La bomba que decretó el fin de la guerra e inició un camino de paz luego de aniquilar a 40.000 personasPor Alberto Amato

Fue la bomba olvidada. Era imposible olvidarla, pero quedó tapada por las cenizas de horror de la bomba que destruyó a Hiroshima. Esta, la que cayó en Nagasaki, fue la segunda bomba atómica lanzada contra Japón, que se negaba a aceptar su derrota; era el único país en guerra después de la rendición de Alemania en mayo de 1945, y pretendía, antes que la paz, una invasión aliada a la isla, una lucha a muerte en Tokio calle por calle y casa por casa, y una muerte digna de al menos cien millones de japoneses: desaparecer era mejor que aceptar la derrota.

Hiroshima todavía ardía cuando la bomba olvidada cayó sobre Nagasaki, a las once y dos minutos de la mañana del 9 de agosto de 1945, hace ya ochenta años. Un resplandor blanco, cegador, partió la mañana y veintiún kilotones de potencia mataron en el acto a más de cuarenta mil personas, borraron del mapa los ocho kilómetros cuadrados que rodeaban la zona de la explosión, que se produjo a quinientos metros de altura, y dejaron en ruinas a la mitad de la ciudad: se vaporizaron casi todas las construcciones de madera y se incendiaron los edificios de hormigón, unos pocos quedaron en pie.

Entre los muertos figuraron seis mil doscientos de los siete mil quinientos trabajadores japoneses de la planta de municiones Mitsubishi, y otros veinticuatro mil operarios de las plantas de guerra dispersas por Nagasaki. En los días y meses siguientes, incluso en los años que siguieron al estallido, se calcula que entre cuarenta y cuarenta y cinco mil personas murieron por heridas, quemaduras, efectos de la radiación y enfermedades relacionadas con la bomba como la leucemia y todo tipo de cáncer. Sólo en una escuela primaria, Shiroyama, murieron mil cuatrocientos chicos estudiantes y otros cincuenta jamás fueron hallados.

Seis días después, el 15 de agosto, Japón anunció su rendición que sería firmada recién el 2 de septiembre a bordo del acorazado “Missouri”, anclado en la Bahía de Tokio. Fue así como la bomba lanzada sobre Nagasaki pasó a ser conocida como la que “puso fin a la Segunda Guerra Mundial”.

Nagasaki no era el objetivo inicial del bombardeo estadounidense. Dos ciudades japonesas figuraban por encima en las prioridades aliadas: Niigata y Kokura. Pero en Niigata llovía fuerte y la ciudad quedó descartada antes de que los bombarderos B-29 despegaran de la isla de Tinian, en las Marianas del Norte. De manera que la flota de bombarderos salió con destino a Kokura, que era la ciudad que cobijaba parte del gran arsenal del Ejército Imperial. Las órdenes que debían seguir los pilotos decían que el objetivo a bombardear tenía que ser identificado visualmente y no por el radar, lo que hacía imprescindible un cielo despejado, o al menos parcialmente nublado.

A las 3.47 de la mañana del 9 de agosto, el mayor Charles Sweeney trepó al B-29 “Bockscar” que ya guardaba en su interior a “Fat Man – Hombre Gordo”, como había sido bautizada la bomba de plutonio destinada a Japón. El nombre contrastaba con el de la primera atómica lanzada sobre Hiroshima “Little Boy – El niño”. Sweeney, el comandante de la misión, tenía un raro privilegio: iba a ser el militar testigo del lanzamiento de las dos atómicas. Tres días antes, en otro B-29, “Great Artist”, había tomado parte de la misión que había arrojado la primera bomba nuclear sobre Hiroshima, de uranio y más pequeña que “Fat Man”. Sweeney había escoltado al “Enola Gay”, piloteado por Paul Tibbets y, luego del estallido, había lanzado en paracaídas instrumentos de medición de la atmósfera. Ahora, Sweeney estaba al mando de una nueva misión: tuvo suerte de regresar con vida.

La decisión de lanzar armas nucleares contra Japón había sido tomada por el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, ni bien le confirmaron que una bomba atómica había sido probada con éxito en Álamo Gordo, Nuevo México, en la primera prueba del “Proyecto Manhattan” que lideraba Robert Oppenheimer. Truman había viajado entonces el corazón de la Alemania derrotada, Potsdam, para reunirse con los tres “dos grandes”, el primer ministro británico Winston Churchill y el líder de la URSS, José Stalin. Truman confió a Churchill que Estados Unidos disponía de una bomba nuclear y, en cambio, dijo a Stalin que su país era dueño de un arma poderosísima, sin darle más detalles. Potsdam impuso durísimas condiciones para la rendición incondicional de Japón que no pensaba capitular. El 2 de agosto, ya camino de regreso a Estados Unidos, Truman autorizó el uso de la bomba.

Después de Hiroshima, el 7 de agosto, el Consejo Supremo de Guerra japonés, conocido como “los seis grandes”, lejos de considerar siquiera aceptar la paz, que no era otra cosa que someterse a las exigencias aliadas, decidió mantenerse “a la expectativa”. Pocas voces sensatas aconsejaron al emperador Hirohito aceptar lo que exigía Potsdam; una de esas voces fue la del canciller Shigenori Togo. El emperador, tal vez convencido de la necesidad de poner fin a la guerra, pidió a Togo que informara al primer ministro Kantaro Suzuki y al Consejo Supremo. Pero la sesión, que era clave, se suspendió porque uno de los “seis grandes” se excusó porque “tenía que atender asuntos más apremiantes”.

Por su lado, un vocero del ejército dijo que la bomba sobre Hiroshima “no es más que una bravata norteamericana” y que era imposible “fabricar y usar un arma atómica sin que tuviese efectos imprevisibles y terriblemente peligrosos para quien las usara”. Japón quería ganar tiempo, pero el tiempo jugaba en contra de Japón. Estados Unidos tenía planeado lanzar su segunda bomba atómica entre el 10 y 11 de agosto, pero las previsiones meteorológicas auguraban lluvias y tormentas sobre los objetivos fijados como blancos: entonces el lanzamiento se adelantó al jueves 9.

Cuando la flota de bombarderos llegó a Kokura, cerca de las diez de la mañana, la visibilidad sobre la ciudad era paupérrima: una capa de nubes gruesas impedía distinguir el blanco. Sweeney y sus bombarderos de apoyo rodearon la ciudad tres veces, pero Kokura nunca apareció ante sus ojos. Apremiado por el gasto de combustible, a las once menos cuarto, el comandante puso rumbo al blanco alternativo: Nagasaki. También la hallaron con cielo cubierto; la sobrevolaron en un amplio círculo tres veces antes de decidir si abortaban la misión. Cuando terminaban el tercero de los giros, se abrió una ventana en las nubes, Nagasaki estaba allí abajo: entonces soltaron la bomba que estalló a las once y dos minutos.

Mientras la ciudad japonesa, fundada por navegantes portugueses en 1571 y bastión católico en manos de misioneros jesuitas, ardía entre el fuego, la radiación, el caos y la destrucción, el B-29 de Sweeney abandonó su intento de regresar a Tinian y desvió el rumbo a Okinawa, conquistada por los americanos pocos días antes. Disponía del tiempo justo para aterrizar, si no tropezaba con algún pequeño drama durante el vuelo. Cerca del aeropuerto de la isla, Sweeney lanzó bengalas de advertencia para que en tierra supieran que su avión estaba en emergencia. Aterrizó con la última reserva de combustible y el avión sano: el Bockscar es hoy una estrella del Museo Nacional de la Fuerza Aérea americana en Ohio.

A las ocho de la mañana del 9 de agosto, cuando los B-29 estadounidenses se dirigían a Kokura con la bomba atómica armada en la bodega del “Bockscar”, el Consejo Supremo de Guerra japonés estaba reunido para tratar una grave crisis de guerra: la Unión Soviética había declarado la guerra a Japón. Era otra de los pedidos, no escritos, que Truman y Churchill le habían hecho a Stalin. El primer ministro Suzuki propuso aceptar las exigencias de Potsdam, secundado por Togo y el almirante Mitsumasa Yonai, flamante ministro de Marina. Se toparon con la cerrazón del Ejército Imperial que a través de sus jefes insistió en presentar un pliego de contrapropuestas que disponía que las fuerzas de ocupación debían ser mínimas, que los criminales de guerra serían juzgados por Japón y no por el enemigo; y que serían oficiales japoneses los encargados de desmovilizar a sus soldados. Eran medidas inaceptables para los aliados porque de esa forma Japón casi negaba su derrota y obviaba la capitulación.

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