08:43Le pronosticaron seis meses de vida y dolores insoportables y eligió el suicidio asistido: la joven que partió a EE.UU. en dos
La primera señal fueron unos dolores de cabeza inhabilitantes y sostenidos. Brittany Lauren Maynard, una joven estadounidense de 29 años, supo que esos dolores de cabeza no iban a aliviarse con un simple analgésico. Así que fue al médico.
Eran los primeros meses de 2014, y esa profesora nacida en Carlifornia y amante de los viajes, tenía un proyecto: ser mamá. Se había casado hacía apenas un año y tres meses con “Dan”, su novio, y estaban en plena búsqueda de un hijo.
Pero los dolores de cabeza insoportables la llevaron al médico y el diagnóstico les dio vuelta el mundo. Brittany tenía un tumor cerebral de máxima agresividad y de muy rápido avance.
Al principio parecía tratarse de astrocitoma en grado 2. Le hicieron una craneotomía y una resección del lóbulo temporal para intentar reducir el tumor, pero encontrararon un panorama bastante peor del que habían diagnosticado. Brittany tenía glioblastoma multiforme en grado 4: es el tipo de cáncer cerebral con mayor mortalidad y el de ella estaba avanzadísimo.
En abril de 2014 sus médicos le hicieron saber que, en promedio, los pacientes con ese diagnóstico podían vivir seis meses más y que, como máximo, podría aspirar a catorce meses de sobrevida.
Además de darle ese pronóstico, le contaron cómo serían esos meses que, en principio, no serían más de seis. Los dolores de cabeza empeorarían, y no sólo le dolería la cabeza, sino todo el cuerpo. Brittany iba a perder la memoria y a sufrir convulsiones cotidianamente. Los médicos no podían descartar que, además, perdiera la vista y el habla.
Brittany Maynard escuchó todo lo que los médicos tenían para decirle, pensó y tomó una decisión. No quería ningún tratamiento que alargara una vida que, igual, enfrentaba un cáncer terminal. Un cáncer que iba a matarla y que, hasta matarla, la haría perder sentidos y recuerdos, y le haría sentir dolores insoportables.
Maynard decidió que quería morir en sus condiciones y no en las que el cáncer cerebral le fuera dictando. Y sus condiciones eran las de un suicidio asistido, un camino que puso su caso en el centro de la opinión pública de Estados Unidos y el mundo, y por el que tuvo que luchar.
Lo primero que tuvo que hacer fue mudarse. En California, donde había nacido, la ley no permitía la asistencia en el suicidio. Sí en Oregón, que en 1997 se había convertido en el primer estado norteamericano en legalizar esa práctica. Así que Brittany y Dan iniciaron la logística y la burocracia que implicaba esa mudanza.
La Ley de Muerte con Dignidad de ese estado le permitía llevar a cabo su deseo. Los requisitos para acceder al suicidio asistido eran ser un paciente terminal en pleno uso de sus facultades mentales y con un pronóstico de menos de seis meses de vida. En esas condiciones, una persona podía solicitar que un médico le recetara un cóctel farmacológico para morir.
No fue fácil la mudanza. Brittany y Dan tuvieron que encontrar nuevos médicos que avalaran su decisión, cambiar su documentación a su nuevo domicilio -tuvo que modificar desde su licencia de conducir hasta su registro en el padrón electoral-. Encontraron un hogar y lograron que Dan accediera a una licencia laboral poco habitual para poder acompañarla en sus últimos meses, sus últimos días, sus últimas horas.
“La gran mayoría de las familias no tienen la flexibilidad necesaria ni los recursos y el tiempo que implican estos cambios del lugar en el que se vive”, sostuvo Brittany en una de sus declaraciones públicas. Su caso sería una bisagra en el acceso al suicidio asistido y a la eutanasia en Estados Unidos, pero para eso faltaba. Aún era un derecho muy restringido en un país enorme.

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