En el laboratorio de la Universidad de Missouri, una sustancia transparente se arremolina dentro de un tanque de 100 litros. Allí, un equipo liderado por Susie Dai ha logrado un avance: algas modificadas genéticamente capaces de eliminar microplásticos del agua y transformarlos en bioplásticos. Esta innovación fue publicada en la revista Nature Communications.
Los microplásticos están presentes en lagos, ríos, aguas residuales y hasta en los peces que llegan a la mesa. Son partículas tan diminutas que los sistemas convencionales de tratamiento apenas pueden retenerlas. “Actualmente, la mayoría de las plantas de tratamiento de aguas residuales solo pueden eliminar partículas grandes de plástico, pero los microplásticos son tan pequeños que se filtran y terminan en el agua potable, contaminando el medio ambiente y dañando los ecosistemas”, advirtió Susie Dai, profesora de ingeniería y principal autora del estudio, en el comunicado oficial de la Universidad de Missouri.
De acuerdo con lo divulgado por los expertos, la clave de este avance radica en algas genéticamente modificadas para producir limoneno, un aceite natural conocido por su aroma cítrico. Este compuesto vuelve a las algas hidrófobas (repelentes al agua), una característica que comparten con los propios microplásticos. Cuando ambas sustancias coinciden en el agua, se atraen y forman grumos compactos que se depositan en el fondo del tanque, lo que facilita su recolección, siempre según los expertos
Estas algas no solo capturan microplásticos, sino que también pueden alimentarse del exceso de nutrientes presentes en las aguas residuales, contribuyendo a la depuración del líquido. “Al eliminar los microplásticos, purificar las aguas residuales y, finalmente, utilizar los microplásticos eliminados para crear productos bioplásticos beneficiosos, podemos abordar tres problemas con un solo enfoque”, resumió Dai.
Según ha divulgado la Organización de las Naciones Unidas (ONU), “los microplásticos (partículas plásticas cuyo diámetro es inferior a 5 mm) invaden los alimentos, el agua e incluso el aire. Se estima que las personas ingieren más de 50.000 partículas de plástico cada año, e incluso muchas más si se tienen en cuenta las partículas inhaladas. Los productos plásticos de un solo uso que resultan desechados o quemados no solamente perjudican a la salud humana y la biodiversidad, sino que igualmente contaminan todo tipo de ecosistemas, desde los picos de montaña hasta el lecho marino”.
El proceso desarrollado por el equipo de Dai representa una solución integral. Primero, reduce la presencia de microplásticos en el agua. Segundo, elimina nutrientes contaminantes que favorecen la proliferación de algas nocivas y afectan la calidad del agua. Tercero, permite reutilizar los microplásticos recolectados para fabricar bioplásticos como películas plásticas compuestas.
Esta estrategia de “remediación y reciclaje” fue detallada en Nature Communications y celebrada por la comunidad científica como un ejemplo de economía circular aplicada a la contaminación plástica. La propia Dai afirmó: “Nuestro objetivo final es integrar este nuevo proceso en las plantas de tratamiento de aguas residuales existentes para que las ciudades puedan purificar su agua de forma más eficaz y reducir la contaminación, a la vez que crean productos útiles”.
El laboratorio de la Universidad de Missouri ya cuenta con un biorreactor denominado “Shrek”, capaz de manejar 100 litros de agua y de procesar gases industriales. El equipo planea construir reactores aún mayores para adaptar la tecnología a las necesidades de las grandes ciudades y plantas industriales.
El siguiente paso será probar el sistema en escenarios reales y analizar el impacto ambiental del uso de algas modificadas fuera del laboratorio. Las normativas sobre organismos genéticamente modificados y la aceptación pública serán factores decisivos para su adopción.

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