mejorar la conectividad; con los data centers que incrementan la capacidad de cómputo demandando enormes fuentes de energía… y tantos otros efectos positivos y negativos sobre la superficie de la tierra y más allá.
Pero hay otra terra incógnita que no se ha terminado de explorar y que ya está siendo afectada en la era del IA Ceno: nuestra mente, nuestra conciencia y nuestro cuerpo, hasta la mínima configuración genética. Con la edición de ADN, las manipulaciones en el comportamiento, el secuestro de la atención, la generación de procesos de inteligencia -y desinteligencias- colectivas y la limitación o expansión de nuestra capacidad de decidir.
A todo esto, se le suma la emergencia de la inteligencia organoide, donde tejidos humanos se traspasan a una computadora para dar lugar a una computación biológica con fronteras intensas con conceptos del transhumanismo.

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