Roberto Moldavsky vuelve al teatro en Buenos Aires: “Hacer humor político es una forma de cerrar la grieta”

Roberto Moldavsky era un comerciante como tantos otros del barrio de Once cuando se anotó en un curso de stand up y empezó a grabar videos para eventos familiares. Lo hacía en colaboración con su hijo Eial, con quien sigue trabajando hasta hoy, sin saber del todo bien lo que quería. Pero al ver la reacción de la gente se dio cuenta de que algo pasaba. Nosotros no estamos lejos de los medios, del teatro, de todo eso, lo que pasa es que nadie nos vio”, repetía, entre el optimismo y la resignación. No pasó demasiado tiempo y estaba estrenando su unipersonal en el teatro Apolo de calle Corrientes. Y antes de que se abriera el telón, Eial lo miró y largó la frase que sintetiza todo este tiempo: “Bueno, nos vieron…”.

A casi diez años de aquella escena, Roberto Moldavsky recibe a Teleshow en un enero porteño y ciclotímico. Entre asfaltos bochornosos, notorios descensos de temperatura y lluvias que gambetean a los pronosticadores, el actor vive su propio microclima al compás de Salud, Moldavsky y Amor, el reestreno de su espectáculo en el Apolo de siempre. Durante, al menos, los próximos tres meses, y con funciones de jueves a domingo, su foco pasará por la relectura de un ciclo en permanente construcción, permeable a correcciones de último momento. “Como sabrán, en los últimos días pasaron algunas cosas en el mundo, así que el show va a estar bastante variado”, explica sin perder ironía. Y no se trata de un truco de un vendedor del Once. La caída de Nicolás Maduro en Venezuela no puede quedar afuera de alguien que, como pocos, supo surfear la grieta del humor político. Y esa es apenas una de las puertas de ingreso a su espectáculo.

Mientras Roberto construye con su equipo casi en tiempo real, ya piensa en lo que vendrá. El show se sostiene en un esqueleto sólido que permite una ventana a la improvisación y a una versión libre de la observación participante. “Cada función es distinta”, asegura, y acá el vendedor se fusiona con el sociólogo de la mirada aguda. Cuando las luces se apagan, Moldavsky está escondido, escudriñando el lenguaje gestual de su público. “Sabemos qué pareja tiene su primera cita y cuáles son matrimonios que llevan años”, dice, revelando algunos trucos, desoyendo la máxima de los magos, sabiendo que en este ejercicio no tiene competencia.

Es que en el relato zigzagueante por su vida que propone el humorista –por momentos apasionado, por otro más reflexivo- uno cae en la cuenta de que en el escenario, como en la vida, conviven todos los moldavskys posibles. “El standapero tiene mucho de sociólogo, del tipo que trata de ver lo que pasa en las personas, los grupos o las parejas y transmitirlo de otra manera. Y el vendedor es un gran actor o actriz, que tiene que seducir a cada cliente, que además es un desconocido. Es un oficio que aprendí de mi viejo, a quien vi vender de todo”.

Así abre la puerta a la familia, otro de los pilares que aparecen en este recorrido. Sobre todo a sus hijos, Eial y Galia, su gran orgullo, quienes hace rato ya que vuelan con alas propias. Son apoyo y fuente de consulta –en él a la hora de armar y corregir un show, en ella como suerte de consejera generacional y feminista- pero también hábiles espadachines para poner a prueba el disenso. “En muchas cosas no pensamos distinto, y eso está bueno”, corrobora.

Así, de entrecasa, en chancletas y con una amabilidad al servicio de cada detalle, Moldavsky se dispone a hablar de todo. «Confesiones del top top top del humor» podría ser un título tentativo, solo para ingresar a la charla a uno de sus mentores, Gustavo Yankelevich. Un apelativo que en un momento le daba pudor y que aprendió a hacerse cargo. Y aquí aparece la gratitud, otra línea innegociable en su vida. Una galería de ilustres desfilan también Jorge Schussheim, Fernando Bravo, Gerardo Rozín, Jorge Lanata, entre tantos otros.

“Yo soy convencido que a veces tenés que estar en el momento exacto, en el lugar exacto y necesitás suerte”, recapitula recostado en el sillón de su living. “Yo me crucé con Gustavo Yankelevich y me cambió la vida. Es verdad que tenés que aportar tu talento y trabajo, pero también tenés que tener la suerte de que pasen cosas inesperadas que te llevan a donde no pensabas”, dice el joven que vivía en un Kibutz y se enamoró de la Sociología casi por accidente. O el humorista de entrecasa que se permitió soñar a lo grande. O el vendedor que se sentía asfixiado en el frenético mundo del Once y sin saberlo se estaba preparando para conquistar la calle Corrientes.

—¿Por qué reestrenar ahora en Buenos Aires? Si bien ya no es la ciudad desierta de otra época y es también un destino turístico, tiene mucho menos movimiento. Late en otra sintonía.

—Nosotros hicimos esta aventura hace unos años, con la gente del Teatro Apolo con quien trabajo hace nueve años y tenemos una relación de hermandad. Como dice Riquelme, es el patio de mi casa. Hacíamos temporada en Mar del Plata o Punta del Este y un año surgió esta idea de probar en Buenos Aires con ese público que viene del interior, con el que por ahí no le dio para irse y quiere darse un gusto. Y nos fue increíble y ahora tengo muy buenas expectativas con lo que pueda pasar.

—Sí, en 2016 con Gerardo Rozin que me lleva a Morfi. Pero el primero que me ve es Jorge Schusseim, un genio. Yo era el último de doce de un video de stand up, mirá lo que vio el tipo. Y consigue mi teléfono y me llama. El segundo fue Gustavo Yankelevich, que dijo que lo mío era para calle Corrientes. También Seba Wainraich me iba a ver y me decía: “Dejá el Once y dedicate a esto”, así que siempre le echo la culpa a él. Pero ya lo estaba pensando. Tenía 50 años, dos hijos, un negocio que funcionaba. Tenía que encontrar el motivo para dejarlo y arriesgar. Y ahí aparece otro personaje clave, que es Fernando Bravo, que me lleva a la radio.

—¿Te costó tomar la decisión?

—Yo no lo tenía en mi radar. Sí necesitaba algo para salir del Once y olvidarme del comercio, del cheque rechazado, de la campera con una manga más corta que la otra, del cierre que no sube. Y en esa búsqueda, a veces sin querer, aparecen las cosas, como en este caso apareció un curso de stand up y después vino todo lo demás.

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